¡A mí que me registren!

A quien haya sorprendido la comparecencia de Pedro Sánchez tras su confinamiento en La Mareta, que levante la mano. Todo el mundo esperando que volviera a aparecerse en cuerpo y alma ante las cámaras de TVF (TeleVisión Ferraz), para dejar las cosas lo suficientemente claras y comenzar a tomar medidas adecuadas, y una vez más comprobamos que nada ha cambiado desde la última aparición. Tal vez los españoles estábamos acostumbrados a oír hablar de políticos que intentan gobernar, es decir, tomar decisiones encaminadas a solucionar problemas y, de paso, mejorar el bienestar de sus conciudadanos. Pobres ilusos. El ciudadano Sánchez está hecho de otra pasta. No ha nacido para político. Lo suyo es el subterfugio, la apariencia, la propaganda y, por encima de todo, la pura mentira.

            En cualquier democracia asentada, cuando un dirigente político es sorprendido mintiendo, sufre inmediatamente el rechazo de propios y extraños. No espera a que se repruebe su conducta y, para evitar el bochorno, suele dimitir. Pedro Sánchez, desde que entró en política, no ha sido consciente de que estamos en democracia y ha hecho de la mentira su modus vivendi. Pero nada de mentir cuando se ve obligado por los acontecimientos. No, no, Miente instantánea y descaradamente. Es capaz de decir en sede parlamentaria que nunca pactará con los partidos que busquen acabar con nuestra Constitución y nuestro sistema de gobierno, después de haber apalabrado –y firmado- el correspondiente acuerdo. El doctor en engaños puede esconder miles de muertos por el coronavirus y seguir siendo presidente del gobierno. Promete sacarse de la manga el Ingreso Mínimo Vital y resulta que esas tres palabras representan otras tres mentiras: el tal ingreso resulta más difícil de alcanzar que aprobar la oposición de registrador de la propiedad; lo de mínimo no significa que sea el suficiente para subsistir, sino que, sencillamente, no se le ve; por último, si lo de vital es para que los españoles no desfallezcan, muchos de ellos están en las largas colas de quienes solicitan comida. Se habló de ERTE,s para los que perdieran el empleo temporalmente y los únicos que han tenido seguro su sueldo, a pesar de no ir al trabajo, han sido la mayoría de los ministros. Pensando que su “reinado” debe ser constantemente elogiado, Sánchez no se cansa de ofrecer limosnas con unos fondos de los que sabe que no dispondrá. Cuando se nos decía que habíamos alcanzado una normalidad en exclusiva para los españoles, descubrimos la triste realidad: volvemos a encabezar la lista de naciones con más contagiados y, lo que es más grave y nadie quiere remarcar, volvemos a destacarnos en el número porcentual de fallecimientos. Lo dicho, sigue convencido de que todo vale y, hasta ahora, las mentiras le han salido baratas porque sigue viviendo como un jeque árabe.

            Después de anunciar a bombo y platillo su mitin monclovita, descubrimos que detrás de su plana mayor sólo hay paja. Los problemas y la falta de decisiones siguen en su sitio. Cuando modeló un gobierno tan numeroso se podía pensar que intentaba desmenuzar los problemas y proporcionar a las autonomías leyes, planes y protocolos suficientes para atender todos los posibles frentes. Ya es sintomático que con similares problemas otras naciones sean capaces de solucionarlos con la mitad de ministerios; pero bueno, no hay que ser mal pensados. Llegaron esos graves problemas y hubo ministerios que ni estaban ni se los esperaba. A la vista de la “espantada” de Sánchez ¿para qué mantenemos ministerios como los de Educación y Sanidad, si no dan un palo al agua, y cuando lo dan es para estropearlo más? Y si queremos acabar con el coronavirus y llegar a final de mes ¿para qué sirven “apéndices” como Memoria Democrática, Agenda 2030, Igualdad, y alguno más, que no han presentado ninguna proposición? Tenemos más ministros y más subsecretarios que ninguna otra nación, pero seguimos padeciendo las secuelas del gobierno más ineficaz del mundo. Así no lograremos recuperarnos nunca.

            Las tres graves crisis que nos asfixian –sanitaria, económica y política- siguen sin ser atendidas. Sánchez ha visto las orejas al lobo y se ha lavado las manos como Pilato. En marzo acudió a la Constitución porque, según él, sin el estado de alarma no podría reconducir la grave situación creada por la pandemia. Tanto le gustó que solicitó hasta cuatro prórrogas. Ahora que la situación no es menos grave, sabe lo que se avecina y no quiere cargar con las consecuencias de cualquier medida que restrinja alguna libertad y le reste votos. Se ha tardado tanto tiempo en reaccionar que todos los remedios van a resultar traumáticos. Si no se toman medidas para tener una idea real de la evolución de los contagios, y para acabar con la conducta de irresponsables y negacionistas, nuestros hospitales se colapsarán y aumentará el número de muertos. Si volvemos a los confinamientos, empresarios y empleados quedarán sin ingresos. Cuando comience el curso escolar, aumentarán los contagios, volveremos a las cuarentenas, unos padres tendrán muy difícil conciliar su vida laboral con el cuidado y educación de sus hijos y otros verán peligrar el rendimiento del teletrabajo precisamente por atender esa nueva obligación. En cualquier caso, la crisis económica –que ya es la mayor de Europa- se verá incrementada.

            Sánchez está al corriente de todo y sabe lo que se necesita para dar el primer paso, pero no quiere darlo para no tener que bajarse del Falcon. Para esos ministros que parecen no tener puesto en formación, y por si al Messi de La Moncloa le fuera de utilidad –a él, seguramente no, pero a España seguro que sí-, se me ocurren, entre otras muchas, unas medidas imprescindibles como punto de partida:

  • Prescindir en el gobierno de Iglesias y compañía.
  • Formar un gobierno de concentración con los partidos verdaderamente constitucionalistas.
  • Reducir al mínimo imprescindible el número de ministerios, subsecretarías, y asesores.
  • Gobernar para TODOS los españoles.
  • Proponer, y aprobar, unos PG ajustados a nuestras necesidades y dentro de nuestras posibilidades y del marco señalado por Bruselas.  
  • Exigir al máximo el cumplimiento de las leyes en aquellas autonomías que pretenden soslayar la Constitución, ¡y vigilar ese cumplimiento!
  • Adoptar la política laboral que conjugue una justicia social y humanitaria para el empleado con la necesaria supervivencia del empresario.
  • Estimular la uniformidad de criterio en algunos estamentos de la Justicia para evitar sentencias sospechosamente opuestas.
  • Completar nuestra política sanitaria anti epidemias extremando los controles de entrada en fronteras, puertos, aeropuertos y litoral.
  • Aprobar, urgentemente, una ley que acabe con la laguna existente en el grave problema de la okupación de viviendas.

A todo lo anterior se pueden sumar los muchos problemas que nos están atenazando, pero por algo hay que comenzar. Se avecinan tiempos muy difíciles que exigirán el compromiso de todos, dirigentes y ciudadanos. Los primeros, dedicándose en cuerpo y alma a la difícil tarea de servir a los demás. Si se lo proponen, siempre encontrarán parcelas en las que se pueda mejorar lo actual. Todos los demás, cumpliendo con la obligación de cada momento. Si no dejamos de lado antiguas rencillas, prescindimos de tanta zancadilla y remamos todos en la misma dirección, estaremos contribuyendo al desastre de nuestra nación y nuestros descendientes tendrán derecho a pedirnos responsabilidades.