Jueves, 29 de octubre de 2020

Contra el olvido, el amor

“El hecho de que la vida y la muerte “no sean dos” es algo muy difícil de entender, no porque sea demasiado complicado, sino porque es demasiado sencillo”

Ken Wilber

“Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y en su vida no le causes tristeza. Aunque haya perdido la cabeza, sé indulgente, no le desprecies en la plenitud de tu vigor”

(Eclo 3, 12-13).

Ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo: si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos. Por lo tanto, ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor. Porque Cristo murió y resucitó para ser Señor de vivos y muertos.

(Rm, 14, 7-9)

La muerte nos coloca ante el misterio de la vida, nada más nacer tenemos fecha de caducidad, somos a la vez pañales y mortaja, sucesiones de difunto como nos recordaba el poeta. La muerte es ese gran misterio por donde no hemos pasado, es el silencio de los silencios. La fe y el silencio son las dos maneras de practicar para la muerte. Es en el silencio donde recobramos la “otra ladera” de la existencia, ese lado de la muerte donde se nace de nuevo, allí donde toda semilla germina en la herida del surco. Nacer es sentirse convocado por la vida y por la muerte, abandonados al abrigo del silencio, que es la evidencia del amor, del corazón.

Entre el dolor y el amor, entre la tristeza y la esperanza, hemos despedido a mi padre, llegó su muerte y su pascua. Esta realidad, se vuelve más trágica si es de la persona que nos ha dado la vida, la que nos ha iniciado en la realidad, la que nos ayudó en nuestros primeros pasos y nos empujó a las realidades de nuestro propio ser, del mundo y de Dios. La muerte de nuestros seres queridos nos permite abrir el sentido a una realidad que va más allá de uno mismo, a una totalidad de la existencia que nos desborda y que se resuelve en el recinto sagrado de nuestro corazón.

El Alzheimer es una enfermedad terrible, se deja todo en el camino. El ser humano habita en la memoria, en ella sabemos quienes somos y que nuestra vida tiene sentido. El enfermo de Alzheimer lo pierde todo, no solo las capacidades intelectuales y físicas, puede terminar perdiendo incluso la orientación respecto de la propia persona. Pierde el sentido de su propio ser. Su cerebro, se asemeja a un bosque otoñal, donde los árboles se mantienen vivos, pero pierden el ramaje y las hojas. Los árboles evolucionan hacia la vida en la próxima primavera, pero la única evolución posible para el enfermo de Alzheimer es hacia una muerte lenta.

Los familiares anticipamos su ausencia, se percibe su vida en esa situación límite como una sucesión de pérdidas, provocando una profunda soledad, dejando salir una riada de temores y angustias, solo sostenidos en la contemplación del silencio y la oración, hasta que vas encajando que la muerte forma parte de la vida. En la pérdida cercana de mi padre, siento alivio ante tanto sufrimiento, pero también una profunda tristeza. No me olvidaré de ti padre, de no ser por esta enfermedad, tú nunca te olvidarías de mi, y nunca te olvidaste, a pesar de la oscuridad. Te dejaste muchas cosas en el camino, la capacidad de razonar, de pensar, de hablar, pero nunca perdiste el amor.

Y en el amor está todo, tu dignidad y tu mismidad, por eso vimos en ti un pedazo de eternidad, padre. En el amor somos capaces de Dios, porque en el amor está Dios. Si la muerte es parte de la vida, también lo es el amor. Hago mías las palabras de Miguel de Unamuno, por el amor supimos de la muerte; por el amor supimos que se muere: sabemos que se vive cuando llega el morirnos. Si no tenemos amor, es que todavía no hemos nacido; sin amor, no sabemos que nos morimos.

La muerte necesita ser pensada y sentida, ya que nos arroja hacia el sinsentido más profundo, y desde ahí, nos abre a una realidad que nos trasciende, a esa totalidad que nos anticipa el “todavía no”. Aunque sabemos que, si el dolor es parte de la muerte, también lo es la esperanza. En el sonido del silencio, no sólo habla el dolor, también lo puede hacer el misterio, esa realidad amorosa e indecible que llamamos Dios.

Ahora ya no tenemos la presencia física de mi padre, pero al vivir en Dios ha penetrado más profundamente en nuestra existencia. No podemos disfrutar de su mirada, ni escuchar su voz, pero ahora sé que nos ama más que nunca, pues nos ama desde Dios y en Dios. Su presencia transfigurada está más profundamente en nuestro ser y nos acompaña desde su amor y su felicidad.

Creo que podemos estar con nuestros seres queridos que ya han partido en el lenguaje misterioso del silencio, en el lenguaje no siempre fácil y hondo de la fe, porque creemos en el Dios de la esperanza, principio y fin de la vida humana. Su muerte ha sido en pleno Pentecostés, en un tiempo oportuno y favorable, en el Kairós de Dios para una nueva creación, para una tierra nueva y un cielo nuevo. La esperanza impulsada por el amor y la caridad, a pesar del dolor y del mal, asume y transciende la historia, el tiempo y la muerte.

Es en la muerte donde nos desposeemos de lo caduco y en ella tiene lugar la interiorización total de la existencia, completando su realidad más profunda. En la muerte se desvela el misterio y se alcanza lo transcendente, es el momento de la decisión total frente a Dios. El hombre, en la realidad de la muerte, alcanza desde el amor, la plenitud de lo Absoluto, llegando a la hondura de su propia realidad, aquello que no pudo conseguir en su finitud. Es aquí cuando cobra todo su sentido la palabra resurrección, que no es la vuelta al mundo finito o al mundo, sino la plena realización en el amor de Dios.

Padre, ahora estás en las mejores manos, allí donde te arrastró el amor, derramaste tu vida y tu amor como un manantial que nunca se secó. Ahora ya no estás limitado, has desplegado toda tu existencia, penetrando en lo ilimitado de la vida. Allí nos vemos, en el corazón del Padre eterno.