Sábado, 19 de septiembre de 2020

El mudo

En mi pueblo medieval había un niño mudo que cuando ganaba al chite hablaba. Yo dije esto en un recital y se me rieron todos, incluido Paco Caro que me hizo un gesto con la mano como diciendo: anda ya, te has pasado.

Pues tuve que esperar pacientemente a que las carcajadas parasen para imitar yo al mudo hablando cuando ganaba al chite. Y entonces se rieron más y peor, porque se rieron de mí. En el caso de Paco Caro se entiende. Pero todavía el clavo del descreimiento ahonda más en la gente del salón paisano, porque ninguno de los que había allí y conocían a El Mudo le había oído un solo sonido nunca.

Creo que aquella tarde de mayo en Santa Inés pasé por mentiroso.

Pues dije la verdad. Y abundo. El Mudo habló más veces. Hijo de un guardia civil que vendía bacalao, el cura le hizo monaguillo, yo creo que para quedar  aún mejor con las fuerzas del orden. O para apoyarse entre ellos como hacen los del Opus con los consejos de administración y otros puestos de trabajo. Algo así como el cura cuando nombró alcalde al sacristán para guardar las apariencias, porque en realidad el alcalde era él, el propio cura.

Guardias civiles: vivían pared con pared con el boticario, que era republicano y ateo. Jamás pisó la iglesia el boticario, pero los guardias civiles que no permitían a ningún vecino saltarse una misa, no se atrevieron a decirle ni pío.

A ver, en aquella España de posguerra, si prescindes del boticario estabas perdido. Una simple bronquitis te llevaba al más allá. Y nunca mejor dicho porque el cementerio estaba junto a las eras, donde ya no había pueblo y además para llegar a tierra sagrada había que subir un camino empinado con el muerto a cuestas.

A veces había misa cantada, el cura se vestía de guapo con sus mejores galones y los monaguillos que le asistían eran los niños ricos. Entonces los monaguillos de diario, nos quedábamos en la sacristía. Y El Mudo aprovechaba para vestirse de cura y decir misa.

Como el atuendo de cura que teníamos más a mano era el de difuntos, El Mudo se vestía de negro. Cuando El Mudo decía la misa del dies irae dies illa, era feliz. Se sabía la misa entera. Y a veces se volvía eufórico con la misa de difuntos y era como cuando jugaba al chite: hablaba. Y había que decirle por señas que más bajo porque le iba a oír el cura. Y no es que el cura le castigase, sino que entra, se da de bruces con El Mudo diciendo la misa de difuntos, y le da un patatús. O sale a la iglesia gritando ¡milagro!

Que sí, que sí. Que El Mudo de mi pueblo era muy mudo, Paco Caro, aunque en medio de la risa me hiciste un gesto como el de Cayetana Álvarez de Toledo a mi prima Carmena por aquello de los Reyes Magos.

El Mudo de mi pueblo era muy mudo,  pero no tanto como el jefe de la oposición del gobierno de Madrid, a quien no se le ha oído decir ni mu ante las patochadas de una presidenta escasamente dotada para la oratoria y menos para la gestión de una comunidad en la que se mira España entera.

Mire señor X, se la devuelvo: no voy a pronunciar su nombre. Y voy a escribir más corto que nunca, a pesar de que las señoras dicen que escribo muy bien cuando estoy de mala hostia.

Los que no babeamos por las caderas de la señora Ayuso sino todo lo contrario, merecemos otro trato por parte de usted. Diga mú, al menos. Para que sepamos que existe y tengamos menos dudas que con el sagrado líder de Corea del Norte.

Sea digno de la política o márchese. Y no le pido por favor  que se lleve con usted a la señora Ayuso porque eso es como pedirle a El Mudo de mi pueblo que se calle.