Lunes, 28 de septiembre de 2020

No soy labrador

De vez en cuando, me asomaré por aquí a echar un cigarro y a charlar contigo de alguna cosa. Yo no soy labrador, pero, como todos vosotros, conozco, al dedillo, las faenas que se trajinaban y trajinan en el campo. Las aprendí del mejor de los libros: el de la vida, el de la observación reforzada de curiosidad. De ahí te puedo afirmar que sé lo que es hundir las vertederas, voltear la tierra, sembrar en llano…, y también echar el cerro, aricar, acarrear, hacinar la mies, extender la parva y tornar…, y sacar gatuñas, escardar, segar, atar con bálago y con lías…No lo he hecho nunca, pero te lo he visto hacer a ti y me he quedado con ello: lo tengo grabado en mi memoria como una imagen que no se olvida nunca, porque me afectó tanta fatiga, tanto esfuerzo y sacrificio con tan escasa recompensa. Y también recuerdo a aquellas aradas que cortejaban los caminos, que parecían alfombras de estameña parda, y que también eran condición amorosa: “si echas el surco derecho a mi besana, labrador de mis padres serás mañana”.

Y si no pateé el término de chico, lo he hecho de grande a través de unos paseos tan largos, que no te puedes ni imaginar. Y he comprobado que esos campos ya no huelen a tortilla, ni a torreznos, ni a cebolla, ni a vino de barril; y casi se les ha borrado el nombre a los parajes: ya no hay lindes ni vallados; hoy se les dice polígonos, parcelas y cotos.

Por esta razón, me he asomado esta tarde a esta ventana, para recordarte y no olvides.

Una de mis manías es apuntar las cosas. Me gusta escuchar y todos los días me echo un parlao con nuestros abuelos, no los de ahora, sino los de antes: los que vestían con calzón y blusa. Y, de ellos, he aprendido que el término de mi pueblo es muy pequeño. Si echamos un vistazo de levante a poniente, sólo mide una legua; y, de norte a mediodía, otra legua; y su circunferencia no supera las tres leguas y media: unas cinco mil trescientas noventa siete huebras.  Muy pocas para su población.