Lunes, 6 de julio de 2020

Democracia en tiempos de coronavirus

La actual situación epidémica provocada por la Covid-19 ha llevado a muchos gobiernos a una situación límite. Algunos se han atribuido poderes absolutos, mientras el virus acentuaba la desigualdad y el malestar social de los más desfavorecidos y ponía a prueba a las democracias de todo el mundo.

Marcos Díaz Prado

Defensor de los Derechos Humanos

La actual situación de pandemia ha puesto patas arriba al mundo entero. Los gobiernos de cada lugar deciden, bajo su propio criterio, las mejores formas de enfrentar la enfermedad. Así, mientras algunos han decidido ignorar en un principio la pandemia, otros han optado por imponer cuarentenas, restringir la movilidad, cerrar fronteras y aeropuertos y clausurar temporalmente la totalidad de los negocios no indispensables. Sin duda, debemos aceptar estas decisiones, que en otros momentos hubieran sido considerados una afrenta a los derechos fundamentales, como un mal necesario. Sin embargo, esta situación excepcional no impide que muchos gobernantes, ya proclives al autoritarismo, hayan visto en la Covid-19 la oportunidad perfecta para reducir libertades y afianzarse bajo una máscara de urgencia.

El miedo y la necesidad de una respuesta oportuna y contundente ha permitido a algunos gobiernos aplicar el viejo paradigma maquiavélico de que “el fin justifica los medios”. La necesidad de combatir a un enemigo invisible ha obligado a poner la salud pública por encima de los derechos y libertades individuales. En China, por ejemplo, el gobierno de Xi Jinping no vio inconveniente alguno a la hora de utilizar sistemas de geolocalización avanzados para rastrear a sus ciudadanos. La estrategia, a pesar de la controversia, demostró ser efectiva y otros países asiáticos decidieron seguir el ejemplo chino. Un caso todavía más comprometido es el de Filipinas, país en el que su presidente, Rodrigo Duterte, ordenó a su policía a “disparar a matar” a quien desobedeciese la cuarentena. Según Human Rights Watch, en este país, además, hay casos probados en los que se encierran a adultos y a niños en jaulas y ataúdes si no cumplen con el estricto confinamiento.

Pero en Occidente la pandemia también ha empujado a muchos gobiernos a tomar decisiones próximas al autoritarismo. En EE.UU., el presidente Trump se atribuyó poderes incompatibles son el sistema federal norteamericano, dando pie a una crisis política de tipo constitucional. En Europa, Boris Johnson, que durante las primeras semanas de la pandemia no tomaba en serio al virus, terminó por tramitar una ley de urgencia que le otorgaba la plena potestad de cerrar locales comerciales y administrar los suministros sanitarios durante la crisis. Otros de sus vecinos, como Italia o Alemania, han disuelto el principio de separación de poderes bajo el mandato único del gobierno, mientras sus ciudadanos esperan que estas medidas sean provisionales.

Aunque el caso más grave en Occidente probablemente sea el de Hungría. Su primer ministro, el ultraderechista Viktor Orbán, aprobó una ley que le otorga poderes absolutos y por tiempo indefinido. Orbán se ha atribuido este poder mara modificar leyes y censurar decenas de medios de comunicación que “pueden obstaculizar la defensa frente a la epidemia”.

En Egipto también parece haberse producido un uso de los poderes absolutos con motivaciones políticas. Muchos ciudadanos cuestionan el toque de queda impuesto por el presidente El-SiSi, poniendo al ejército en las calles de El Cairo, para contener, de paso, a las movilizaciones de la oposición. En Israel, el primer ministro Benjamin Netanyahu clausuró los tribunales del país hasta nueva orden, posponiendo de paso el juicio en contra de su corrupción.

Son ya muchos los expertos en instituciones internacionales que creen que, de alargarse la crisis durante un año, la mayoría de los sistemas democráticos podrían declinar hacia regímenes autoritarios. Muchos temen que medidas excepcionales, como el rastreo y la vigilancia tecnológica, se convertirán tras la pandemia en una costumbre aceptada entre la sociedad. Lo cual tendrá evidentes efectos sobre el derecho a la privacidad y a la libre elección del voto, por citar algunos ejemplos.

Desde luego, existen evidencias históricas que prueban que el autoritarismo se retroalimenta en situaciones de crisis como la presente. Además del abuso del poder por parte de los mandatarios, los sistemas democráticos enfrentan también la amenaza de estallidos sociales en medio del confinamiento y especialmente debidos a las consecuencias económicas de la pandemia. La democracia, como sistema político compartido por cientos de naciones, ha sido puesta a prueba a nivel global y todavía va a tener que enfrentar mayores peligros. Queda ahora por ver cuántos creemos en las decisiones democráticas en tiempos de coronavirus.