Viernes, 7 de agosto de 2020

Realzar la mirada

Leía el otro día (no sé dónde, la verdad, de tantas cosas como leemos a diario) que ahora, como hay que llevar mascarilla para todo, se da más importancia que nunca a realzar la mirada. Y tiene su lógica, porque ya bastante información nos perdemos al estar tapada esa gran parte de lo que expresan nuestra boca, nuestros labios, nuestros “frunces”, (claro que, la mascarilla también tiene su ventaja, pues oculta nuestro código de barras) (sí, ese que se va cociendo a fuego lento alrededor de nuestros labios, con el paso del tiempo, producto de las veces que nos hemos enfurruñado, hemos puesto morritos para hacernos un selfie, etc., etc.) (también tiene otro beneficio la mascarilla: nos disimula bastante la papada) (a quien la tenga, ¡claro!).

Pero bueno, a lo que iba. El caso es que decía (eso que leía yo, no recuerdo dónde) que ahora se cuida más que nunca el maquillaje de los ojos. Así que, ni corta ni perezosa, fui a enterarme de cuál es el arsenal con el que he de proveerme para potenciar mi mirada.

Y, la verdad… Volví con un fuerte dolor de cabeza. Se me ocurrió pedir una máscara de pestañas (¡como si no fuera suficiente con la mascarilla diaria y eterna para la cara!). La cuestión es que me empezaron a coser a preguntas: ¿waterproof? (¡si yo no quiero que el rimmel bucee por el fondo de la piscina!), ¿water resistant? (¡si tampoco quiero que aguante mucho tiempo, es sólo en lo que dura la pandemia!), ¿longlasting? (¡a ver si me van a crecer tanto las pestañas que voy a tener que hacerme trencitas!), ¿curly? (¡no me imagino con unas pestañas largas y rizadas como los tirabuzones de Shirley Temple!) (¿y si se me enredan, y tengo que darme una loción desenredadora? Eeeeeh? ¿Y si aún no se han inventado? ¡Que luego pasa lo que pasa!). ¡Empecé a saturarme un poco de tanto pensar cuál sería la mejor opción! (O mejor dicho: ¡la menos mala!) (¡Qué agobio!).

Decidí cambiar de tercio como en los toros (no, no le puse ninguna banderilla a la encantadora dependienta, si no que pregunté por cremas limpiadoras para quitarme todo ese betún). Así, me enteré de que ahora se llama agua micelar, y que pasa como con los productos de limpieza para la casa: hay una para la cara, en general, y otras que van por partes: una para los labios (¡esa no me importa tanto porque como ahora no se ven!), otra para el contorno de ojos… (Y yo, que soy tan previsora, rápidamente pensé: ¿y qué agua micelar me recomendarían para coger las rotondas? Porque, a este paso, ¡hay que sacarse un máster para pintarse (¡y despintarse!) los ojos! ¡¡Qué líooooo!!

Sin pensármelo dos veces, opté por saber algo más de las sombras de ojos, pero me dio miedo, porque me imaginaba las opciones: tendido de sol, tendido de sombra, eclipse parcial, eclipse total… ¡Horror! ¡Y yo sin repasarme las fases de la luna!…

Estuve a punto de interesarme por el eyeliner, pero, la verdad, se me quitaron las ganas (seguro que me preguntan si es para pintarme líneas continuas, discontinuas, o pasos de cebra! ¡Aaaarrgggggg!)

Al final, decidí relajarme, porque me iban a salir un montón de arrugas, en las comisuras de los labios, a causa de la frustración, (esas me importan menos porque con la mascarilla, insisto, no se ven), pero tanto fijarme en todos esos productos y sus nombres tan raros, me empezaba a notar que se me marcaban mucho las patas de gallo, y me vino a la cabeza que lo mejor es lo que ha dicho mi madre toda la vida: ¡La que es guapa, es guapa, hasta con la cara lavada! Y pensé (¡y recién “planchá”!). Así que empecé a preguntarme: ¿plancha normal?, ¿plancha vertical?, ¿plancha de vapor?, ¿plancha con calderín?… ¡¡Qué desacarreo!!