Viernes, 14 de agosto de 2020

El abrazo de la toalla 

El azul del mar nos tapa la boca en una oleada extraña de gasa. Respiramos a través de la cautela, inhalamos miedo y desprendemos desconfianza. Hay un contagio cierto que nos acecha, nos persigue y nos hace cambiar de acera mientras las manos borran todo contacto. Es el miedo al número que crece, a la certeza de la epidemia, a los datos ofrecidos como una amenaza incierta.

-Dale un beso a tu tía, despídete de los abuelos. Hala, da besos…

A mis sobrinos más pequeños, a los pardales incansables de los encuentros familiares ya no les instan a besar, a abrazar, a acercarse. Y es ahora sin embargo cuando más ganas tienen de beso y alguno, hasta de lametón travieso. Es la paradoja de mis pequeños duendes que se intercambian la comida, chapotean en el mismo charco, se pasan los juguetes babeados y se pegan alegres empujones. Son libres de todo miedo y les dejamos hacer mientras nos comemos, sin darnos cuenta, las sobras de sus platos, el rescaño de pan que dejan, el helado inacabado que se cansaron de chupar. Ya no quiero más. No hay escrúpulo con los niños y en esta casa nuestra nada se tira, nada se desperdicia, y menos el afecto y esa forma bellísima de recibir al niño empapado en el abrazo de la toalla.

Porque mis niños tienen un trocito de agua donde meterse al azul, refrescar el verano como pájaros junto a una manguera de riego. Porque mis niños llaman a su madre y acudimos para envolverles en la toalla, secarles a fuerza de abrazos, estrechando el frío de su largo rato en el agua. Son los brazos que acogen, el agua compartida, la cabeza empapada que nos moja el pecho. Es el recibimiento del calor y del amor. Es la salida del agua y del útero materno.

Nuestros niños no tienen aún edad de mordaza. Por eso muerden, babean, besan, chupan y hacen gárgaras. Aún están en la edad de esa inocencia que nada tiene de repugnante y limpiamos vómitos y heces sin reparar en nada más que en el niño enfermo, el niño repentinamente mimoso que tiene diarrea estival, súbito vómito. Al rato están corriendo, ajenos a toda perturbación, bendecidos por la alegría del verano, la desnudez de una piel perfecta llena de magulladuras, picaduras, pequeñas heridas, tiritas que cuidan hasta que las pierden en la tierra. Acostumbrados a jugar en el campo, nuestros niños son bestezuelas amasadas de sol que no tienen playa, pero sí agua y arena de obra, canto rodado y hormiguero. Niños al fin, deseosos de merienda, pesados en el atardecer, sedientos de agua fría y con ganas de comer patatas fritas, gusanitos, helados y yogures. El verano es la estación de los niños. Niños libres del estío que no saben de cifras ni de miedos, de contagios y de confinamientos. Niños que olvidaron la jaula y ahora, disfrutan de la libertad de los pájaros y los insectos. Y nos miran las caras. Esas caras cubiertas de azul. Esas caras extrañas. Sin embargo ellos están a lo suyo, esperando, empapados, el abrazo de la toalla. Y tengo hambre mamá, y dame la merienda.

        

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.