Lunes, 6 de julio de 2020

Brotes de estupidez

Pienso que esos mayores fallecidos en total soledad durante lo peor de la pandemia les habrán contado a Dios cómo es el Infierno

Lo mejor que he leído esta semana sobre los mayores lo ha dicho en El País una persona sencilla, hija de uno de ellos: “Les hemos fallado; les hemos dejado ir como si esto fuera una selección natural”. ¿Quiénes les han dejado ir?, preguntamos. Que cada cual responda de su culpa, pero no creo sean los más jóvenes de la sociedad.

Estos últimos tienen mucha responsabilidad ahora, en los rebrotes. Confiemos en su cordura. Pero por lo ocurrido en las dos primeras semanas de la “nueva normalidad”, no nos dan mucha seguridad. Quizá haya durado demasiado tiempo el confinamiento para un adolescente. Y esto puede parecer nuevo, pero la adolescencia no tiene edad. Existen adolescentes con cuarenta años. A veces la adolescencia es como un acordeón que se abre mientras suene.

Ahora -lo podría firmar cualquier psicólogo-, después del confinamiento, al adolescente el cuerpo le pide desfogarse, descargar ansiedades y hemos visto que los más intolerantes no se reprimen y dicen algo así como “¡a la mierda!” y, ya hemos visto, se han echado a las hogueras y a los macrobotellones.

Que tenga su lógica no quiere decir que justifiquemos su comportamiento, pero sí podemos realizar un parangón con una agitada cerveza cuando se abre.

Dicen que el aburrimiento causa tantas enfermedades como virus y bacterias, por lo que el joven, para divertirse, necesita al grupo, y este en masa es tan osado que realiza cosas que individualmente sería incapaz de realizar. Y como no existe un grupo sin líder, si el líder se quita la mascarilla o reparte abrazos, quién es capaz de retirarle el saludo.

Tiempo atrás todos vimos las imágenes de un hijo de famosa, hoy pinchadiscos de éxito, dar cabezazos al cierre de un establecimiento para conseguir la aprobación del grupo. Existen imágenes y hoy estará arrepentido, pero quién sabe si con aquella edad no hubiera intentado parar un autobús con la mismísima testa.

Es el ser humano y su estupidez. Y la estupidez humana no se da cuenta que sin salud es imposible emprender nada. Uno de nuestros autores vivos -no digo su nombre, pues los vivos aún pueden rectificar- realizaba un pequeño estudio sobre la estupidez y decía que “la estupidez es complicarse la vida inútilmente, tropezar setenta veces siete en la misma piedra, no valorar la inexplicable flor del amor, despreciar al olmo viejo que hendido por el rayo y en su mitad podrido ha sentido el gozo de una hoja verde y suya, no resolver problemas por desidia, valorar más lo ajeno que lo propio, no disfrutar con el presente, dejarse llevar por la vanidad, pensar que la fuerza es la razón definitiva, adorar falsos ídolos como la nación -sobre todo para sacar rédito- y preferir ser admirado que querido”.

Mañana, 1 de julio, vienen los turistas y si con nosotros ya nos sobramos, a nuestros futuros huéspedes los hemos visto, sin mascarilla y pegaditos, celebrando el triunfo del Nápoles en la Copa de Italia o vitoreando el Campeonato de Liga en Liverpool, sin olvidar, por supuesto, al tenis y a Djokovic, un ídolo de masas de fiesta en fiesta y sin protegerse. Pero por el bien de la economía vamos a pensar que los reprobables son una inmensa minoría.