Pasos mañaneros

 

Todos los días me levanto con el saludo del sol. Es el primer ser que me encuentro sentado en el sillón, los días claros, reposando junto a la ventana. Tengo costumbre de sentarme a su lado y él juega conmigo, me abraza, me acaricia y me conforta con el calor de sus besos. Pasado un rato, se aparta a un lado y juega con las fotos familiares, que reposan en el mueble, que protege la pared. Yo, mientras tanto, aprovecho la paz: cojo un libro y me pongo a leer. Ahora mismo, lleno el tiempo con la lectura de dos libros: “El imperio eres tú”, de Javier Moro; y el otro, “Relatos y cuentos”, de Antón Chejoy. El primero me entretiene y documenta; el segundo me hace reflexionar y me enseña a trenzar frases y dichos.

En el cuarto de al lado, la radio suena suave y la voz me acerca unas frases de don Antonio Machado, sacadas de una carta que le escribió al psicólogo Vigodsky:

“En España, lo mejor es el pueblo. En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva".

Cuando me cansé de leer, me senté frente al ordenador, y me puse a rematar cosas que tengo pendientes. Y, entre los apuntes escondidos, se asomó uno que habla de la misa minerva, que celebran los mayordomos del Señor los terceros domingos de cada mes. Y como te pasa a ti, me pasó a mí: me pudo la curiosidad y me decidí a investigar sobre el porqué de misa minerva.

En ese momento, suena el móvil. Cuando suena el aparato, casi siempre, me avisa que llega un mensaje. Los hay variopintos, con sus respectivos pelajes. Los que más me confunden e indignan son aquellos “patrióticos” e inhumanos, que me invitan a saltarme el confinamiento, con el descaro de que lo comparta; o sea, de que me convierta en posible verdugo de una posible víctima. Para estos individuos, no es necesario que el sanitario exponga su vida ni que los investigadores se desternillen descubriendo vacunas y fármacos, que eliminen los efectos de virus. El antídoto ya lo han localizado ellos: con el flamear de banderas, el virus se espanta; y, exhibiendo en la pasarela vestidos y corbatas negras, se obnubila, entra en razón y desaparece.

A esto se sumó la mala noticia de que había fallecido una paisana y amiga.

Ante tanta angustia y desengaño, miré el reloj. Estaba en el tiempo marcado para darme un paseo.

Espero que el canto de la alondra y la soledad florida de la huerta me vuelvan la paz y el sosiego.