Viernes, 7 de agosto de 2020

Presuntamente

“No he de callar por más que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo”.

FRANCISCO DE QUEVEDO, Epístola satírica y censoria..., 1630.

El nivel de papanatismo informativo que se está alcanzando en este país respecto a los últimos escándalos de la monarquía es de tal calibre, que al hazmerreír global que el asunto provoca en las cancillerías y los mentideros políticos del mundo, se suma rápidamente la sensación de artificiosidad que va asentándose en el imaginario colectivo de la sociedad española cuando piensa en la robustez de sus instituciones, infectadas todas con respecto a la monarquía de una ceguera servil, voluntaria o impuesta, que los paraliza. Al mismo tiempo que se agotan los adjetivos calificativos que alaban, ensalzan y publicitan el valor de nuestra democracia y de los mecanismos políticos e institucionales que supuestamente la crearon y sustentan, se ejerce informativa y políticamente un mezquino ejercicio de tembloroso silencio, un patético vasallaje y un vergonzoso servilismo sobre la institución de la monarquía, que es un atavismo medieval sin sentido alguno, impuesto por la dictadura y que ha condicionado, colonizado y controlado todo el proceso de transición desde el franquismo.

Tal vez la fuerza propagandística de una prensa española adocenada y sumisa y una clase política con altura decreciente, haya parecido suficiente para mantener durante décadas la ficción de una auténtica democracia en España. A base de obviar, ningunear y esconder el origen y significado de una institución, la monarquía, pretendió legitimarse a la persona de su titular, Juan Carlos de Borbón, directamente nombrado rey por el criminal Francisco Franco. Mediante la creación de una hagiografía por fascículos, se fue inventado un relato semi-épico de la construcción de la convivencia supuestamente apoyada en los poderosos hombros de una monarquía a la que se intentó separar propagandísticamente de su origen. Con la manipulación, tergiversación y arbitrariedad informativa de sucesos como el 23F, intentó asentarse el papel del penúltimo Borbón reinante como supuesto garante y salvador del régimen de libertades.  Para defender ese artificial constructo de utilidad, necesidad y servicio que supuestamente la monarquía prestaba a los españoles, se buscaron “garantías” legales sustantivadas en categorías como “la inviolabilidad”, “el aforamiento”, “el delito de injurias al rey” y otras perlas de la impunidad que añadían el miedo a la espesa papilla del mangoneo político-periodístico respecto a la monarquía española.

Para cualquier mente mínimamente amueblada, no hubiese hecho falta la demostración (diremos presunta para no pagar multa) de los variados comportamientos delictivos de Juan Carlos de Borbón, para darse cuenta de lo altamente sospechosa que era desde hacía tiempo la cerrada defensa política y periodística tanto de su figura como de la institución de la que era titular. Quizá la casi siempre despectiva calificación de “antimonárquico” para cualquier individuo, partido o pensamiento que defendiera la igualdad de las personas, la justicia plena y la universalidad en la aplicación de las normas, debería habernos hecho sospechar que ese rechazo obedecía tácitamente a una inexplicable defensa de lo indefendible.

Hemos escrito “inexplicable” y tal vez la explicación sea muy sencilla: incapacidad, dependencia, subsidiariedad. Si observamos atentamente cómo hoy la última cruzada política e informativa de este país cada día más machadiano en el mal sentido, pretende separar a ojos de la ciudadanía las figuras de Felipe de Borbón y de su padre, Juan Carlos de Borbón, rey aquél por el único motivo de ser hijo de éste, veremos una imagen deformada de la libertad. Ver cómo se renueva y remoza la conjura propagandística para conseguir esa separación, provoca decepción, lástima, vergüenza y una indigerible sensación de artificiosidad y mentira. Transparenta claramente la absoluta dependencia institucional de este país de decisiones tomadas en un pasado que menos silenciamos que nos afecta.  Bofetadas en el rostro de la sensibilidad y en la cara del pensamiento; intentos de intoxicación; la peor propaganda y, sobre todo, vernos inmersos en la última imagen de un gigantesco fracaso.