Sábado, 19 de septiembre de 2020

Escaleras hacia el cielo de San Cristóbal

Los secretos de esta iglesia recogida, recoleta, florecida en el cerro de la historia, nos devuelven también la magia del cantero medieval que trasciende su arte

Detalle de algunas de las tallas de la iglesia de San Cristóbal, en la plaza del mismo nombre. Foto de José Amador Martín

         Tiene el fotógrafo querencia por la plaza semiescondida, por el rincón secreto donde se alza el templo románico sobre el afloramiento rocoso que nos recuerda la Salamanca de la repoblación, extendida sobre el cerrito de San Cristóbal en tiempos de los toreses. Berrocal de piedra sobre el que construir una iglesia de cruz latina en 1145. Que la hicieran los Caballeros del Hospital de Jesús o los de la Orden del Santo Sepulcro es en el fondo una cuestión lejana que añade más misterio a este templo románico con una escalinata sin datar que trepa por los extremos de una Salamanca expandida más allá de su trazado primitivo. Repoblada y dispuesta a ocupar las siete colinas por la que la llamaban “Roma la chica”, Salamanca se adorna de templos románicos que quedan entre las calles, joya dorada para el ojo de José Amador Martín, quien acaricia la cálida visión de los sillares de arenisca. Salamanca románica.

         Escuela parroquial en 1920, tiene esta iglesia un silencio de árboles, de paseo, de quietud sin paso apresurado. Se guarda el Cristo románico entre sus recias paredes mientras afuera, los motivos de las cornisas, interpelan al observador paseante: grifos, jabalíes, arpías, cruces, rollos, bolas, leones… y sobre todo cabezas grotescas que se ríen desde arriba y parecen querer tirarnos el barril que uno de los personajes sujeta, risa goliarda de bromas medievales, latines de taberna y liturgias de borrachos. Dicen que eran los rostros de las gentes de aquel entonces, caballeros y villanos de la tierra retratados por el cantero cruel del escarnio. La edad media no sabe de astronautas ni de estudiantes que ornan los bajorrelieves modernos, el medievo tiene sorna y crueldad, guiño soez y obsceno. Sin embargo, los secretos de esta iglesia recogida, recoleta, florecida en el cerro de la historia, nos devuelven también la magia del cantero medieval que trasciende su arte… hojas y flores en el círculo de la pared, sutil adorno inesperado.

         Los motivos vegetales eran en el románico un hermoso símbolo de Cristo y de su iglesia, hojas de acanto de reminiscencias clásicas venidas de los griegos a través de Roma. Hojas y flores para evocar el paraíso que se rodean del círculo visigótico que representa la eternidad, lo que nunca se acaba. La pared nos escribe los símbolos que utilizaron los canteros en la Catedral Vieja, hojas de eternidad, círculos inacabables. La belleza del delicado bajorrelieve es el detalle que el fotógrafo descubre, deseoso de lecturas, ojo avizor de los más hermosos adornos de un templo alzado sobre la piedra desde el que nos miran, malencarados, grotescos, divertidos en su mueca de siglos, los rostros de las cornisas. El cantero hace bromas de cincel y el fotógrafo acaricia la luz sobre los sillares dorados de la piedra de Villamayor. Esta iglesia a la que se llega por una escalera tan antigua como su alzada, simple belleza, es una joya inesperada. Cerrada en su tranquila eternidad, acallados sus rostros de guignol, despierto su jardín tallado. Es la perdurable verdad del símbolo, su hermoso legado, y el fotógrafo descubre entonces la cualidad de luz sobre la piedra.

José Amador Martín, Charo Alonso.