Miércoles, 30 de septiembre de 2020

La marcha del emérito

Tras unos últimos años un tanto convulsos en lo que respecta a la figura del ahora rey emérito y otrora rey titular Juan Carlos I, con escándalos mediáticos como el de la caza de elefantes en Botswana, los líos de faldas con Corinna y la salida a la luz de cuentas opacas en Suiza con millones de euros sin declarar al fisco, finalmente esta semana Juan Carlos I decidió poner tierra de por medio (o más bien, océano de por medio) e irse a vivir oficialmente fuera de España.

Ha sido ésta una decisión que ha levantado un notable (aunque esperable) revuelo mediático, pues ha venido tras las informaciones publicadas por diversos medios que evidenciaban pagos sospechosos de miles de euros de Juan Carlos a su 'amiga' Corinna, desde cuentas ocultas a Hacienda y con el trasfondo de posibles comisiones cobradas por el emérito de forma presuntamente corrupta en lugares como Arabia Saudí respecto a inversiones logradas para empresas españolas.

Y es que, tras unas primeras décadas de reinado más que apacibles para Juan Carlos I, en las que su figura era muy valorada, tanto por el retorno de la democracia parlamentaria a España, como especialmente tras su intervención para atajar el intento de golpe de estado del 23-F, en los últimos años diversas informaciones han ido socavando su popularidad y emborronando su figura, acercándola más a la del nombre de su barco (el bribón), y evidenciando que como dice el refrán, “no es oro todo lo que reluce”.

De hecho, hasta tal punto llegó a verse empeorada su imagen pública en los últimos años, que acabó teniendo que abdicar para dejar paso a su hijo y heredero Felipe, con una mucha mejor imagen en la sociedad y sin ningún escándalo personal que se le conozca (toquemos madera), y de cuyo hacer depende el futuro mismo de la monarquía en España, a pesar de que, más allá de cómo desarrolle su labor de jefe de Estado, carga en sus espaldas dos pesadas losas, la de su padre y predecesor, Juan Carlos, y la de su cuñado Iñaki Urdangarín, ambos envueltos en asuntos turbios con la corrupción como telón de fondo.

En todo caso, en lo que concierne a Juan Carlos I, puede decirse que se va de España por la puerta de atrás, quedando lejos ya aquellos años dorados para él en los que todas las autoridades del país querían sentarle a su mesa sin miedo a la crítica social. De hecho, se podría decir que, para la opinión pública española, Juan Carlos I ha pasado de los altares al infierno.

Esperemos que, en el camino emprendido por Juan Carlos de Borbón, el erario público no se quede sin percibir la parte del dinero ocultado al fisco y que el emérito debería haber pagado en su día según diversos medios. Y es que, si profesa tanto amor por España como dice, deberá cumplir con el deber de pagar a Hacienda, que al fin y al cabo somos todos los ciudadanos, independientemente de si somos monárquicos, republicanos o si nos es indiferente la cuestión monarquía/república. Váyase al extranjero si es su deseo o conveniencia, pero cumpla con España como todo buen ciudadano.