Lunes, 28 de septiembre de 2020

Solo queda el sitio

 

Hacía tiempo que no me paseaba por las calles del pueblo. Fue una tarde de domingo, cuando la paz y el silencio me acompañaron en el juego. ¿A qué no sabes quién vivía  aquí, o qué se hacía en esa panera, o quién se sentaba en el poyo desaparecido de la puerta, embutido en su chaqueta y pantalones de pana parda y remendaos bajo la sombra de su boina enmohecida de sudor y de años?

Con este trajín en la cabeza, recorrí el pueblo y llegué hasta la casa del tío Caracoles, y hasta la corraliza del tío Serafín, y hasta la Fuente del Carril y hasta el Palomar, y, una vez aquí, me asomé por el hueco vacío de un nudillo de las portás para ver cómo se conservaba el corral de las campanas, donde se cerraban los toros el día de san Roque. No estaba igual: se había reformado la tená y ya no había carro ni gallinas, sólo unos brazaos de hierbajos y escobas.

Me metí por las traseras de las Aceras de Arriba y, al llegar a unas portás remozadas, recordé la anécdota que nos relató Rafael el Gabrieluco. Contaba él: ”Era yo un chaval, había un toro plantao donde lo de Bibiano, con el buey logramos meterlos en las Aceras por la casa del tío Chapa. El tío Chan, el padre de Sebastián, estaba giñando en las portás del tío Chiquino. El toro iba buscando pelea; iba con el buey y nosotros detrás achuchándolos. Cuando veo al tío Chan agachao, me puse delante, llamé al toro y ha pasado y no le ha hecho nada. El tío Chan siguió a lo suyo sin inmutarse”.

En el recorrido te contaría mil curiosidades, pero no es el momento ni hay espacio ni es el motivo de este escrito.

Y seguí la marcha. Y observé cómo muchos corrales y casas se habían transformado en mansiones porticadas; y observé aquellas otras, que conservan aún la misma fisonomía y que, seguramente, se han dignificado por dentro; y observé las que se alzan viejas de solemnidad, tal como eran, con el mismo portón, con el mismo ventanuco, con la misma verja cruzada y con la misma fachada embarrada, encalada y descorchada, que se han resistido a morir, y las alabo el gusto.

Y llegué a la plaza de la Leña, y me paré en el sitio donde estaba el pozo de las piedras, y vi el frontón pintado hasta la picurota ¡Qué falta de respeto! Y me asomé al fortín, y me acerqué al matadero, donde íbamos con aquellas alpargatas nuevas de cáñamo a endurecer los pisos con sangre de vaca y arena fina, y mi curiosidad me llevó a ver si aún existía el tubo por el que el matadero vertía la sangre diluida en agua al regato: no había ya tubo, pero allí estaba el sitio; como tampoco estaba el pozo de Juan Rey, pero sí estaba el sitio. Muchas cosas han desaparecido como el porquero, la noria, el pozo del agua buena, el depósito del agua, el fortín, los puentes del Melchor, de abuelo Pezuño y de la calle Honda… Tantas cosas…, pero lo que no se ha conseguido borrar es su sitio y, en ese sitio, es donde la mente y el recuerdo ponen la imagen de lo que fue, y que nos sirve hoy para entretener nostalgias y añorar tiempos y más tiempos.

Y es que lo que hoy la gente menuda llama ruina y viejo, para nosotros son monumentos históricos, como el encañao, la máquina, el corral de los fantasmas, cualquiera corraliza, la pesebrera, la bisnera, la era de la Adelaida, el motor, el frontón, la fábrica del río, la balsa, la Fuente del Carril, la Cotorrita, los cantones, las Cuatro Esquinas, las eras grandes y chicas, la Cruz de piedra…

Ya de vuelta por la calle El Pez, saqué la libreta y me puse a contar las rayas, que había dibujado en sus páginas según caminaba. Tú puedes pensar que estoy loco, pero, hasta de paseo en solitario, se saca provecho. Y sentado en el pasil de mi casa, sumé los garabatos y, salvo error, despiste u omisión, que los puede haber, te puedo decir que, en Macotera,  hay 443 casas habitadas y 538 cerradas, que sólo se abren cuando llegan los puentes, las vacaciones y san Roque.