El pensamiento no toma asiento...

Parece que el pensamiento no toma asiento, porque el pensamiento siempre está de paso, y aunque muchos hayan pasado por la universidad esta no ha pasado por ellos. La cultura académica queda cada día más lejos, no ya de esa entelequia a la que se denomina hombre de la calle sino de los mismos universitarios. Lejos de unas generaciones sin memoria, que son campo abonado para la siembra del resentimiento.

Madame Pompadur era de una estatura superior a la corriente, esbelta, grácil, con una actitud que parecía matizarse entre “el último grado de la elegancia y el primero de la nobleza”. Rostro ovalado, regular y algo blando, dientes hermosos y bien colocados, sonrisa natural, cabellos rubios con tendencia al castaño claro, pestañas largas, piel muy suave, blanca y rosada, con un brillo de nácar y sobretodo uso ojos fascinantes, de un encanto tan particular que no podía determinarse su color. No tenían el brillo vivaracho de los ojos negros ni la tierna languidez de los ojos azules, ni la delicadeza propia de los grises, su color indeterminado parecía adaptarlos a todos los géneros de seducción y permitirles expresar sucesivamente todas las impresiones de un alma muy movible. En resumen la vida y la seducción en carne y hueso. Vestía a la perfección y los pintores disfrutaban al reproducir los tornasoles de sus ropas y el brillo de sus joyas. Tenía el arte de combinar los colores y de conseguir armonías; los primeros a base de tonos medios, las segundas mediante contrastes atrevidos. Había en estas costumbres un algo de improvisto y fantástico, un reto divertido a la vida que convertiría las apariciones de Madame Pompadur en una sorpresa continua y en dicha para los ojos.

Los que pasamos por la universidad y la interiorizamos recordamos descripciones de la vida pasada cotidiana como esta referente a una gran dama. A día de hoy vemos por todos lados que agoniza el pasado, el presente y el futuro. Ojalá llegue pronto el día en que la historia con su verdadero rumbo retome el timón. El hombre necesita robustecer su confianza en su destino. Desde la tónica del infantilismo, la apatía moral, el victimismo de algunos constituidos en minorías, la soez imperante vamos al precipicio.

Hay que forjar de nuevo un futuro desde la verdad y la responsabilidad que contribuya a devolvernos nuestra verdadera identidad, no de unos y otros, de ricos y pobres sino de personas, que no es lo mismo que seres humanos con la moral distraída de los que abundan por todas las esquinas. Cuando empezamos a cuidarnos y a cuidar a quiénes nos rodean se crea una fuente de vitalidad y esperanza.