La vuelta a clase…de los políticos

La vuelta a clase…de los políticos
"Llega un año escolar que llega en medio de muchísimas dudas y con posibilidades de ser otro año semiperdido". Foto EP

            Cada día que pasa me siento más defraudado con la actual situación. Ya no es sólo la gravedad de lo que se avecina; es que, para nuestra desgracia, si no teníamos bastante con un porvenir tan negro, ahora mismo somos el hazmerreír de todo el mundo. Este virus, que ha puesto todo boca abajo, ha efectuado su trabajo empleando las mismas artes en todos los sitios que ha visitado. Llegó siendo un desconocido,  puso de manifiesto sus intenciones y los primeros visitados que no se lo tomaron en serio tardaron bien poco en sufrir las consecuencias. Es ley de vida. Recordando aquello de las barbas de tu vecino, hubo quien aprendió de los errores ajenos y ha conseguido amortiguar no poco las acometidas de la pandemia.

            Se ve que aquí tenemos muy bien ganado aquel dicho de que España es diferente. Por ceder a presiones populistas, que anteponían los actos de propaganda a la obligación de tomar las primeras precauciones, nos convertimos, de repente, en la nación más afectada por el virus. Somos tan diferentes que, circulando en dirección contraria por la autopista de la vida, pretendemos que el resto de conductores dé media vuelta para no interferir nuestra marcha. Esa misma obsesión hace que ahora mismo estemos con el agua al cuello, pero da la sensación de que quienes tienen en su mano la posibilidad de mejorar la situación no quieran pasar la prueba de reconocer su inacción y mucho menos su responsabilidad. Y no sólo eso, sino que, de paso, buscan la forma de cargar esa responsabilidad en la espalda de quien no esté de acuerdo con su forma de proceder.

            La primera oleada de contagios ya dejó una fatídica tarjeta de visita. La inexperiencia y la cerrazón del gobierno hicieron que España sufriera unas consecuencias mucho más graves que los países de nuestro entorno. Tan graves fueron que, en una burda maniobra de enmascaramiento, se falsificaron las cifras de fallecidos para no encabezar la lista de los países más torpes, o se engañó a la población para justificar la falta de previsión a la hora de adquirir el suficiente material sanitario. Tuvimos que sufrir las medidas más severas de confinamiento para poder invertir tanta curva ascendente. Por primera vez las medidas tomadas por el gobierno habían encontrado la respuesta adecuada. Nos había costado más muertos que a nadie y nuestra economía había caído más que ninguna, pero el gobierno podía sacar pecho. Y vaya si lo sacó. No en vano salíamos más fuertes que antes y podíamos comenzar la nueva etapa con algo tan extraordinario como la Nueva Normalidad.

En el colmo de la esplendidez, desde la tribuna de Aló Presidente, Pedro Sánchez dijo a las autonomías: “¡Ahí queda eso! Os dejo esta España que no la conoce ni la madre que la parió. Tanto criticar a Illa y a Fernando Simón y ahora tendréis que pedirles perdón porque no estaban equivocados. Hay otros países más torpes que nosotros y están copiando nuestra fórmula. Además, he cantado las cuarenta a los socios de Bruselas y ya contamos con dinero suficiente para recuperarnos antes que nadie. Como todo hijo de vecino, todos tenemos derecho a descansar y el gobierno, también. A finales de agosto me tendréis otra vez aquí. Ahora sólo falta que no me lo estropeéis vosotros”

Mucho antes de que Sánchez tomara posesión de La Mareta, los rebrotes ya estaban haciendo de las suyas. Como en marzo, las semanas perdidas en espera de que los gobiernos autonómicos pudieran hacer frente a esa hemorragia de contagios y dar palos de ciego tomando medidas -inmediatamente puestas en entredicho por los listos de turno o por algún juez empeñado en llevar la contraria-, hicieron que el gobierno se dividiera entre los que seguían de vacaciones y los que se dedicaban a contradecirse mutuamente. Hemos tenido que llegar a esta situación para que aparezca en escena alguien del gobierno. Ante el clamor general, el ministro de sanidad llama a capítulo a los consejeros autonómicos y se adoptan una serie de medidas, de las que el virus sigue riéndose. Nadie quiere coger al toro por los cuernos y otra vez hemos llegado tarde.

Ahora no tenemos uno sino tres graves problemas: la segunda oleada del coronavirus –que sí, que ya está aquí; basta preguntar a los sanitarios-, el derrumbe de nuestra economía y la amenaza de un año escolar que llega en medio de muchísimas dudas y con posibilidades de ser otro año semiperdido. Nos enfrentamos a una situación muy seria que requiere medidas también serias, pero sobre todo eficaces. En esta tarea están comprometidos tres colectivos: el gobierno central, los gobiernos autonómicos y los ciudadanos de a pie. Desde luego, a la vista de los datos actuales, está claro que ninguno de los tres ha demostrado estar a la altura de las circunstancias. La falta de protocolos efectivos e iguales para todos ha permitido que el caos se apodere de la situación. El tejido productivo ve disminuir su potencial por la vertiginosa caída de la demanda; el sector turístico está en la UCI, sobreviviendo a base del respirador que representa el turismo interior; nuestro sistema sanitario no cesa de advertir del peligro que supone un nuevo colapso hospitalario, ocasionado por una política equivocada e ineficaz a la hora de hacer el seguimiento de los nuevos contagiados y por la irresponsabilidad de algunas conductas juveniles. Añadamos la amenaza de contagios que trae consigo el comienzo de un nuevo curso y llegaremos a la conclusión de que vamos directos al cataclismo nacional.

Si todo lo anterior ya es de dominio público y no se perciben síntomas de mejoría por ninguna parte, la primera responsabilidad recae sobre el gobierno central, que no ha sido capaz de corregir la deriva. A pesar del empeño puesto en negar cualquier asomo de tensión entre los partidos que integran este gobierno, los enfrentamientos y las rectificaciones ya se han hecho públicas más de una vez. Tenemos un gobierno de coalición cuando lo que necesitamos es uno de resolución. Pedro Sánchez no ha querido reconocer que, por primera vez en su vida, cuando decía que gobernar con el apoyo de Podemos era ir contra natura, estaba diciendo la verdad. Traspasando esa barrera ha podido comprobar que se ha equivocado, pero puede más su ambición personal que el compromiso adquirido en su toma de posesión.

Está muy claro que el PSOE fue el partido más votado en las últimas elecciones generales y, por lo tanto, es lógico que Pedro Sánchez sea el presidente del gobierno. Pero igual de claro está que España no superará la actual crisis hasta que Sánchez aparte a Iglesias del consejo de ministros. La superación de la actual crisis es incompatible con la ideología de Podemos, tanto en el aspecto económico como en el puramente político. La solución habrá que buscarla entre los políticos decididos a no derribar lo conseguido hasta hoy. Combinaciones viables existen, sólo falta acercar posturas y tener ganas de ayudar a los demás. Ya urge un acuerdo que siente las bases para trabajar todos en la misma dirección y sirva, a la vez, para hacer cumplir la ley sin medias tintas. La debilidad y el postureo han hecho que más de uno se envalentone porque aquí se hace la vista gorda. Ya va siendo hora de que los políticos, en primer lugar, y el resto de ciudadanos, después, vayamos a clase.