Lunes, 28 de septiembre de 2020

El mes del mochuelo

A estas alturas del verano empieza mi madre a decir que cada mochuelo a su olivo. Por eso hay una vendimia veloz de cubos y palas, bañadores y toallas, zumos y bolsitas de mandangas de merienda antes de iniciar la desbandada. A uno se le olvida el oso de peluche tan maleado que la abuela no puede por menos que darle un remiendo, claro que se nos pone tan creativa que lo deja irreconocible ante el espanto del nieto correspondiente, a otro, la bolsa de las pinturas. Alguna se deja el cargador de la Tablet y eso sí que es un drama y no la lengua fuera del perrete del pueblo que no entiende de fechas ni de domingos vacíos. O sí, quizás en el fondo, a pesar de su carita de pena, está tan feliz de que le dejen dormir la siesta al sol sin tirarle del rabo. Hay cosas que jamás lograremos entender del todo, como por ejemplo, que los dos primos de tres años nunca discutan, o que mi padre se quite el audífono a escondidas cuando la conversación no le interesa. Son misterios de la vida como el talento culinario del bombero forestal, ese que debe pasar de de generación en generación sin rozarme ni un poquito. Total, hay cosas que si se heredan no se hurtan, como la nariz aguileña, nos toca a uno sí, y a otro no.

          -Como diría Marichalar, gracias a Dios no se parece a su madre.

          A mí me dice eso en público el padre de mis hijos y el cese de la convivencia es efectivo nada más cerrar la boca. Pero para nosotros, hay cosas más importantes, como el hecho de que uno de los Lucas –estos van a pares- es un loro de repetición y no se puede decir nada delante de él, que lo casca todo como si trabajara en Telecinco. Mi dilecto sobrino ha descubierto, aparte de su talento lingüístico, que las acuarelas son un entretenimiento fabuloso y pinta hasta los suelos de casa. Estamos por dejarle una pared de su abuela y que se dedique al arte urbano, pero tendría que subirse a una escalera y ya hemos cumplido el cupo de accidentes por una temporada. Mejor le suministramos papel y el tablero de la mesa que se limpia muy bien antes de poner los platos. Como ven no somos muy exquisitos con esto de la etiqueta. Por eso seguimos amontonando comida y que se sirvan las costillas con los dedos que somos un grupo burbuja.

          -Pero qué falta tienen estos niños de ir al colegio.

          Lo que no sabemos es si hay que llevarlos forrados o de plano encomendarlos a la Divina Providencia. Aquí la tropa pequeña se pone la mascarilla sin problemas, pero a la hora de compartir juguetes manoseados, o pinceles gordos, no tienen escrúpulos. De todas formas, como están encantados de no dar besos, eso de andar por ahí contagiando a la gente mayor es probable que no suceda. Son muy consecuentes con la pandemia, estos enanos, se ponen la mascarilla, se niegan a dar besos y abrazos y no se dejan atrapar. Lo de la distancia de seguridad a estas alturas del verano es ese infinito espacio entre la despreocupación estival y la obligación de separarnos. No os vayáis todavía, mochuelines.

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.