Lunes, 13 de julio de 2020

¡Qué mala suerte!

Hay quien sentencia que para tener buena suerte hay que estar en el lugar adecuado en el momento oportuno. Puede que la realidad no sea tan simple y existan otros condicionantes que vengan a trastocar las buenas perspectivas de la suerte, pasando, sin comerlo ni beberlo, de ser un afortunado a que te persiga la desdicha.

Los que pertenecemos a esa generación de españoles nacidos al finalizar nuestra guerra civil, estamos en condiciones de evaluar los distintos avatares por los que ha pasado nuestra nación durante una larga etapa de nuestra historia. Desde las penurias de la posguerra -en medio de un largo período de ausencia de democracia, pero con evidentes mejoras- pasando por el corto espacio de la Transición, hemos llegado a conocer otro largo espacio de tiempo, fruto de una Constitución que estableció para España, por una gran mayoría, la condición de monarquía parlamentaria.

Decir que desde entonces todo ha sido un camino de rosas, sería faltar a la verdad. Al principio, todas las naciones, y particularmente las de nuestro entorno europeo, quisieron comprobar que nuestros deseos de integrarnos en el club de los pueblos amantes de la democracia y la solidaridad eran reales. Aún recordaban nuestras trifulcas de los años treinta, pero, una vez convencidos, nos abrieron las puertas en todas las organizaciones europeas e internacionales que solicitamos. Con nuestro esfuerzo -y con la extraordinaria ayuda económica de la entonces Comunidad Económica Europea, ahora Unión Europea- pasamos de ser una nación atrasada en muchos aspectos a convertirnos en la quinta potencia industrial de Europa. Cuanto más sólidos fueron nuestros sucesivos gobiernos, más patente se hizo nuestro desarrollo. Dadas las especiales características de nuestro tejido productivo, los dos grandes pilares de nuestra recuperación han sido, por este orden, la exportación y el turismo. Nuestras empresas especializadas en grandes infraestructuras, automoción o productos agropecuarios, junto al tesón puesto en el cuidado de todas nuestras playas y lo competitivo de nuestras instalaciones hoteleras, hicieron el resto.

Para ello fue necesario que nuestros gobiernos, en cada momento, supieran estar a la altura que se requería de ellos. Cuando se apartaron de las normas establecidas por los organismos internacionales y, sobre todo, cuando Bruselas nos daba un toque de atención, nuestros políticos del momento, sabido lo mucho que dependíamos –dependencia que aún persiste- de la ayuda exterior, supieron rectificar a tiempo y avanzar al ritmo de los más aplicados.

En aquellos momentos, no todo se debe imputar a la suerte, que no es algo que cae del más allá de forma súbita. Nada de eso. Es algo que se busca día a día. Los gobiernos de turno pusieron de su parte los complementos necesarios para conjugar la ayuda externa con nuestras necesidades. Es decir, supieron estar en su lugar y en el momento que se los requería.

Hoy, hemos tenido la desgracia de contar con un gobierno empeñado en circular como un kamicaze. Ajeno a cuanto se dispone en Bruselas, y a los usos que se estilan en naciones de nuestras características, el tahúr del Manzanares se dispone a cambiar de tapete y de baraja, convencido de que va a desplumar a sus adversarios. De momento, ha comenzado la partida sin fondos, esperando que, si la racha le castiga –que le castigará- sus compañeros de mesa estarán dispuestos a prestarle tanto como para que ellos mismos lleguen a pasar estrecheces. Por culpa de su “tesis de todo a 100” aún no se ha enterado de qué va este juego. Ni se ha enterado ni se deja aconsejar por quienes tienen más experiencia que él. Tiene puestas las anteojeras de emperador de las Españas y no ve más allá.

Definitivamente, con este gobierno, hemos tenido la mala. Todo cuanto programa y decide está en contra de la lógica y parte siempre de una gran mentira. Como se niega a asumir la verdad –muy consciente de lo que hace-, cualquier intento de convencerle de lo contrario choca con su obstinación de mantener ese rumbo equivocado. Cuenta para su plan con la nada despreciable ayuda de un aparato de propaganda apoyado en la mayoría de los medios de comunicación. Ni el mismo Goebbels llegó a tal perfección. A última hora, para acallar el clamor de la calle, han sacado la calculadora para aumentar la cifra en 1.177 fallecidos; y para cubrirse las espaldas ante posibles evidencias, reconocen que pueden haber 13.000 más, de los que aún no están seguros ¿Dónde se admitiría que un gobierno falsificara descaradamente el número de fallecidos en una pandemia, para tratar de evitar el sonrojo de propios y extraños, y no fuera criticada su actitud por TODOS los medios de comunicación? Sí, ya lo sé, en los pocos gobiernos que mantienen su misma línea ¡Qué mala suerte!

Está muy bien que se auxilie a ciudadanos que carecen de lo imprescindible para subsistir, y más ahora que ha crecido su número de forma exponencial. Sabemos que son muy buenas la solidaridad y la sensibilidad, y muy malo el egoísmo. Pero también sabemos que es mucho más práctico fomentar la creación de empleo que facilitar subsidios permanentes, algo que no todos los países pueden sostener de manera universal y, a la vez, facilita la renuncia a la búsqueda de empleo. Si se socorre al desempleado, favorézcase también fiscalmente la creación de empleo y así cobrarán por trabajar. No hay economía que soporte tan elevado porcentaje de dependientes de las arcas del Estado como la nuestra. Por cierto; con la última limosna concedida al turismo, después de haberle machacado con el confinamiento, no esperará nuestro gobierno solucionar la debacle. Todo esto se conoce en Bruselas y no debe extrañarnos que pongan reparos a los repartos que alegremente se hacen desde aquí. Llegará el día que, si no se cambia la fórmula, se cierre el grifo ¡Qué mala suerte!

Otra consecuencia inequívoca de la fatalidad de este gobierno de corte filocomunista ha sido el hundimiento de la inversión extranjera. En el primer año de su acceso a la Moncloa, cuando apenas había aterrizado en las cuentas, esa inversión ya cayó a la mitad. Antes de llegar la crisis del Covid-19, España ya figuraba en la lista de los países no recomendados para los inversores. En un intento de salvar los muebles cara al futuro, nuestros empresarios han organizado una cumbre para buscar una salida a nuestra economía. ¿Qué los ha movido a esta medida? Sencillamente, han respondido a las amenazas de subida de impuestos y derogar la reforma laboral. Para afianzar sus propósitos, algunos ministros ya se permitieron hablar de nacionalizaciones. Nadie sabe cómo se cuadrarán las cuentas ante Bruselas. Si, como parece, tampoco se decide a apoyar la candidatura de Nadia Calviño a la presidencia del Eurogrupo, se confirma la teoría de un gobierno desnortado e insensato. No nos debe extrañar porque un socialista que no está dispuesto a admitir las críticas más que justificadas de su compañero Felipe González confirma la teoría de que Pedro Sánchez no es socialista. ¡Qué mala suerte!