Viernes, 4 de diciembre de 2020

La puta del rey

Se fue a morir a Niza, donde el mar empieza. Desde allí se abraza a la carretera que  penetra la cintura de las rocas, va camino de la irremediable seducción vecina, donde Gigliola Cinquetti ha cumplido ya 72 años. Todo  tiene el fuego sagrado de los veranos de Fraçoise Sagan, Henri Fraçois-Rey y otros  que supieron muy pronto traducir el placer. En el sur de aquella dulzura, el agua no sabe orar, se pasa la vida cantando.

Cuando Jacques se murió iba a cumplir un siglo. Atrás dejaba poca cosa, si alguien lo recuerda seguramente es por otro que lo trasladó a la pantalla, cuando había cines. Su paisano Axel Corti hizo el milagro. Sin su intervención, la memoria de papel quizás ni existiría. Corti, y sobre todo Valeria Golino, la mujer más hermosa de entonces, encendieron un tiempo de ladrones abismados en la contemplación de su propio sexo. Él y Truman Capote. Él y Scott Fitzgerald. Él y Jeanne de Luynes, condesa de  Verue.

Jeanne, que ama a su marido, contempla con estupor cómo este se la ofrece al rey, apasionadamente enamorado de ella. Quizás decir enamorado sea una hipérbole, traducir sentimientos es una tarea inestable, posiblemente se trate solamente de una brutal atracción sexual. Porque antes de ella hubo otras, muchas otras al decir de la gente. Ella no  ama al rey y el rey hace años que dejó de amar.

Pero  acepta el trato, se convierte en una amante de conveniencia, quizás el intercambio  hayan sido 65 millones de euros de los de ahora. Entre el rey y ella se alza una relación de lujuria y odio. Pero eso es al principio de la historia.

Poco a poco la razón del trato económico abre paso a la pasión de la carne. La de él tiene ya la costumbre de ese lenguaje, la de ella va aprendiendo que estar en la cama de un rey no resulta tan fácil como creía: se va enamorando, o eso parece. De nuevo entramos en el terreno de los sentimientos.

Lo único claro es que cuando aquella historia acabe ella volverá a donde solía, pero más agradecida por el botín, aunque quien sabe si herida por un amor muerto. No todo en la vida de los reyes y sus mujeres es entendible, hay una urdimbre que ni la memoria puede descifrar después.

Mientras dura la historia de amor-lujo-adulterio-contrato, hay una enfebrecida intensidad. Cuando se acaba, nadie puede salir indemne. Porque hay todo un país que ha atisbado de soslayo la historia, y de repente se queda mirando. La gente rebobina y ata cabos, se enfurece como una comunidad estafada pagando un vasallaje  (auxilium et consilium) que no estaba en la promesa de libertad a la hora de coronar al rey.

Valeria Golino, la mujer que aceptó ser Jeanne, no tiene patria, aunque nació en un Nápoles donde el caos es su universo. Tiene la extraña belleza de cinco idiomas y varias razas. Y una relación tan dinámica consigo misma que  se sintió a gusto cuando Axel Corti le pidió ser la puta del rey. Estamos claramente ante Jeanne-Valeria o el nombre que queramos ponerle. Porque es una mujer imposible de olvidar pese a ella, incluso cuando el rey haya perdido el paso, incluso cuando de ella ya no quede el poder mineral de su sexo.

La historia del mundo es muy larga o muy corta, según se mire. Pero parece que hay historias de la Historia condenadas a repetirse.

Si miramos hacia la espalda del tiempo nos encontramos con la duquesa de Valliére, la marquesa de Montespan, con Claudia de Vin des Eillets, con María Angélica de Scorailles, con mademoiselle de Nantes, con mademoiselle de Blois, con Elena Sanz, con Adelina Borghi, con Beatrice Noon, con Juana Afonsa Milan, con Carmen Ruiz Moragues, con Zsa Zsa Gabor, con Anges Sorel, con Diane de Poitiers, con Gabirelle D’Estrees,  con Madame Pompadour, con  Madame du Barrry, con Madame de Maintenon, con Aspasia, con  Lola Montez, con Katharina Schratt. Por decir sólo una pequeña parte de las arcangélicas amantes reales. Si a alguien se le ocurre algún nombre que añadir, a tiempo está.

En realidad, las amantes y los amantes de reyes y reinas han sido aceptados por el pueblo como algo natural a lo que hay que acostumbrarse sin asombro ni inquietud, aunque es consciente de que el coste económico que supone tener contentos a ellos y ellas corre a cuenta de sus bolsillos labradores o metalúrgicos.

La hoguera de la reacción estalla cuando divisa entre el follaje una serpiente con demasiadas manzanas en la boca, camino de otros paraísos. Y es entonces cuando se abre paso la voz popular, cada vez más grande, que pide cuentas al rey.