Vivir entre los fantasmas y las realidades de la pandemia

Es difícil no seguir escribiendo sobre algún aspecto del Covid19 y no seguir pensando en ello, cuando la realidad te envuelve con los datos actuales, de casos positivos, muertes, situación de los dispositivos sanitarios, y tantas dudas aún que los expertos nos trasmiten ante una enfermedad desconocida. Todos tenemos que apañarnos en cómo seguir viviendo entre fantasmas y realidades.

Algunas de las dudas que los ciudadanos de a pie tenemos aún en relación al Covid19 son: ¿Pueden los niños/as contraer la enfermedad? ¿Y trasmitirla?¿Los objetos, superficies, el aire, pueden ser vehículos de trasmisión? ¿Hay ya en la actualidad algún tratamiento significativamente eficaz en la cura? ¿Dispondremos de una vacuna definitiva antes de un año?

Las dudas, las preguntas, lo desconocido, generan fantasmas; los hechos y datos seguros los destruyen. Las consecuencias de la enfermedad también frecuentemente tienen que ver con estos fantasmas inconscientes a los que me refiero. En un reciente estudio hecho en Milán con el seguimiento de 400 pacientes ingresados por el Covid en algún hospital, daba como resultado que el 55% de estos pacientes padecían al mes de haber sido dados de alta una sintomatología psicopatológica importante, que requería ser tratada: depresiones, ansiedades, trastornos obsesivo-compulsivos, insomnios, trastornos en la relación, habían aparecido o se habían agravado ( en los pacientes que ya sufrían estos trastornos anteriormente) después de la enfermedad.

La diferencia entre una respuesta sana de una sociedad expuesta a la pandemia y una sociedad que responde anómalamente ( y que quizás por ese motivo, entre otros, tiene más contagios), la he observado este verano en dos lugares: en una zona de Portugal, sin contagios significativos, el clima social era tranquilo; todo el mundo cumplía las normas ( uso de mascarillas en todos los lugares públicos) distancia de metro y medio o más, pero el ambiente emocional colectivo era de tranquilidad.

En mi ciudad de residencia, en España, desde el primer día observé conductas extremas en relación a los riesgos de contagio: muchos amigos o conocidos habían decidido seguir un confinamiento de facto, ante el temor al contagio (sobre todo entre personas mayores); otros grupos ( en los que predomina la gente joven) se relacionan sin mantener ninguna distancia entre ellos, a veces sin mascarilla, o utilizando botellas o vasos para uso común. Es decir negando la realidad del riesgo de contagios.

La mayoría de los medios de comunicación aumentan los fantasmas individuales como si estuvieran aplicando la famosa teoría del shock (no  afirmo que lo hagan, sino que lo parece): con su insistencia en la cantidad de noticias sobre la pandemia en todos los países y poblaciones y en la calidad de las mismas ( muchos bulos, rumores, afirmaciones no probadas, etc.).

Una revista on line dirigida a los mayores que recibo cada día, tiene un contenido negativo sobre la pandemia, las residencias de mayores, las pensiones, la situación política del país… en 9 de los aproximadamente 10 artículos diarios. Para “despistar” hay siempre uno que se titula “Las diez noticias positivas de hoy sobre el coronavirus”, que son endebles “noticias” que no calmarían ni a un yogui.

En resumen, entre ir a una corrida de toros, como si no existiera ninguna pandemia y quedarse en casa confinados durante meses, hay una serie de conductas razonables, que no tienen por qué bloquear ni numerosas actividades laborales, ni el buen humor ni una mínima sociabilidad necesaria para nuestro bienestar psicológico.

Como en toda la existencia humana “in medio consistit virtus”.