Viernes, 7 de agosto de 2020

¿Qué fue de Baby Jane?

Cuando Robert Aldrich decidió llevar al cine en 1962 una novela que dos años antes había publicado Henry Farrell, no sabía en qué jardín se iba a meter. Y no porque esa historia familiar de presunto amor y de energúmeno terror no tuviese carne para una cinta, que hasta los insectos se amedrantaban ante una mujer tan trapacera como la hermana mala hecha de llamaradas en el lenguaje y en los gestos.

Es que eligió muy bien a las dos actrices que no debían fingir su odio. Joan Crawford y Bette Davis se odiaban de verdad como nadie en el espacio que duran dos vidas se han odiado jamás. Y eso fue muy bueno para el resultado final, pero el rodaje estuvo varias veces a punto de naufragar a pesar de que Aldrich, un símbolo del cine de posguerra norteamericano, sabía poner calma a los vértigos y lo contrario también. Digamos de paso que dirigió a nuestra Sarita Montiel en “Veracruz” nada menos que con Gary Cooper y Burt Lancaster, porque la mancheguita sí triunfó en Hollywood y si no se quedó allí muy bien casada fue porque no quiso y eligió volver a España. Y hasta le quitó el novio a Joan Fontaine, la hermana menor de Olivia de Havilland (“Lo que el viento se llevó”), otras dos que se odiaban a muerte. Tanto que Joan solía decir de Olivia: yo me casé primero que ella, gané un Oscar antes que ella, y si me muero antes que ella hasta en eso la habré ganado. Joan se murió a los 95 años, y Olivia cumplió los 103. Hay que ver lo que alimenta el rencor.

Los momentos en que todos los corazones del rodaje se ponían a 120 eran cuando Joan Cawford y Bette Davis se tenían que pegar. Las dos mujeres aprovechaban esa ocasión de odio escrito en el guión no para fingir una pelea sino para darse hostias tan duras que parecían dos yeguas compitiendo bajo la tormenta. Algunos creyeron ver allí a Esperanza Aguirre y Dolores de Cospedal.

A lo largo de la historia casi  siempre ha habido dos mujeres que enfrentadas a muros o jazmines, aman u odian como nadie.

Ha habido mujeres de nuestra historia reciente que me han rozado en la vida. Y que he pasado pavor y también colinas de admiración personal. Ahora que todo acabó, puedo decir el peligro del caos que sobrevoló sobre este país cuando el todopoderoso Fraga pensó en hacer de Isabel Tocino la Margaret Thatcher española, sin parase a pensar que la Margaret Thatcher española era él. El partido de Fraga, que es tanto como decir la derecha española, siempre se ha regido por el dedazo. Supongo que los vicios de cuarenta años son casi imposibles de limpiar.

Por eso, en el último momento que es cuando Sergio Ramos acostumbra a joder al rival, el dedo no fue para Tocino. Pero el padrino no la desheredó: exigió para ella un ministerio. Como el partido andaba ya a sus asuntos del reparto de la túnica y así, la rubia señora del Opus se quedaba sin cartera. Entonces fue cuando, temiendo represalias del jefe supremo, crearon para ella el ministerio de Medio Ambiente.

Isabel Tocino fue tal calamidad a la hora de administrar un ministerio que tuvieron que sustituirla, una vez satisfecho el señor feudal, por un delincuente como Jaume Matas. Isabel lloró, que lo vi yo con estos ojitos que se han de comer los gusanos de algún coronavirus. Pero es que, mientras estuvo, no había manera de que dejase de hablar de las centrales nucleares que no eran de su competencia sino de su colega de Industria, nunca jamás se aprendió que sus técnicos trabajaban en un Plan Hidrológico Nacional, y una y otra vez repetía en las ruedas de prensa eso del Plan Hidráulico sin saber muy bien de qué iba la cosa, y al cambio climático le llamaba siempre cambio climatológico.

Ante la ignorancia -usaba los consejos de dirección donde se planifica semana a semana la política ministerial, para rezar, mientras su colega  Cañete decía que el trasvase se aprobaba por cojones- tiró por lo esperpéntico. Y no sé si salió de ella pero el caso es que, a falta de enjundia en su labor, le cogió mucho gusto a eso de disfrazarse. De pastorcita y otras ocurrencias. Si algún recuerdo queda de ella no es la tarea de política profesional sino ese vicio de disfrazarse. Cuando su partido la dejó tirada, corrió Botín a recoger sus pedacitos y llevársela a su banco.

Pero quien mejor encarna el dilema de Jane Crawford y Bette Davis son las socialistas Cristina Narbona y Elena Espinosa. Y no porque se odiasen, que a eso no llegaban. Pero había entre ellas el mismo abismo que entre el Quijote de Cervantes y el Quijote de Avellaneda, adelantando que Avellaneda le daba sopas con onda a Espinosa. A Espinosa la hicieron ministra porque nació en un pueblo con puerto de mar.

Cristina Narbona no sólo ha sido la mejor ministra de Medio Ambiente que ha habido en España: ha sido la única.

Desde su puesto de mando, le hizo un favor al PP porque el proyecto de trasvase que este había diseñado era técnicamente inviable. Pero como buena ministra de izquierdas, le plantó cara a la mafia empresarial de la costa, decidida a recuperar ese espacio público para todos.

Y ahí se vio que Zapatero fue un cagón. Cuando sumó dos ministerios en uno (el de Medio Ambiente y el de Agricultura), se encontró con dos ministras. Y eligió a Espinosa. Yo le decía a Cristina que Zapatero lo tuvo fácil: entre una ministra lista y una tonta, eligió a la tonta. Pero que en realidad lo que hizo Zapatero fue claudicar ante los empresarios y buscar una excusa para frenar a su gobierno en la valiente actitud de Cristina Narbona. De nuevo el Poder mandó sobre el gobierno y exigió la cabeza de Narbona.

Y cuando yo le decía a Cristina eso, ella siempre respondía: no digas eso y cuéntame cosas de tu nieto. Pero los dos sabíamos de qué hablábamos. Lo que vino después lo confirmó.

Ahora ya conocemos qué fue de Jane y qué fue de Blanche.