Domingo, 9 de agosto de 2020

Cecilia y Faustino

Quizá no fuesen los mejores tiempos para ser niño y para soñar, en una España marcada por las diferencias de clase y con la pobreza muy enraizada en nuestros pueblos, pero lo cierto es que Cecilia Sánchez nació en los años 30 del siglo XX en un pequeño pueblo de la Tierra de Alcántara, conocido popularmente como “La Mata”, donde ya vivía un niño aún pequeño llamado Faustino Salgado, que al igual que Cecilia había empezado a amasar sus primeros recuerdos de la vida.

Eran tiempos duros para una zona fronteriza apegada a un atraso secular, fruto del olvido de las autoridades estatales, de las malas comunicaciones, y de la escasa relación comercial con Portugal. Lejos quedaban los tiempos de oro de una Orden de Alcántara que daba prestigio y empuje a la comarca, quedando aún varias décadas para que la construcción del embalse de Alcántara llenase dicha villa de trabajadores, en una ilusión pasajera para la zona que se fue con la marcha de aquellos tras su inauguración.

Y es que, la década de 1930 puso a prueba de nuevo el coraje de las familias rurales para sacar adelante a sus hijos. No pocos desvelos les supuso a Marcial y a Bernardina, a Pedro y a Patrocinio, sacar adelante a esa prole de vivarachos renacuajos que, de niños, tenían ganas de jugar, pero en unos pueblos en los que acuciaba el hambre, y en unos años con una guerra y una posguerra de por medio, el tiempo lo acabaron destinando más a ayudar a sus padres en el trabajo diario que en los juegos que podrían haberle brindado unos tiempos de paz y abundancia.

De esta manera, los muchachos matiegos fueron creciendo, haciéndose adolescentes, compartiendo el trabajo en las mismas tierras que sus padres, en un campo aún sin mecanizar, donde la labor duraba de sol a sol, pero dejaba algún momento en los quehaceres de la siega para que se cruzasen miradas furtivas entre mozos y mozas del pueblo. Y es que la adolescencia iba mostrando su naturaleza, y con ella, tocaba a la puerta el amor, que en algunos casos sería correspondido, y en otros quedaría como un deseo insatisfecho.

Así, un joven Faustino posó su mirada en una rubia del pueblo, más joven que él, llamada Cecilia, y comenzó a buscar ser correspondido por ella en su anhelo amoroso. Pero no era aquella una muchacha que sucumbiese fácilmente en estas cuestiones, y a Faustino aún le tocaría sudar mucho para poder lograrlo. Eran, además, unos tiempos en que las mujeres no podían ceder fácilmente a los sentimientos, debiendo estar muy seguras antes de tomar una decisión en asuntos amorosos, pues un paso en falso podría conllevar el desprestigio social.

Por ello, el joven Faustino tuvo que demostrarle más que claramente durante varios años a Cecilia que sólo tenía ojos para ella, que su amor era sincero, y que era con aquella rubia matiega con quien quería compartir el camino de la vida, hasta el punto de que, para poder ir a verla, llegó a ir caminando de Cáceres a Mata de Alcántara (60 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta) en un permiso de fin de semana del servicio militar.

Ante estas y otras muestras de que la cosa iba más que en serio, y tras haber demostrado y saberse en el pueblo que Faustino era buen chaval, un tanto inocente, y que no buscaba nunca el mal de nadie, finalmente Cecilia accedió al noviazgo con él, en una relación que acabó durando hasta que la vida decidió acabar con la vida de uno de ellos, tras más de sesenta años de matrimonio.

Y es que, al noviazgo le siguió la boda, y tras ella, los primeros hijos, Tirso, Valeriano y Bernardino, a los que se fueron sumando aún en tierras matiegas Victoriano, Adela y Miguel, aumentando a seis la prole de la familia antes de que tuviesen que marcharse del pueblo, tras ingresar Faustino en la Guardia Civil, una de las salidas laborales que marcaba el hambre que se vivía en el campo cacereño por aquel entonces.

De esta manera, el matrimonio de Faustino y Cecilia puso rumbo hacia el norte, donde nacerían dos hijos más, Emilia y Julián Pedro, tras pasar por Arechavaleta de Guipúzcoa, Llodio, Espejo y, finalmente, Vitoria, en unas décadas en las que ser guardia civil en las provincias vascas era profesión de alto riesgo, y había que agradecer sobrevivir cada día, y saber reponerse a la muerte de algún que otro compañero cercano.

Por otro lado, aunque Cecilia y Faustino tuvieron que dejar su Extremadura natal, no faltaba cada año el retorno al pueblo, con unos viajes de demasiadas horas en los antiguos trenes (cuya comodidad dejaba mucho que desear respecto a los actuales), y en los que Cecilia (a la que le llegó a tocar hacer algún viaje sola con los niños por cuestiones laborales de Faustino) tuvo que hacer virguerías para poder manejar a ocho hijos con ganas de hacer el trasto, primero en el tren y después en ‘el directo’ (el autobús).

Y es que el regreso a La Mata era irrenunciable, pues Faustino y Cecilia nunca olvidaron la tierra que les vio nacer, haciendo buena aquella frase de otro cacereño emigrado, Juan Ramón Fuentes, cuando cantaba aquello de “mi Extremadura, siempre metida en el alma, igual de bella, igual de pura”.

Entretanto, los niños fueron creciendo, jugando con pantalones cortos en los soportales de la iglesia de Arechavaleta, liándose a flechazos en una guerra de vaqueros contra indios con otros muchachos que vivían en aquel pueblo (como aquel al que apodaban ‘Napoleón’), o esperando tras la puerta cuando había visitas para aprovechar a coger unas pastas rápidamente mientras ‘Fausti’ y ‘Ceci’ despedían a quienes se habían acercado a verles.

Así, los años fueron pasando y los hijos del matrimonio, ya asentado en Vitoria, tras vivir la amarga experiencia del 3 de marzo de 1976 (que terminó con cinco obreros muertos, entre ellos Romualdo Barroso, de la localidad de Brozas, cercana a Mata de Alcántara), poco a poco fueron encontrando pareja tras los bailes en el ‘Elefante Blanco’ y otras discotecas de la época en la capital alavesa.

De esta manera, Cecilia y Faustino acabaron haciéndose abuelos, una vez que los hijos se fueron casando, ampliando la familia tanto con sus niños como con sus parejas, que pasaron a reunirse frecuentemente en la casa de los abuelos en el barrio de Abechuco, donde hermanos, mujeres y maridos compartían conversaciones sosegadas y alegres en el salón, mientras los primos, en plena niñez, iban correteando de un lado a otro de la casa jugando entre ellos, o con Cuqui, la perrina que tenía Cecilia.

Pero el tiempo no se para, y esos niños, al igual que en su día sus padres y abuelos, mutaron en jóvenes, casándose y teniendo hijos algunos de ellos, convirtiendo a Cecilia y Faustino ya en bisabuelos. Para entonces, el ya anciano matrimonio se había mudado al barrio de El Pilar, más cerca de la mayoría de sus hijos, que le propiciaban visitas diarias, siendo visitados también con cierta frecuencia por sus numerosos nietos, que eran recibidos en la puerta con dos besos por parte de Faustino y Cecilia, que les invitaban a pasar al salón, donde la otrora rubia y ahora ya de pelo plateado, no tardaba en ofrecer unas pastas a quien les visitaba.

Mas, como en su día se fueron de este mundo Marcial, Pedro, Patrocinio y Bernardina, hace unos días el corazón de la buena de Cecilia decidió que habían pasado demasiados años sin ver a sus padres y a sus suegros, y herida también por la dolorosa ausencia de sus hijos Tirso y Julián Pedro, su alma quiso poner rumbo hacia ellos, en un vuelo hacia los cielos en el que susurraba a su amado Faustino “sigue dando amor a nuestros hijos, nietos y bisnietos, y no tengas prisa en reunirte conmigo, que te esperaré eternamente”.