Viernes, 4 de diciembre de 2020

Lola tiene un libro 

Lola tiene un libro y un buzón sin llave. Desde Purchena a Almería hay un trecho que la mide. Y ella no lo sabe.

(Primer paréntesis: Lola S. Rozas, si no publicas el libro que Dios te perdone, pero como Dios no existe no tienes perdón de Dios).

Lola tiene un libro, tanto si se llama Lola como si se llama Dolores. El libro tendrá cuerpo de hombre, como aquel río tan serrano y telar, si ella quiere. Si ella quisiera enhebrar las mañanas en que con migraña y sin trenza, deja correr las liebres tan literarias que salpican de sensibilidades acústicas nuestros albores celtíberos. Y luego nos deja una candelita encendida, y se lleva con ella el lazo por el que vuelve para seguir enredando solariega de sus estíos, tan suyos como de nadie.

(Segundo paréntesis: el libro de Lola que yo estoy leyendo ya, no tiene nada que ver con Dolores la de Tomás Bretón el zarzuelero, ni menos aún con esa mequetrefe de Los Suaves. Lola ha escrito un libro, está escribiendo un libro, para llevar la contraria a la Generación del 98, tan taciturnos todos que veían  llorar al mar en cada barco que partía.)

Hay escritores que no pasan de nasciturus y quieren escribir libros gigantes para que se hable de ellos más que de los suicidas. Se equivocan también los que para escribir un libro piensan que han de volver al niño que fueron. Hay  quienes piensan que escribir un libro es una obligación. ¿Quién tiene el mercurio para medir vanidades? Porque no paran de multiplicarse, meternos sus paroxismos en cuanto bajas la guardia. Su libro, sus libros.

(Tercer paréntesis: que mira, Lola, que son los libros los que se escriben y no al revés. Que es la vida la que nos vive y no al contrario. Que en cada grácil camada de palabras con sentido y sentimiento que nos dejas al saludar cuando te hablas a ti misma con el café, hay un libro. Lola: que te dejes).

El libro de Lola tiene como primer ingrediente la frescura de lo espontáneo. Como la poesía popular anda el camino sin preguntar a donde van sus sandalias, en qué posada dormirá, dónde está su sitio en la mesa de la literatura. Y qué más da. Brotarán capítulos cortos o largos, según quien se arrogue el derecho a medir. Nacerán cerros de palabras, como cada mañana en que tocan a despertar. Se harán físicos sus pensamientos y tendrá muchas caras su semblante.

(Cuarto paréntesis: Lola, te quería decir que un libro es un libro si al despertar hace añicos las modorras. Y nos  enciende. Y nos curiosea. Si en vez de intentar ganar el Nobel nos vuelve felices. O sea, lo que tú haces).

Si hay que buscar una expresión precipitada al libro de Lola, ahí va: luminosidad contra  estoicismo. Cáustica y festiva como Quevedo, Lola es la otra cara de Laforet, aunque las dos hacen de lo cotidiano su granero. En la muchacha que a los 22 años ganó el Nadal hay una maroma lineal para reflejar el tedio de una familia, una ciudad, y un país. En el libro de Lola hay una diversidad de chispazos festivos, como si la vida fuese una sucesión de detonaciones que hacen reventar desde el amanecer multitud de dormideras verdeciendo lo que queda del día.

Y así se van sucediendo pluralidades sagaces que nos descubren que el costumbrismo también tiene vocación de pájaros miradores de vientos vecinos. Preparaos, que no vais a jadear sino a sonreír. Y tal vez a pensar. Y podéis ser víctimas de incitaciones. No hay que cortarse porque lo que Lola propone cada mañana no es otra cosa que una conversación.

A ver quién es el guapo que pasa de largo e ignora a Lola, que ella no se repite y no va a escribir dos veces lo mismo. Porque su soporte está en escribir con el tiempo y no a contratiempo. Todo es reconocible y a la vez genuino. Porque mirar algo de lo que pasa con los ojos de Lola es verlo de otro perfil que quizás no sospechabas.

Sostiene Lola que hoy lo revolucionario es no saber hacer nada, mientras pregunta si está nevando en Netflix. Y es que hay un momento en que su ciudad mide el calor por las personas desintegradas en las aceras. Lola sueña hacia atrás, muy pocos saben hacerlo: los veranos tendrían que tener como recuerdo el olor a casa de pueblo por escenario. A muebles artesanos, sillas en las puertas, paredes encaladas, silencio, siestas, tormentas, viento, cantos de cigarras, pájaros al amanecer, mar, azules, blancos y naranjas. Madrugadas, música, risas, vino, amor y libros- dice ella mientras lee a Ana Pérez Cañamares. Y luego te da una lección a Ovidio de tres pares: lo extraordinario, en realidad, es enamorarse, no de quien te enamoras.

Lola escribe todo esto sobre  el amor, los estíos donde nació, a qué sabe la revolución mientras le gusta el olor a apocalipsis por la mañana. Ella tiene fe en el futuro que nos espera -o eso creo yo- pero ahora mismo recela y argumenta: Yo hasta que no escuche, "ha llegado a su ciudad el camión del tapicero", no pienso volver a la normalidad.

Hay una halagadora claridad en esta normalidad de Lola, nadie expresó mejor el color de las mieses que se suponen están ahí fuera, la hierba cubierta del tiempo que nos perdimos, alguna isla, gente  detrás de las colinas, el mundo que dejamos  antes de meternos en casa. En el libro de Lola está todo eso y más.

(Quinto paréntesis: Lola, no acudo más a Dios como al principio, que no se puede tomar el nombre de Dios en vano y no quiero que me amoneste el obispo de Almería. Pero recuerda lo del perdón. Que eso, que si no, no tienes perdón).