Martes, 22 de septiembre de 2020

La lana española

La lana es parte indisociable de nuestra cultura. Su huella es patente no sólo en la economía y el desarrollo industrial del país, sino también en el paisaje, el patrimonio material e inmaterial.

A través de la lana podría escribirse por entero una historia peninsular, y queda sin duda mucha documentación inédita en archivos públicos y privados que en el futuro permitirá perfilar y corregir muchos de los datos que hoy damos por buenos.

Sea de cultura tartésica o fenicia, sea producido aquí o sea importado de próximo oriente, el tesoro del Carambolo es un exponente de las relaciones comerciales y la fusión cultural - el mito de Argantonio, los foceos, las influencias egipcias... - en una tierra fértil y especialmente rica en recursos naturales...

Por supuesto es sólo una evocación, ingenua y algo romántica, pero que nos viene a la mente cuando los especialistas ven en el merino remotos orígenes orientales y cruces posteriores con animales norteafricanos...

En cualquier caso, lo que sí es científicamente cierto es que en época romana, las fuentes escritas coinciden en apreciar la belleza de la lana de la Bética y el interés de los ganaderos para mejorar su blancura.

Y otra evocación: los mal llamados pectorales (lingotes o “galápagos”, s. VI a.C. aprox.)... ¿tienen forma de piel de toro o de vellón? ¿La lana, como valor y como moneda?

Desconocemos con precisión las fechas y las circunstancias de las primeras asociaciones de ganaderos; en tiempos de guerra y de razzias, agruparse era fundamental no sólo para conseguir protección militar para los desplazamientos del ganado (la llamadas “escoltas”) sino también ante condiciones abusivas de los dueños de las tierras, como parece era el caso de algunas órdenes militares que detentaban grandes extensiones meridionales de la península; en cualquier caso, en el primer documento en que se menciona la Mesta (1273) ya se parte de una experiencia previa y unas rutas trashumantes relativamente consolidadas. Lo que hace la corona, de Alfonso X a los Reyes Católicos, es oficializar y regular el funcionamiento de las vías pecuarias, las normas de convivencia con los (aún escasos) vecinos, y la recaudación de los impuestos correspondientes, directos a la corona. La ganadería ocupa y da uso a terrenos baldíos y despoblados después de la reconquista.

El modelo de gestión de la Mesta funciona, y los ganaderos le sacan rendimiento. La lana tiene éxito en el mercado exterior, y el precio sube; y con él, el de los pastos: la regulación del “derecho de posesión” (1501) y la “tasa de las hierbas” (1633) intentan justamente atajar las prácticas abusivas (ahora diríamos especulativas) de los propietarios del suelo

La lana se esquila y se lava cerca de las explotaciones, se carga en animales y en carros y se manda a las ferias (también reguladas por la corona).

Desde allí, la exportación se desarrolla en dos sentidos:

Hacia el Mediterráneo (en San Mateo se reunía la lana que venía del interior (llamada de “garbo” por deformación de Algarve) y de la zona aragonesa, y salía principalmente por el puerto de Peñiscola; Mallorca y Menorca también eran exportadoras, y desde allí la lana viajaba por mar hacia Barcelona, y de allí hacia Génova o Pisa; Sevilla. Cartagena eran otros puertos de salida de la lana de Castilla. La implicación de genoveses y franceses en el comercio peninsular es muy importante desde finales de la edad media.  Estas mismas rutas, en sentido contrario, servían para importar, ya convertida en paño, la misma lana, tres años después de haber salido como materia prima.

Hacia el norte; Burgos es la zona de concentración, desde donde se dirige a los puertos de Bilbao y Santander, y desde allí hacia Francia (Nantes, le Havre), Flandes e Inglaterra, países desde donde, también, se importaba el producto elaborado

Entre los siglos XIV y XVII, toda Europa teje con lana española. Pero el éxito de la exportación se traduce en poco interés en invertir, aquí, en instalaciones de transformación.

Menos de 1/3 de la lana producida se procesa en el país; esta transformación empieza mediante una hilatura rural dispersa, y para la tejeduría se concentra en algunas zonas urbanas; entre ellas destaca Segovia (pañería superfina, de

treintaseisenos a veinticuatrenos) y otras zonas de Castilla y Aragón (Valladolid, Toledo, Cuenca, Ávila, Palencia, Teruel) para calidades más rústicas.  Béjar se convierte en centro de referencia a partir del s. XVI, de la mano de los Duques de Béjar, que monopolizan el tinte de lanas hasta entrado el s. XVIII.

Son más de cuatro siglos durante los cuales se suceden normativas, ordenanzas, pragmáticas y todo tipo de disposiciones legales en las que se regula absolutamente todo, y no solamente el comercio (lo que sale y lo que entra) sino también las calidades, medidas y tipología de lo que se fabrica, como y quien lo fabrica. Un contexto teóricamente garante de la calidad y protector ante la competencia extranjera pero que a la larga acabará ahogando a los fabricantes porque no les deja margen alguno para introducir los cambios que requiere el contexto internacional-

De hecho, la mayoría de centros tradicionales acabarán perdiendo protagonismo y sólo Segovia (por concentración de establecimientos), Béjar (que importa trabajadores flamencos) y Cataluña (que se apunta a las mezclas y a nuevas modalidades de telas, más ligeras) llegan al s. XVIII con suficiente empuje productor y exportador.

Este modelo económico, que significaba grandes ganancias tanto para los ganaderos como los intermediarios, suponía una gran vulnerabilidad por la excesiva dependencia de los mercados exteriores, fluctuantes tanto por la disponibilidad de lanas de otras procedencias como por las variaciones en capacidad adquisitiva de la población. Los paños de calidad tenían un alto coste, y ello da lugar a cambios en la moda y en la tipología de las telas. Las sucesivas coronas españolas continuaban prohibiendo la salida de animales merinos del país, y apoyando la Mesta, pero la presión demográfica requería más tierras de cultivo, los precios de los pastos eran altos y la ganadería trashumante cada vez se veía más como un estorbo.

Los gobiernos ilustrados optan, definitivamente, por un modelo de explotación de los recursos agrícolas que integra la ganadería estante, y deja la trashumancia fuera del mapa (a pesar de que el s. XVIII se afirma que fue su “siglo de oro”, con más de 5 millones de cabezas).

La renovación política, siguiendo el modelo francés, opta por la industria y la tecnología, abre las puertas a la salida de animales para la mejora de razas en otras zonas del planeta y a la entrada de todo lo que sean mejoras productivas. Ello redunda en favor de la transformación de la materia prima en tejido.

El modelo gremial de los siglos anteriores da paso al modelo estatal, que convive con la iniciativa privada. Ésta será, al fin, la que protagonice el salto hacia la verdadera industria.

Es la época de las reales Fábricas, todas concebidas con grandes expectativas pero estrepitosamente fracasadas un siglo después (e incluso antes).  La filosofía de base fue:

  • crear riqueza en zonas pobres o deprimidas
  • implantar y consolidar tecnología
  • favorecer exportaciones que, a su vez, frenaran las importaciones

Sin embargo, las ubicaciones escogidas, aparte de los recursos básicos (agua, leña, mano de obra) no siempre eran las más adecuadas.  No siempre era fácil el acceso a la materia prima ni a los mercados, y muchas veces no se contaba con personal cualificado. El apoyo público fue enorme, pero por si solo no pudo asegurar la supervivencia de las Fábricas en un contexto de fuerte competencia.

Como ejemplo, citaremos dos situaciones:

  • Segovia, donde la fábrica de la Real Compañía (1761) pretende remediar la dispersión, locales inapropiados y conocimientos obsoletos de los tejedores independientes y la decadencia general de la producción
  • Guadalajara, en que la Real Fábrica quiere ser un detonante para revitalizar una zona deprimida, próxima a la Corte pero alejada de todo

En el caso de Segovia, a pesar de los privilegios (exenciones de impuestos y ayudas para importar materia y exportar paños) la fábrica quiebra en 1779 y pasa a manos privadas. Se hace con ella Laureano Ortiz, hombre de negocios que compagina la fábrica con el arrendamiento de pastos, ganados propios y comercio de lana, explotación de lavaderos, una fábrica de curtidos, carnes y cereal; sus herederos son gente viajera e inquieta, que fabrican maquinaria para varios sectores pero no pueden evitar la decadencia tecnológica de la fábrica, agotada ya en 1825.

En Guadalajara, ya se partía de la inexistencia de mano de obra cualificada, y por tanto se “importaron” una cincuentena de trabajadores holandeses que, ellos y familias, se establecieron en la ciudad. Por influencia de la Fábrica, la ciudad creció, mejoró la agricultura y se vivió un esplendor inusitado. La Real Fabrica promovió además las instalaciones auxiliares de Brihuega (donde sí había tradición textil), de San Fernando de Henares y de San Carlos. Pero la gloria fue pasajera, y todo quedó en nada poco después de 1800.

Entre los motivos del fracaso, los investigadores coinciden en el hecho de que se trataba de instalaciones muy grandes, casi pueblos, entre sus propias dependencias y las auxiliares, con demasiada concentración de recursos humanos, costoso todo ello de mantener y gestionar. La calidad del producto, buena en general se apoyaba demasiado en los conocimientos y habilidades de los “maestros”, y no en la adopción de tecnologías y maquinaria. Todo ello llevaba a unos costes excesivos, que no podían competir con las telas de otras procedencias.

Paralelamente, en el s. XVIII se consolida otro modelo, mucho más versátil (en realidad, mucho más próximo a la tradición de finales de la edad media): es el de los mercaderes-fabricantes, o de los fabricantes-mercaderes (según la zona tendrán más importancia unos y otros), que acceden a la materia prima y controlan el proceso de transformación y venta.  Este modelo se desarrolla en varias zonas laneras del país y permite hablar de una protoindustrialización que será decisiva para el despegue industrial del s. XIX.   La producción se diversifica en géneros de alta calidad (para la exportación) y otros más modestos que nutren el consumo local y nacional. A grandes rasgos, Cataluña se centra más en el estambre, Béjar en calidades medias, destinadas mayoritariamente a proveer al estamento militar, Alcoy en lana de carda y Palencia y Onteniente, en mantas.

Este horizonte es el que se desarrolla con fuerza entre finales del s. XIX y principios del XX, cuando tienen lugar las grandes inversiones en fábricas y maquinaria, pero también en escuelas especializadas, entidades bancarias, industrias auxiliares, asociaciones patronales, comunicaciones...  en resumen, la verdadera industrialización a la que hoy se debe en gran parte nuestra cultura industrial.

Lo que queda del s.XX no hace falta comentarlo, porque es de todos conocido: gran expansión aprovechando la coyuntura de la primera Guerra Mundial, estancamiento posterior, guerra civil, autarquía, problemas de abastecimiento...

Como curiosidad, referiremos que el primer organismo internacional del cual España formó parte después de la guerra civil fue, precisamente, la IWTO (International Wool Textile Organisation).

La industria del último cuarto del s. XX se abastece cada vez más de lana de importación, y ante la falta de apoyo público los ganaderos se decantan cada vez más por la carne, que les permite mayor beneficio.

Hoy, España se mantiene como segundo productor europeo de lana no transformada, después del Reino Unido, y exporta unas 32.000 toneladas de materia prima de varias calidades (el 60% entrefinas, el resto se reparte por un igual entre finas y bastas), que representan un 1,29% de las exportaciones mundiales. En lana limpia, el total se situaría sobre las 15.000 toneladas. Por su parte, la industria importaba en el año 2000 más de 21.000 toneladas, pero en 2007 no ha llegado a las 6.000 (un 0,60 del total mundial).

La “debilidad”, o quizá mejor, la desorientación, viene por partida triple:

  • el esfuerzo por mejorar la calidad de la lana no está recompensado, y tiende a ser un subproducto
  • el mercado europeo está muy fragmentado
  • la industria textil está en fase de redefinición

Pero la globalización no es una novedad; sin duda ahora las distancias son menores y los competidores, clientes o socios proceden de zonas más alejadas, pero la lana ha sido siempre “global”. La cuestión radica y ha radicado siempre en conseguir un equilibrio entre calidad y precio o, mejor, entre calidades y precios. Hoy, además, estos baremos ya no se basan únicamente en las características físicas de la fibra sino en su posición medioambiental y “social”:

  • ha de ser verde (ya lo es, y su transformación lo es cada vez más). Falta decirlo a voces.
  • ha de ser versátil y adaptable a los requerimientos de la moda y unas prestaciones cada vez más sofisticadas (ya lo es, y la industria lo demuestra)

La gran industria pide regularidad y grandes partidas homogéneas, mientras otra parte del mercado se interesa por lo singular, necesita partidas cortas –tanto de fibra como de hilos-  y está dispuesta a reconocer (y a pagar) un plus cultural añadido.

 

¿Tenemos perspectiva y ánimo suficiente para plantear un cambio de orientación, en comunicación y coordinación entre todos los eslabones profesionales y zonas geográficas europeas, para encajar todos los factores?

 

OPORTUNIDADES EN LA BIOECONOMIA, UN PRODUCTO DE CALIDAD. LA REVALORIZACION DE LA LANA. 

Jornada Técnica On line. 

17-18 septiembre 2020  RED DE INNOVACIÓN RURAL