Viernes, 7 de agosto de 2020

En búsqueda de lo normal

El autor quiere ir a Valladolid desde una ciudad cercana, capital de provincia. Llama a la empresa de autobuses de línea y ningún teléfono contesta. Va a la estación y todas las taquillas están cerradas. Espera a que venga el autobús al andén y le pregunta al conductor si le puede dar un billete para el día siguiente. No, dice, ni siquiera sabe si lo habrá.

  •     - Me han dicho que venga aquí y aquí estoy, no sé más. Vaya a las taquillas.

Le digo que están cerradas, pero no me escucha. Da media vuelta y se va a vaciar la papelera.

(La ciudad tiene estación de trenes, pero no hay servicios, salvo algún mercancías.)

Ya en Valladolid, al día siguiente, me dirijo a un restaurante donde sirven un buen arroz caldoso, con la idea de hacer tiempo para tomar otro autobús hasta la vetusta Salamanca. Pero está cerrado, lo mismo que la vieja taberna frente a la estación de autobuses. Un poco más allá está el puente de ladrillo, que me recuerda el sangriento castigo que sufrieron los ferroviarios vallisoletanos a manos de los fascistas cuando lo del 36. Ahora cae sobre él y sobre los muros de la estación una solana inmisericorde, que hace vibrar el asfalto y desfigura las escasas siluetas humanas que pasan.

Comiendo en el bar de la estación lee uno los refranes escritos bajo la barra. Buena idea asociar el alimento corporal con el espiritual, siempre en pequeñas dosis:

­ ­ – Cuando fuiste martillo no tuviste clemencia –reza uno–, ahora que eres yunque ten penitencia.

¿Era/es esto lo normal? Me refiero a esta falta de comunicaciones o a las dificultades de movimiento. Y a que todo esto, por asociación de ideas, me lleve a recordar esa muerte colectiva. Diría que sí. No hace tanto un amigo me hacía ver el confinamiento como una "pequeña muerte" o una muerte anticipada: ya no se puede ir mucho más allá, no hay ocasión de hacer ciertas cosas o de ir a algunos destinos, ya van desapareciendo en soledad algunas personas y los gráficos muestran unas líneas en diagonal ascendente hacia no se sabe dónde.

Es posible también que esto no sea tan insólito y que la humanidad haya atravesado hace tiempo ciertos límites sin retorno, de modo que estemos viviendo una etapa final de la civilización, tal como se muestra en películas post apocalípticas tipo Mad Max, donde grupos de androides y bichos mutantes se disputan latas de gas oil en medio de un paisaje abrasado. Sin embargo, no hace tanto, podíamos tomar un avión,  si pertenecíamos a grupos de demanda solvente, y dar la vuelta al planeta en menos de 48 horas. Llegábamos así a una tercera residencia de la que saldríamos descansados para volver al punto de partida y repetir la operación un año tras otro.

Pero en el pecado va la penitencia. Esa apertura universal ha dejado libre también los microbios de las epidemias. En febrero, poco después de que China declarase la emergencia sanitaria, salió de Wuhan un avión con más de 200 americanos que trabajaban allí, siendo muy probablemente el foco inicial de la epidemia en EE.UU., aún devastadora. En otros tiempos hubieran tardado varias semanas o meses en trasladarse de un continente a otro y mientras tanto la epidemia hubiera ejecutado su sentencia, condenando a algunos y permitiendo que otros sobrevivieran. Por medio podían quedar esos barcos fantasma llenos de cadáveres que tanto juego han dado a algunos escritores románticos.

En el futuro, la llamada nueva normalidad, si es que cabe y los dioses lo permiten, tendrá el aspecto del mundo anterior al turismo y al consumo de masas, donde uno pueda viajar, como mucho, a la capital de al lado en líneas de autobuses o trenes regulares. Y donde los conductores respondan y todos podamos respondernos mutuamente.

Amén.