Lunes, 13 de julio de 2020

Necesidad de diálogo

     Estoy preocupado por el futuro. Desde luego por el mío, con el virus rondando, veraneando, por ahí, pero también por el de mi familia y amigos, y por las consecuencias económicas, sociales y espirituales en mi sociedad salmantina y así, progresivamente, hasta llegar a la Humanidad entera, especialmente en África y América Latina, donde ahora hace de la suyas, que es contagiar a la gente valiéndose de la gente misma como vehículo involuntario. No soy adivino de futuro pero tengo claro que lo que este sea, digo el futuro, será lo que nosotros hagamos de él. Pero, claro, ni yo ni D. Fernando Simón ni sus colegas del mundo mundial podemos nada solos para superar la pandemia, aparte de ser responsables en nuestros comportamientos e inteligentes para mantener la paciencia y no cejar en las medidas de protección.

     Por hablar de España, parece que la enfermedad está, si no controlada, embridada. Los que no están controlados todavía son los efectos colaterales: el paro, los problemas económicos –Caritas Salamanca ha duplicado sus ayudas de urgencia durante las semanas que llevamos de pandemia-, la angustia que eso genera en tantas personas y familias, las enfermedades mentales que se están agravando, si no apareciendo de nuevas… En estos días se está celebrando una reunión de empresarios muy importante para hablar, precisamente, del futuro de nuestra economía, los parlamentarios se reúnen, quizá menos de lo conveniente, en las sedes de los poderes legislativos, pero me da pena de la bronca que se está montando, las acusaciones mutuas de mentir – tal vez mientan todos y, en ese caso todos tendrían razón-, los desplantes, los ceses aparatosos y mediáticos, las tertulias enconadas, la propaganda –mercadotecnia política, si lo prefieren-…Todo eso y mucho más no creo que conduzca a nada positivo.

     La verdad es que no sé cuál es la solución. Por eso me he puesto a ahondar en mis raíces espirituales buscando un poco de tempero y, dándole vueltas, me he vuelto a encontrar con un documento de hace 56 años, un texto en el que bulle el carácter del Papa Pablo VI, San Pablo VI desde hace poco tiempo, su primera Encíclica Ecclesiam Suam, sobre el diálogo.

     Dice, entre otras cosas, que no envió Dios a su Hijo al mundo para juzgar –condenar- al mundo, sino para que el mundo se salve…(cf. Evangelio de Juan 3, 17). Esta primera referencia a Dios, origen de todo diálogo porque Él nos amó primero (1 Carta de Jn 4,10), puede ser importante incluso para los no creyentes que participen en el diálogo político, pues indica que ningún humano está en posesión de toda la verdad, que todos tenemos parte de la verdad, porque todos somos imagen de Dios, y que la verdad plena solo se alcanzará, o al menos  se rozará, mediante el diálogo. Cada católico, incluso cada obispo, puede y debe tener su ideología política, pero la Iglesia española de los últimos años del franquismo y los de la Transición dejó muy claro que ningún partido político desarrolla plenamente los principios del Evangelio y que rasgos evangélicos se pueden encontrar en todos los partidos, con la única condición de que sean democráticos, es decir, que tengan el diálogo como bandera y costumbre.

     Otra de las características del diálogo es que nació de la bondad divina, de la caridad, o sea, del amor puro, despojado totalmente de egoísmo, pues “tanto amó Dios al mundo que le dio su Hijo unigénito” (cf. Jn 3, 16), que no es lo mismo que su Hijo Único, porque todos somos, o podemos ser, hijos de Dios. Esta característica tiene una consecuencia práctica evidente: no se puede dialogar si no se ama a la otra parte, aunque sea, o precisamente porque es mi adversario. Porque si no se le ama, ni siquiera un poquito, será imposible comprenderle y si no se le comprende, si no hay una relación personal, incluso de amistad, a pesar de las diferencias ideológicas, es casi imposible hablar.

     Otra característica del diálogo es que debe ser sin límites y sin cálculos, porque no depende de los méritos, de la sabiduría, o de la superinteligencia o tontuna de aquel con quien se dialoga, porque otra máxima muy práctica del Evangelio es que “no necesitan de médico los que están sanos” (cf. Lucas 5, 31). A poco inteligente que se sea, de aquí se deriva que incluso los más “sanos”, los partidos con un “Comité de expertos, asesores y sabios” superpotente, también deben dialogar con los más normalitos, pues ni siquiera ellos tienen el monopolio de la verdad. Ejemplos de partidos dirigidos por líderes iluminados de lo alto o por “oficinas políticas” (politburós, vaya) muy potentes, sabemos todos que han estado profunda y extensamente errados y, lo que es peor, herrados, pues han hecho morir a hierro y a plomo y a hambre a millares y millones de personas. También la Iglesia ha estado errada y herrada. En estos tiempos de pandemia vírica es necesario recordar que no todos los virus son malos y, en la entraña de la Iglesia habita un “virus” que nace y renace permanentemente, aunque se le quiera engañar, comprar, corromper, manipular, doblegar, desinfectar, neutralizar, erradicar: el virus de la conversión evangélica y de la “vuelta a los orígenes”. “Ecclesia semper reformanda est”.

     Por último, según San Pablo VI, no se puede obligar a nadie a dialogar; el diálogo se puede acoger o rechazar, esa es la responsabilidad de los que dialogan. El diálogo da más fruto cuando todos participan libre y voluntariamente en él, cuando no se rechaza a nadie, cuando los que han sido rechazados se arman de paciencia y vuelven una y otra vez, con pedagogías distintas o protagonistas diferentes, a intentarlo, sin dejar para mañana lo que se puede intentar hoy, alegrándose de los pequeños éxitos, a cuenta y anticipo del diálogo pleno.

     El bien común no es patrimonio exclusivo de nadie, ni es solo cosa de los políticos. Pero alguna relación tiene con el poder (social, económico, financiero –no es necesariamente lo mismo-, mediático, cultural, político, militar). Lo que sí me parece claro es que la responsabilidad de los poderosos es más grande y a ellos se les debe exigir más que a los débiles. Y, como también dice el Evangelio, “el que tenga oídos para oír, que oiga” (Mateo 13, 9).