Miércoles, 2 de diciembre de 2020

Plaza de Anaya

La primera vez que la vi, yo era un niño que venía del oculista y pisaba por tercera vez la ciudad. En ninguna de las tres ocasiones me enteré cómo respiraba. El idilio nació años después cuando abandoné la sierra de las Quilamas para poner las sandalias en la ciudad rubia que se pareció muy pronto a la vida.

Esa tercera vez la tarde languidecía y renacían las sombras  camino de la quietud de los helechos, y yo llevaba conmigo en el viaje de vuelta una pena de amor y una tristeza. Si el enfermero que me acompañaba me oyó gemir es algo que no puedo recordar. Probablemente él iba pensando en la sobrina del cura, otro cura quiero decir, con la que tuvo pronto un hijo. Me cargaron con el mochuelo, decía más tarde el cura enfermero por los bares de los Portales de San Antonio de la salmantina escuela que tanto le gustaban. Se refería a las consecuencias de un amor clandestino con la muchacha en cuyas sienes había noche hermosa y oscura. Mientras, el otro cura, o sea el tío cura, para pasar la vergüenza se hizo capellán de los toreros.

Yo los vi. Mientras el cura enfermero y yo enfilábamos la callejuela que nos llevaba a la estación de autobuses y de regreso al cautiverio, la pareja de novios bajaba las escaleras de Anaya, donde probablemente  estudiaban, ella sin duda Filosofía y Letras y él cualquiera sabe. Novios, somos novios, nos amamos, nos besamos como novios  y con eso ya ganamos lo más grande de este mundo. Tanta alegría había en ellos bajando las escaleras como desolación en el niño que yo era subiendo otra vez al madero  no para quitarle los clavos a Jesús el nazareno ni al cristo de los gitanos, sino para seguir levantándome a las siete de la mañana,  correr a pillar sitio donde lavarse la cara y luego intentar ser el primero en griego, latín, matemáticas, química, y una suma de agonías de aquel bachillerato tan largo.

A los 17 años no pesa el trajín de la vida. Y así sucedió que volaron los años corriendo desde la calle de la Compañía que inmortalizó como nadie Basilio Martín Patino en un traveling legendario de " Nueve cartas a Berta", doblar la esquina de la Casa de las Conchas, eludir a doña Lola y su hija en Edelweis, y aterrizar en la Plaza de Anaya. Cuando todo terminó, cuando los más grandes habían terminado sus carreras y viajado a sus destinos, (La Coruña, Zamora, Alba de Tormes, Puerto de Santa María), cuando a mí me tocó también la hora de marchar,  me llegó la pena y la tristeza que el sambo Manuel llevaba en su amargura.

Las veces que volví luego a la plaza, toda la ciudad me pareció solitaria  y no dejé de preguntarme qué fue de aquel amor, y del otro, y del otro. Hace tiempo que me rendí y dejé de temblar de ansiedad. Debió ser la dopamina que con los años, deja de hacer efecto como cuando te acostumbras al paracetamol.

Qué cosas tiene la vida. Siempre nueva y siempre inventando artimañas. Yo  no sabía entonces que queda una segunda oportunidad para la gente que ama las plazas, que todo sucede sin frenesí pero con una cadencia imparable.

En la Plaza de Anaya, arriba, donde el ojo de buey que vigilaba sin querer  a aquellos novios que se besaban como novios, tiene su despacho la más admirable poeta de habla hispana y la mejor profesora de la universidad de Salamanca. María Ángeles Pérez López, al  mirar por el ojo de buey, no ve novios que se besan como novios, ve un universo literario que viene y va por el mar. Ella a veces acompaña al agua, pero siempre se siente la profundidad de su huella en la plaza sobre miles de huellas antiguas que dejaron allí los rastros de tantos amores, probablemente más que vidas la respiraron.

Propongo un pacto con quien pueda hacer un milagro: volver a los 17, después de vivir un siglo, volver así de repente, pisar de nuevo la Plaza de Anaya, y ser por siempre estudiante de Salamanca y alumno de María Ángeles Pérez López. Ver nacer, por ejemplo, la fiebre y compasión de los metales, amar a todos sus libros mientras están fraguándose, no dejar jamás su palabra en clase, no irse jamás del muchacho que tiene novia y baja las escaleras con ella besándose como se besan los novios.

Si alguien puede hacer algo que al viejo lo vuelve niño y al malo sólo el cariño, que levante la mano. Yo pagaré lo que haga falta, que a eso de entregar la vida no me gana nadie.

Estos meses de encerrona, entre la asfixia y los trombos en los pulmones tan parecidos a los de Margarita Gautier, la dama de las camelias que vivía de los hombres, he vuelto a clase.

No a la de María Ángeles Pérez López, sino a la cita diaria con Manuel López Azorín y su rosario de cuentas, poeta a poeta. Qué bien enseña este hombre de Moratalla, cómo desgrana y renombra a cada uno y a cada cosa, cómo se muestra maestro desposado con la poesía, cómo va desprendiendo con la naturalidad de las estaciones cada hoja del árbol de nuestra historia poética.

Cada día un poeta o una poeta. Y siempre Manuel con el semblante tranquilo de los que saben, y sobre todo de los que al hablar, enseñan. Estos días Manuel López Azorín nos ido dejando lecciones, pero sobre todo la ventana abierta de que la enseñanza on line es posible si el que enseña es como él.

No hay secretos en la vida literaria de Manuel López Azorín. Sucede que nació poeta y además vivió siempre entre poetas. Cuando un poeta se le moría (y se le han muerto muchos) su corazón se ponía a buscar el oxígeno de otros poetas. Otros que no desplazaron nunca a los que fueron sino que sumaron más poesía a su microcosmos poético. Que nadie se extrañe de que Manuel López Azorín se haya pasado el encarcelamiento hablando mucho de poetas. Todos salimos ganando con su pasión poética. Nosotros tenemos las ganas, él tiene la llave.

Llegó el verano, se apagó la Plaza de Anaya, la amada voz de Manuel dejó de ser laúd, y es probable que en algún lugar de cualquier tiempo, el regazo de una muchacha llame sin que nadie la oiga. La nada nunca responde.