Jueves, 29 de octubre de 2020

Pedro Casaldáliga, profeta de los pobres

“Al final del camino me dirán: ¿Has vivido? ¿Has amado? Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres..."

Pedro Casaldáliga.

 

“todo es relativo, menos Dios y el hambre”.

Pedro Casaldáliga.

Este fin de semana nos ha sobrecogido la muerte de Pedro Casaldáliga, la mañana del día 8 de agosto, una nota conjunta de la Prelatura brasileña de São Félix do Araguaia y los misioneros claretianos, daban la noticia. No pudo superar la neumonía que se apoderó de él hace unos días, ya muy mermado por el Parkinson. Hemos seguido su misa fúnebre por las redes sociales, presidida por tres obispos y concelebrada por una veintena de sacerdotes. Sus restos, con una cruz sobre su pecho y una Biblia posada sobre los pies descalzos, abierta por el salmo “el Señor es mi pastor”. Es todo un símbolo.

Las palabras del obispo, han recordado sus largas horas de silencio y oración, en su vida y en sus poesías ha sido un “contemplador de Dios”. A lo largo de la historia del cristianismo siempre ha existido la controversia de si debe primar la acción sobre la contemplación, pero es un debate estéril, ya que los grandes contemplativos, han sido siempre y al mismo tiempo muy activos. Como buen profeta, quiso hablar con Dios y de Dios, desde el anuncio y la denuncia, siempre desde una profunda experiencia de Dios y también con un profundo conocimiento de la realidad que vive el pueblo.

Desde el primer día de su nombramiento, Pedro Casaldáliga quiso ser un obispo diferente. Decidió no utilizar mitra, ni báculo. El anillo episcopal que llevaba es el que le regalaron los indios Tapirapé, realizado con madera de palmera. El anillo de oro que le envió Pablo VI para su consagración episcopal, se lo envió a su madre.  Vivirá sin grandes lujos ni comodidades, vivió en una pequeña casa, no quiso tener nevera, ni cocina, ni teléfono hasta que no lo tuvieran la mayoría de sus fieles.  Una de sus frases que tenía en la pared de su habitación: “Ninguna familia sin casa, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos” Desde los primeros momentos como obispo trazó un camino de compromiso con los más pobres: “Si la primera misión del obispo es la de ser profeta y el profeta es aquel que dice la verdad delante de todo un pueblo; si ser obispo es ser la voz de los que no tienen voz yo no podría, honestamente, permanecer de boca callada al recibir la plenitud del servicio sacerdotal”.

Ha sido uno de los grandes profetas de la espiritualidad de la liberación, que no ha sido un simple discurso en su trayectoria, sino la ha hecho carne, vida, poesía e historia, por la realidad de los pobres y su grito por la vida, por la justicia, por la paz, por la libertad, contra la dominación y la opresión. No esperó que los cambios se hicieran desde arriba, sino que fiel a su conciencia, al Evangelio y al Concilio, actualizó con creatividad y audacia un modo de hacer pastoral. Sus denuncias y su apuesta por el Reino le han valido se calificado como una voz disidente dentro de la Iglesia, incomodo para los intereses del poder.

Nos recordaba Monseñor Moacir Silva en su funeral, “Entró en el misterio de Dios y llevó su palabra a los pueblos con los que vivió y junto a los que experimentó la persecución”. La palabra, a través de su poesía, ha sido su fuerza transformadora, no ha sido una palabra cualquiera, es la Palabra que puede transformar el corazón de la persona y el alma del mundo, sin violentar su libertad, ni supliendo la responsabilidad del hombre.

El profeta no solo anuncia, también denuncia. No se recluye en un templo o en una iglesia, está en contacto con el mundo que le rodea, sobre todo con los más necesitados. Ninguna persona, ningún lugar, le es indiferente, ya que nada es indiferente para Dios. Pedro Casaldáliga, se la jugó muchas veces en favor de los más necesitados, siendo la voz de los pobres contra el poder político y económico. Desafió a la dictadura brasileña y defendió durante décadas a los indígenas de la Amazonía, apostando por una ecología integral, cuidar la tierra y los pobres.

Se atrevió a denunciar en voz alta, lo que otros solo contaban en voz baja o se quedaban en el mero silencio. Como el Nazareno, ha sido un hombre libre. Esa libertad le ha hecho veraz y creíble en la fe que anunciaba:  “Me llamarán subversivo y yo les diré: lo soy. Por mi pueblo en lucha, vivo. Con mi pueblo en marcha, voy”. Hasta cinco procesos de expulsión le incoó el régimen militar brasileño. Salió bien parado gracias a la intervención de Pablo VI: “Quien toque a Pedro, encontrará a Pablo”.

Como profeta siempre ha sido fiel a su conciencia, como pastor ha estado al lado del pueblo, proclamando la voz del Dios de la misericordia y la justicia. La poesía ha sido el vehículo, a través de la cual, nos ha contado sus sueños, sus lecturas, los rostros que lleva inscritos, sus búsquedas de Dios, sus grandes preguntas y sus anhelos por la justicia y liberación de los más pobres. Comenta en una de sus últimas biografías, que toda poesía es autobiográficaque en realidad, quiere mostrar el alma, desnuda, por los celajes o por las rejas de las palabras. “He experimentado aquello que Maragall denomina "escalofrío", esgarrifanga, desde donde brota no solo la poesía, sino también la teología viva”

Ser profeta, antes y ahora, es un carisma que rompe todas las barreras sociales, culturales, religiosas y temporales. Su nombre está inscrito en el libro de los testigos contemporáneos que han dado la vida por la causa de Jesús en su opción de liberación por los más pobres. Quiso que se excavase su tumba en el cementerio de los excluidos, frente al río Araguaia. Nunca le nombraron cardenal y, ha sido vista su entrega por los necesitados con recelo por ciertos sectores de la Iglesia. Pero como a Óscar Romero, el pueblo de Dios le proclamará santo. Dejamos como homenaje uno de sus más bellos poemas:

Es tarde

pero es nuestra hora.

 

Es tarde

pero es todo el tiempo

que tenemos a mano

para hacer el futuro.

 

Es tarde

pero somos nosotros

esta hora tardía.

 

Es tarde

pero es madrugada

si insistimos un poco.