Sábado, 15 de agosto de 2020

Yo soy de ayer

Tengo la impresión de que, a veces, el sol trasnocha demasiado. Lo digo porque, alguna vez, le cuesta desperezarse y deshacerse de la resaca de la jarana y de la movida nocturna. Así se levantó en la mañana de unos días de agosto: quería hacerse el valiente, pero se deslumbraba con el reflejo de la tierra y de todas las cosas; a pesar de este tambaleo solar, como de costumbre, me decidí a dar mi paseo diario, mi paseo acostumbrado. Cuando abrí la puerta de la calle y se asomé, me sobrecogió un viento que llega desde “veramonte”. Me calé la gorra, me sacudí los brazos y emprendí la marcha. La cayada la llevaba en ristre como para demostrarme que aún me valgo, (digo para demostrarme), porque no había un alma por la calle ante quien presumir. Antes de subir la Cotorrita, me paré a curiosear la zona o vallado enfrente del matadero, que lo han embellecido y acondicionado, para que esté más guapo y luzca; ya arriba, me acerqué a contemplar el arbolado que han plantado en el campo de fútbol y sus aledaños; y casi sin querer me vino a la mente el caseto del tío Luchana con su viña, que, luego, fue de Domingo el Roble, con su cartel publicitario inscrito en la pared que mira al saliente: “Amas de casa, si queréis tener vuestras casa blanqueadas, visitar los almacenes de Domingo el Roque”. Me desperté del recuerdo, y seguí rumbo al trazado del camino. Esparramé mi mirada y pensamiento por la planicie, y me interesé por las besanas resecas, que me saludaban a mi paso; todas ellas gozarán del buen descanso, hasta que llegue la sementera; todas se sienten añusgadas por falta de agua, necesitan agua para poder engullir y llenarse de esperanza e ilusión; incluso se me quejaban, porque los hombres se habían olvidado de las rogativas del san Marcos, de san Gregorio y del Lunes de Aguas: se sentían abandonadas y sus gritos de socorro se perdían en la lontananza del espacio. Solo no podía hacer algo, y me insistieron en que mediara, para que los dioses de la naturaleza aliviasen tanta ansiedad y sed, y se lo he insistido con insistencia, pero no sé si me harán caso. Y no sé si después de san Roque me harán caso.

Me fue deslizando, poco a poco, por la cuesta de los pinos hasta el río. Ya no corre, y su agua escondida fluye limpia y cristalina, haciendo sortijillas debajo de la arena, y me despidió silenciosa, muda, con esa sonrisa eterna, que nunca ha de volver. Y me detuvo el sistema artesanal de riego por goteo, que mi amigo Juanma tiene instalado en su huerto, enfrente de la huerta de los Vedijas; no puede ser más económico y menos exigente; consiste en una circuito cerrado con garradas de plástico invertidas, sin base, con un tapón que remata en un embudo minúsculo; las tenía llenos de aguas, que, por su propio peso, van goteando y humedeciendo el humus que mantiene la planta. Y así él puede entretenerse en otras cosas, en otros menesteres, sin necesidad de utilizar el cigüeñal o el motor.

Ya en el camino del molino, me tropecé con los muchachos de la peña. que se dirigían a las Cárcavas a cumplir con el rito de desayunar un cacho de lomo,  con una pinta de vino, en cumplimiento de una costumbre anual.

Y, al llegar al Arroyo, ya cerca de casa, me detuvo el gorjeo de una alondra macho, que se balanceaba en el aire con su aleteo; hacía tanto tiempo que no asistía a un concierto tan limpio y empastado, que me quedé un rato obnubilado; y, al día después, volví a la misma hora y al mismo sitio, y la alondra macho repitió la misma función. Y ya,  en tono menor, un grillo intentaba emular al pájaro, pero su canto me resultó demasiado monótono, y decidí acelerar el paso, pues ya se me hacía demasiado largo el paseo, y se podían inquietar quienes me esperaban.

Una vez en casa, me acicalé y me senté a la ventana del salón. Me asomé y la calle permanecía en silencio y en la misma soledad; de cuando en cuando, pasaba alguien por las cuatros Esquinas, digo alguien, porque, con la distancia, no le llegaba a distinguir. Y el “mí” de hoy preguntaba al “mí” de ayer:

¿Por qué antaño Macotera tenía tanta gente, y hoy se va vaciando tan deprisa? Me quedé pensativo y con añoranza, contesté: Ayer habitaban el pueblo labradores con yuntas, con aperos, con arados, con carros, con mozos de labor, con temporeros, con trilliques…; jornaleros, que ejercían de poceros, de escardadores, de segadores, de excavadores, de roceres, de guardas del campo, de pastores…; laneros, con sus criados, con su hato en el río, paneras, cardadoras e hiladeras… ganaderos de vacuno, ovino y cerda, con sus ceboneros, pastores y arreadores…; herreros, tejedores, carreteros, carpinteros, pintores, guarnicioneros, albarderos, barberos, panaderos, taberneros, sastres, cesteros, silleteros, colchoneros, zapateros, médicos, practicantes, boticarios, veterinarios, albañiles, hortelanos, aguardienteros, agrimensores, molineros, tejeros, serenos, herradores. Muchos de estos oficios han desaparecido, y las personas que los practicaban; y no hemos sido capaces de remplazarlos por otros, más del día, y más rentables. Lo que ha provocado que muchas familias hayan tenido que emigrar, buscarse las “lentejas” en otros trabajos y lugares. Y a este éxodo, se suma el envejecimiento de la población y el casi nulo índice de natalidad.