La cloaca interminable

Se buscaba deshumanizar al enemigo, conseguir que fuese visto por la mayor parte de la población, no como personas sino como seres inferiores y, de paso, inútiles, costosos y ser un lastre social. Después llegaron las purgas en los empleos y las ocupaciones, anulando su presencia en organismos educativos, sanitarios o de cualquier otra rama de la función pública o profesiones prestigiosas, para que pareciesen aún más inútiles, parásitos e inservibles. Ya en las últimas etapas, el señalamiento público de sus negocios, sus nombres y sus amigos y la identificación de sus casas, culminando con el marcado como reses, con la obligación de mostrar en su ropa la inequívoca marca que los identificaba como todo lo anterior: inútiles, costosos, parásitos, alimañanas… Y en la última etapa, después de encerrarlos en ghetos insalubres e indignos, despojados de sus bienes y su identidad, y tras haber conseguido con el maltrato, el hambre y el sojuzgamiento total que hasta su propio aspecto (hambrientos, injuriados, huidizos) reflejase la “animalidad” buscada desde el principio, su eliminación: asesinados de varias formas, individual o colectivamente, asfixiados, troceados, quemados, desaparecidos…

No será difícil reconocer en el párrafo anterior parte de las tácticas y técnicas utilizadas por los nazis, primero en Alemania y después en otros países ocupados (y en otros a miles de kilómetros de distancia) con respecto a los judíos. Una historia escrita en los anales de la indignidad humana y que no dejará de avergonzarnos como miembros de la única especie capaz de semejantes atrocidades. Pues bien, en varios países de Europa hoy, y más concretamente en un país llamado España, las “enseñanzas” que los cristales rotos de la indignidad del nazismo sembraron, florecen hoy en forma de acoso, señalamiento, amenaza y ataques a miembros de la izquierda política, a tal punto que incluso miembros del gobierno legítimo han de ser protegidos con medidas especiales contra las arremetidas de un fascismo al que no basta llamar neonazismo porque no es en nada nuevo, ya que se alimenta de todas y cada una de las “directrices” que, contra los judíos, diseñaron los “pensadores” que rodeaban a Franco, a Himmler, a Hitler, Mussolini, Serraño Súñer, Eichmann o Hess.

Alimentados por tertulianos de un esquinado radicalismo anticomunista, columnistas que ignoran o quieren ignorar la historia, articulistas y seudoperiodistas que a sueldo de ocultos intereses dinerarios aportan munición teórica a la barbarie de la persecución, y que señalan domicilios, itinerarios y costumbres de los objetivos a perseguir y, sobre todo que, fieles a las enseñanzas de Goering, intentan la deshumanización del “enemigo” con adjetivos trillados aunque en ciertas mentalidades todavía efectivos como “okupas”, “ilegales”, “ladrones”, “parásitos” o el más ridículo de todos, cómico si no fuese trágico, “comunistas”, hordas de descerebrados envueltos en una bandera tricolor acosan, amenazan, chantajean, insultan y persiguen a ciudadanos por el hecho de pensar políticamente diferente (podría decirse que por el mero hecho de pensar), sin importar que algunos de esos ciudadanos sean miembros del gobierno legítimo del país y sin que se perciba, ay, reacción alguna por parte de poderes judiciales e instancias de la Justicia que, curiosamente, reaccionan como con resorte en cuanto alguien osa siquiera nombrar o poner en cuestión alguno de sus tótems ideológicos (iglesia, ejército, judicatura, monarquía…).

Un país en el que expresar una opinión contraria a la iglesia, al ejército, a la judicatura o a la monarquía provoca furibundas reacciones judiciales y esperpénticas condenas medievales, demasiado jaleadas por una sociedad de barra de bar y cotilleo y, salvando alguna excepción, profundamente ignorante, es un país amordazado por la molicie y el conformismo. Las reacciones institucionales y, sobre todo, sociales a los ataques, acosos e intentos de intimidación y agresión contra Pablo Iglesias, Vicepresidente Segundo del gobierno de España y contra Irene Montero, Ministra de Igualdad del gobierno de España, y sus familias, constituyen, mucho más allá del delito que son y del que las denuncias interpuestas tendrán que responder penalmente (es de esperar...), un reflejo inequívoco de la levedad de las convicciones democráticas de un país en el que todavía “insultar” esa misma bandera en que se envuelven los delincuentes o llamar ladrón a un ladrón, tenga la corona que tenga, parece más condenable que amenazar, perseguir y hostigar a cargos públicos. La cloaca interminable.