Lunes, 28 de septiembre de 2020

Martín Villa: juicio, casi póstumo, al franquismo

Hacer un trabajo de investigación hubiera resultado arduo y tal vez inútil. Por eso decidimos destruirlo todo.

(S. Sánchez Terán, La transición. Síntesis y claves)

Ayer fue el rey emérito, ahora Rodolfo Martín Villa (RMV). Ante los conatos de una justicia internacional más bien inerme aparece una formación cerrada de caballeros armados de argumentos con mucha altisonancia y rasgar de vestiduras. Vocean sus alegatos de servicios al Estado, de culto a la democracia, limpias ejecutorias, etc., en torno a las peanas de donde empiezan a caer sus ídolos. Y la indignación se les dispara ante la contumacia de una jueza, argentina por más señas, que tras diez años de diligencias entorpecidas en España, aún insiste en tomar declaración a un anciano y respetable padre de la Patria acerca de los crímenes del franquismo. Parecería que, más allá de la retórica, estos primates masculinos y femeninos –los FG, los ZP, los Bonos, Guerras, las Aguirre, Pastor y demás– estarían dispuestos a autoinculparse de los posibles delitos que pudieron cometer el ex rey o RMV, pues eso no pesaría nada en la balanza de la justicia al lado de una vistosa hoja de servicios y además a ellos nadie les da lecciones de democracia ni de procedimientos judiciales. Faltaría más.

Lo repito: todo esto suena más bien a excusa no pedida y a esa arrogancia mostrenca de la que la vida pública española anda demasiado sobrada. Vayamos a los hechos. Miremos por un momento, ya que no entran en el periodo denunciado por la llamada Querella argentina, los sucesos de Pamplona, San Sebastián y Rentería de 1978, con dos paisanos muertos y muchos otros heridos por balas de la policía en el curso de sendas manifestaciones, siendo ministro de Interior RMV. Como Fraga tras los muertos de Vitoria, hizo declaraciones que retratan su calaña: “al fin y al cabo, lo nuestro serán errores, lo otro son crímenes”. Y “a nadie debe extrañar que pierdan la serenidad en raras y muy contadas ocasiones quienes debieran ser servidores de la serenidad”. (La Vanguardia, 8-11-1978). La alusión implícita es a ETA, cuya actividad mortífera parecería justificar, según el ministro, la violencia policial contra la población civil manifestante. (Huelga decir que no hubo investigación alguna de los hechos).

Antes de ministro en la transición y de buen transeúnte de puertas giratorias, RMV fue mando destacado del Movimiento Nacional: jefe nacional SEU, secretario general del sindicato vertical, consejero del reino, gobernador civil… Pero el cursus honorum de RMV y los suyos no debió de discurrir por alfombras demasiado limpias. Al fin y al cabo hablamos de un régimen que empezó con un baño de sangre y acabó matando, y cuya inercia de brutalidad policial se siguió sintiendo durante la transición en episodios como los señalados. Por eso le faltó tiempo, siendo ya ministro de Interior y una vez que Suárez decretó la disolución del Movimiento, para ordenar la destrucción de sus archivos, como recordaría Sánchez Terán, entonces gobernador Civil de Barcelona.

En las memorias de RMV (Al servicio del Estado) se lee en relación con esto que “sería injusto, radicalmente injusto, política y moralmente, un proceso como el que nosotros conducíamos permitiera más mínima depuración”. Aun así, por si acaso, se gestó la Ley de “punto final” y se trató de destruir posibles pruebas de cargo, descartando de antemano que la democracia en ciernes tuviera el más mínimo prurito de justicia histórica. Y ese fue el comienzo de la larga impunidad por los crímenes del franquismo, así como del silencio en torno a sus víctimas,  que aún hoy está pendiente de reconsideración suficiente.

Es lamentable que los caballeros y damas declarantes otorguen la paternidad de nuestra democracia a sujetos como los mencionados: es hacerla un tanto bastarda e indecente.

(Fotografía: el Consejo del Reino visita a Franco en 1972. RMV se ve al fondo, detrás de Rodríguez de Valcárcel y Arias Navarro. )