Viernes, 4 de diciembre de 2020

Ennio, el comunista que hizo soñar a Joan Báez

En Almería hay una calle dedicada a Sergio Leone. Bien por los almerienses al reconocer al propagador de sueños y dinero que fue el director de varios spaguetti western pero también de “Érase una vez en América”.

Lo que hizo Leone con Almería y el cine fue resucitar la carrera de Clint Eastwood, proponer que el músico Ennio Morricone se adueñase de las películas, y dejar en la memoria del aire el convencimiento de que una banda sonora tiene tanta importancia como el propio guión.

En los años 60  los spaguetti western proliferaron en Almería de la mano de José Gutiérrez Maeso -que en realidad fue su inventor- tanto como los sueños de hacerse una fortunita con el turismo. Se rodaron muchas películas, se popularizó una manera de hacer cine que aquí se desconocía pensando que eso era solamente patrimonio de John Ford, y se generó un olvido: si la gente recuerda a Sergio Leone y a Clint Eastwood no es solamente porque el primero tenga una calle y el otro una resurrección, sino por la música de Ennio Morricone que se nos ha muerto de viejo y de una caída.

Ennio Morricone compuso la música de más 500 películas, entre ellas y dejando aparte las almerienses, “Novecento”, “Érase una vez en América”, “Cinema Paradiso”, “La Misión” (siento que estoy traicionando su memoria al cercenar su inmensidad, al reducirlo a unas cuantas. Así que me paro).

Formó parte de una legión de músicos que además de hacer bandas sonoras para el cine, dio a la luz varias composiciones sinfónicas y orquestales. Con los pioneros de un nuevo cine que nació con el sonido, en los años 30 predominó un estilo de música cinematográfica que recordaba a Tchaikovski, Puccini y Warner. Era ampulosa y sinfónica, con líneas melódicas expresivas.

En los años  40 y 50 los músicos que se dedicaban a hacer bandas sonoras para el cine seguían el mandato de William K. Zinsser: la música de una película debe oírse pero no hacerse notar. Esto no impidió que varios como Max Steiner, considerado el fundador de la partitura sinfónica, (“Lo que el viento se llevó”, “Casablanca”), Korgold (“Las aventuras de Robin Hood”), Alfred Newman (“El prisionero de Zenda”), Alex North (“Un tranvía llamado deseo”), Miklos Rozsa (“Recuerda”), se convirtiesen en estrellas.

En los años 60, todo cambió. Ya había avisado Dimitri Tiomkin con “Solo ante el peligro”. Los productores se dieron cuenta de que una sola canción podía ayudar a la venta de la película. Maurice Jarre lo confirmó con el “Tema de Lara” de “Doctor Zhivago”.

Aparecieron Bernard Herrmann (“Psicosis”), Henri Mancini (“Desayuno con Diamantes”, que incorporó el jazz y nos dejó la inolvidable “Moon River” en la voz de Audrey Hepburn. Quizás la gran aportación de Henri Mancini es que modernizó los estudios de grabación musical. Elmer Bernstein que estuvo a punto de encasillarse con “Los siete magníficos”, pero que se redimió volviendo a sí mismo en “Matar un ruiseñor”. John  Barry que salió fortalecido de las películas de James Bond para dar su medida en  “El león en invierno”. Jerry Goldsmith que supo sacar gran partido a la orquesta con sonidos aterradores en “El planeta de los simios”. John Williams que se vio catapultado a la fama con su música para “La guerra de las galaxias”. Y entre ellos y otros varios, Ennio Morricone.

Ennio Morricone demostró una gran habilidad para las orquestaciones fuera de lo habitual: arpa judía, órgano, guitarras eléctricas, coros masculinos y un silbato. En muchas ocasiones Morricone creaba más efectos sonoros que música, como cuando utilizaba rápidos golpes de tambor para indicar disparos. Fue tan criticado por su trasgresión musical como por su ideología.

A Ennio Morricone le robaron un Oscar “por defecto de forma”, sin atreverse a confesar que se resistían a reconocer a un hombre tan cercano al comunismo. Luego, cuando ya le creyeron acabado, le dieron un Oscar honorífico en 2006. Y la sorpresa mayor de los judíos que manejan el cotarro es que lo ganó limpio de polvo y paja ¡diez años después! A estos premios hay que sumar tres Globos de Oro, ocho BAFTA, dos Grammy, y no dejo de añadir porque se me cansa la mano.

Detrás de una carrera de éxitos, hay un largo esfuerzo de estudio y formación. El romano Ennio compuso su primera obra a los 6 años, pero luego a los 9 ya estaba matriculado en una academia y a los 12 en el conservatorio para estudiar cuatro años de armonía: para sorpresa de todos la acabó en seis meses. Y en 1946 ya estaba trabajando profesionalmente.

Ennio Morricone ha tenido una vida larga y frutal. ¿Pero donde fue más feliz? Sin duda al lado de Bertolucci. Y sobre todo componiendo la balada de Sacco y Vanzetti (“Here’s to you”) para la voz de soprano de Joan Báez que hizo de ella un himno libertario.

A Sacco y Vanzetti, dos inmigrantes italianos y anarquistas, los asesinó el juez  Webster Thayer primero, y luego todo el sistema judicial estadounidense al negarse a reconocer su inocencia pese al clamor mundial que estalló en los cinco continentes. En 1977, el gobernador de Massachusetts, Michael Dukakis realizó una declaración pública reconociendo su inocencia y pidiendo que cualquier culpabilidad fuese borrada de sus nombres. Demasiado tarde, llevaban muertos desde 1927. Pero Ennio Morricone no se olvidó de ellos. Ni Joan Báez, tampoco.

Un historia muy parecida a la del español Salvador Puig Antich, el último ejecutado por garrote vil. Sucedió en 1974, Salvador tenía 25 años, de nuevo el clamor mundial se alzó contra la dictadura franquista (hasta el Papa de Roma) pero otra vez murió un inocente. Francesc Escribano inmortalizó su historia en un libro que hace cuatro años convirtió en película Manuel Huerga.

Cuando mataron a Salvador Puig Antich, yo estaba fuera de España. Vi y toqué la furia del mundo. Ennio Morricone ya empezaba a componer la balada de Sacco y Vanzetti.