Nostalgia del mar

Hay un momento humilde y memorable en la novela de Carmen Martín Gaite Entre visillos en el que Natalia, la protagonista, trasunto de la autora, le señala a su amiga el Tormes por la ventana y la muchacha, agobiada por el trabajo le contesta Agua que corre. Donde Natalia, donde la escritora creía ver un milagro en movimiento, la dueña de la vista, la laboriosa hija de una humilde peluquera, no ve más que agua que corre. Para los de secano, el agua o se estanca en la charca donde beben los animales y crecen los juncos y croan las ranas, o corre recorriendo tierras de regadío, alamedas de chopos luminosos, murallas altivas. El río, enhebrado en los ojos de los puentes romanos y medievales, recorre las tierras de la meseta como un alivio azul que los niños se aprendían con una cantinela hipnótica. Aprendían donde nace y desemboca el río, aprendían sus afluentes y las ciudades por las que pasaba, como un espejo raudo solo detenido en el poema. El río lavaba las ropas, daba de comer al ganado, entretenía a los pescadores y solo se detenía ante la pared de la presa, imponente maravilla contra todas las corrientes. El río era la vida que se cobraba y el molino que molía, agua que corre, desembocadura privilegiada en este Portugal de todas las humedades. El río como un camino que va a dar a la mar que es el morir, y no hay poeta más cierto ni más certero que el que se aposenta en sus orillas a dejar correr el agua.

Nosotros, en nuestro privilegio de viaje, pelegrinamos al mar de todos los veranos. Agua que rompe. Agua infinita que no desemboca. El mar, la mar, es un misterio para estas gentes de interior de charca y charco, de río y de regato. Un mar que impresiona, hala cuánta agua, decía mi hija mientras su madre recordaba la llorera infinita de su primera vez, tan pequeña que casi no sabía andar, cuando las olas le mojaron los pies diminutos. Lloraba lágrimas de mar y el año siguiente, no había quien la sacara de la orilla. El mar, la mar, es una asignatura de verano, un regalo de otoño-invierno, una seguridad de todos los años que, esta vez, ha quedado en las imágenes del último verano. No hay playa, no hay viaje, no hay paseo entre la espuma y el azul se escapa como una promesa incumplida, como una asignatura pendiente. Ya no es el mar de todos los veranos.

Por no hacer mudanza en su costumbre, el verano deja en agosto esa luz que se apaga, ese calor que se atempera. Ni siquiera huele a libro nuevo, sino a tiempo incierto donde lo único seguro es el paso de este tiempo de estío que promete vendimia y promesa de bosques dorados, rojos, encendidos. Somos nosotros los que hemos perdido la costumbre, el ritual, la liturgia de lo que repetimos. La naturaleza, sin embargo, se apresta al otoño con la seguridad con la que pasan las horas y en la tarde, precisas de la chaqueta sobre los hombros estremecidos. Es inevitable el delicioso, el consolador paso del tiempo. Tiempo que corre, agua que nos acaricia. Qué poco le importamos a lo que verdaderamente importa.

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.