Viernes, 7 de agosto de 2020

Patriotismo trasnochado y excluyente

Profesor de Derecho Penal de la Usal

Los excesos verbales de los líderes políticos de la ultraderecha española (Vox) y sus adjuntos (PP), coreado por aduladores mediáticos tan vacíos como carentes de sentido y significado, son la seña de identidad de la actual política española. Algo que me recuerda los versos del poema “Retrato”, de Machado: “desdeño las romanzas de los tenores huecos/ y el coro de los grillos que cantan a la luna”, porque, aunque estos bocazas que escupen mala leche, infamias e indignidades y respiran odio (a los que acompañan algunos desde los púlpitos vaticinando que es el “demonio” quién se ha apoderado de nuestros actuales gobernantes), por mucho ruido que metan, siempre serán los predicadores de aquella “España muerta, hueca y carcomida” que tan amargamente denunció Ortega y que tanto padecieron los intelectuales más brillantes de nuestra historia reciente: Unamuno, Lorca, Machado, Miguel Hernández, León Felipe, Picasso, Luis Cernuda o Severo Ochoa (que recibió el premio Nobel en el exilio), entre otros.

Estos excesos verbales están provocando una violencia, no sólo política, sino también social, sin precedentes en nuestra reciente historia democrática, tan sólo comparable a la emprendida por la oposición del PP en el primer gobierno de Zapatero (2004-2008). No obstante, las acusaciones de M. Rajoy a Zapatero de “traicionar a los muertos de ETA” y de “aliarse, negociar  y pactar con los terroristas, separatistas e independentistas”  e incluso “con los autores intelectuales del 11-M”, que tanto vociferaban Zaplana, Acebes o Aznar, se han quedado pequeños en relación a los sistemáticos exabruptos irracionales de Abascal, Casado, Ayuso o Cayetana.

Y esta inquina permanente (que no tiene otro objetivo que derribar al gobierno a cualquier precio) la traslada el PP también a la Unión Europea, donde se está aliando con los conservadores más radicales de países como Holanda, Austria, Suecia o Dinamarca (aunque los de este último país se muestran más flexibles ante posibles acuerdos que beneficien a todos), que desean imponer fuertes condiciones a los países del sur (España e Italia, entre otros) por la entrega del fondo de recuperación creado para hacer frente a la crisis social generada por el Covid 19. ¡Qué patriotas!

Esas duras condiciones siempre perjudicarán, en mayor medida, a las políticas destinadas a la solidaridad y serán un duro golpe para las clases sociales más humildes y desfavorecidas; con lo que se incrementarían las bolsas de pobreza, sobre todo la infantil y las desigualdades entre ricos y pobres. Pero esto no preocupa a la actual derecha española, cuyo norte parece estar exclusivamente con los poderosos. Este es el patriotismo que predican y que manifiestan sistemáticamente portando la bandera que nos identifica a todos los españoles. Es juego sucio y deslealtad, no sólo con el gobierno que legítimamente nos representa, sino con los ciudadanos españoles y sus derechos inalienables (individuales y sociales), que deben ser siempre el objetivo fundamental de las políticas públicas. Hay que recordarles que aquélla España, la excluyente, caducó formalmente hace casi medio siglo y los ideólogos de esta derecha, no la que participó activamente en la transición, fueron los que se opusieron frontalmente al cambio a un Estado Social y Democrático de Derecho que plasmó nuestra Carta Magna (recordemos los artículos de Aznar contra la Carta Magna, diciendo que, su aprobación, fue el mayor atentado parlamentario, léanse sus artículos de esos años) . Por tanto, no nos equivoquemos, esta derecha, la de Casado y Abascal no es la que dice defender España, sino la que únicamente defiende sus propios y gregarios intereses.

El sentido común dice que este patriotismo trasnochado y excluyente debe ser puesto en su sitio por la ciudadanía en los procesos electorales; de lo contrario, la violencia social se incrementará hasta límites que ya creíamos olvidados, porque lo que defienden, en lo político, es la mano dura, la restricción de las libertades, la xenofobia y la persecución penal de los disidentes, y en lo social y económico, ser débiles con los poderosos y fuertes con los débiles, con quienes predican la “caridad caciquil”  típica de una sociedad que mantiene privilegios ancestrales con la aristocracia, la nobleza, el ejercito y los jerarcas eclesiásticos y no la solidaridad entre seres humanos libres e iguales en derechos y en deberes. Espero que entonces, cuando los ciudadanos los pongan en su sitio y su “falso patriotismo” acabe en ruinas (el suyo, no el verdadero, es decir, el que trabaja sin cesar por el bienestar de todos los ciudadanos de la Patria), como metáfora a su declive político, puedan recitar aquél majestuoso soneto de Quevedo, cuyo primer cuarteto dice lo siguiente: “Miré los muros de la patria mía,/si un tiempo fuertes ya desmoronados/ de la carrera de la edad cansados/ por quién caduca ya su valentía”.

Otro ejemplo de infame desfachatez que hemos vivido estos días es el video que se ha publicado en varios medios de comunicación y en el que se ve a un individuo disparando con una escopeta, en una galería de tiro, contra fotos del presidente y miembros del gobierno, mientras a su lado, en una especie de mesa de tribunal, otros sujetos gritan “sentencia”. Resulta aún más cruel y de una grosería intolerable, que el “susodicho verdugo” lleva como pulsera una banderita española que, insisto, nos representa a todos. ¡Ya está bien de utilizar la bandera para dar a entender que ellos son los españoles de bien y los que gobiernan son la encarnación del “demonio” y, por tanto, la anti España!.  Estos hechos podrían incardinarse en graves delitos de amenazas y de incitación al odio, hostilidad o violencia hacia miembros del gobierno de la nación y parlamentarios, elegidos conforme a la soberanía nacional del pueblo español, del que –recordemos, conforme al artículo 1 de la CE- emanan los poderes del Estado. De momento, no he escuchado a ningún líder de la derecha cavernaria condenar estas intolerables bravuconadas.