Lunes, 13 de julio de 2020

Duodécima carta

Maldito Coronavirus: Hace unos días, tras una vida laboral de cuarenta y ocho años y medio, sin una baja de enfermedad, sin pedir un permiso, sin una reclamación por falta de puntualidad, sin haber faltado más días a mi trabajo que los autorizados por vacaciones, días de descanso y por fallecimiento de familiares directos, salí del confinamiento para ir a mi centro de trabajo a solicitar mi pensión de jubilación, y tuve que hacerlo con mascarilla, sin poderme acercar a nadie, sin que nadie pudiera acercarse a mí, como si en lugar de algo bueno hubiera hecho algo malo, y esto, quiero que lo sepas, no te lo voy a perdonar nunca.

Tampoco te perdonaré el encontrarme con calles vacías, con parques sin niños, con patios de colegios en silencio, sin apenas autobuses, con las tiendas cerradas, con pocos bares abiertos y todos sin gente, con bancos y aparcamientos libres, con personas enmascaradas y con tristeza, mucha tristeza, porque además de robarles la vida a miles y miles de personas y la salud a muchas más, a todos nos has robado muchas semanas de normalidad y a mí el derecho, la obligación y el deseo de ganarme el salario de los tres últimos meses de mi vida laboral trabajando que fue a lo que me comprometí aquel viernes siete de enero de hace cuarenta y ocho años, y esto no te lo perdonaré nunca, ni siquiera cuando pueda escribirte la última carta que espero sea pronto.