Lunes, 13 de julio de 2020

Diga que es panameño

La semana pasada, con la que está cayendo, se cubrieron de gloria dos espontáneos. Uno de ellos -televisión en directo-, al querer hacerse un selfi con Messi en el Mallorca-Barça y tratar de pasar a la posteridad como uno de tantos infelices. El otro lo fue en las redes.
Miguel Bosé, artista. Foto de archivo de EP

El primero, si pensamos que actuó solo, no dio positivo en covid y nadie le pagó para que dejara en evidencia a las reforzadas medidas de seguridad, quizá lo suyo no tenga mayor recorrido que una multa.

El segundo, espontáneo en las redes, fue de los de verdad, un hijo del torero L. Miguel Dominguín, por el que lleva su nombre. Miguel Bosé, digámoslo todo, tiene un linaje artístico que nadie lo pone en duda.

Famoso de nacimiento (siento la muerte de Lucía, su madre), aún le recuerdo en uno de los reportajes de la revista “Fotogramas” -principios de los setenta- en los que, dada su bien calculada barbilampiña ambigüedad, rentabilizaba su atractivo como el individuo inteligente que era.

Hoy, después de una larga carrera musical en la que siempre ha estado en la meseta de la fama, realiza unas decepcionantes declaraciones sobre el coronavirus y las vacunas que solo encajan en el mundo de la ciencia-ficción.

Culpa al magnate Bill Gates (¿Vil Gates?, señor Bosé) de estar detrás de una misteriosa vacuna con la que insertar “microchips” a toda la Humanidad y mediante la salida al mercado de su 5G conseguir que los humanos seamos un rebaño de corderos.

Pienso que todas las opiniones son respetables, sobre todo si aguantan un par de cuestiones: Por ejemplo, nos gustaría preguntar al señor Bosé si el efecto de la vacuna se replica genéticamente en las próximas generaciones o necesitan vacunarse de nuevo, y una segunda cuestión sería conocer si el señor Bill Gates ha resuelto su problema de inmortalidad para disfrutar “como Dios” en el futuro o solo lo hace para jorobar.

Y ya directamente le pregunto, señor Bosé: Creo que Bill Gates, el rey de los ordenadores, detenta junto a su esposa Melissa una Fundación que dona ingentes sumas de dinero para la salud. En la pandemia de la neumonía atípica, año 2003, realizó una aportación extra de 200 millones de dólares. Dicen de usted, señor Bosé, que, como panameño-español, es también muy rico y no dudo que empleará grandes sumas a la ciencia. ¿Me equivoco?

Pero eso no importa. Es algo voluntario. Más importante, dada su condición de famoso, es no dar miedo a nadie en unos momentos en los que la Humanidad tiene puestas sus esperanzas en una vacuna.

Si se aburre -mi deseo es que nos vuelva usted a ganar con un nuevo disco- puede hablar de bioterrorismo o de las armas biológicas (el ántrax, p. ej.) o químicas. Asuntos todos ellos que en manos distintas a las del señor Gates pueden ser un desastre para la Humanidad, pero a la vez puede darle a usted mucho juego para que se exprese en el plano teórico.

Con lo dicho no crea que soy un ingenuo y piense que Bill Gates, partiendo de su bonhomía, no invierta en crédito social, por supuesto que lo hace antes o después de impuestos, pero este es el mundo que nos hemos dado y yo debo creerme filosofías como la del señor Gates, quien señala que “desea devolver a la sociedad una parte de la ayuda que ha recibido y le ha enriquecido”. Con este pragmatismo, países como EE.UU. y Gran Bretaña marchan a la cabeza del desarrollo científico.

Es verdad que no se debe dar por caridad lo que se tiene que dar por justicia, pero con los excedentes cada cual puede hacer lo que le venga en gana. Y si lo quieren dar a Sanidad, mucho mejor.