El club de los octogenarios

Sin que haya terminado de actuar esa guadaña que tanto se ha ensañado con nuestros mayores, quiero dedicar estas humildes líneas precisamente a esa generación. Después de haber insistido machaconamente en lo amargo de esas muertes, por las especiales circunstancias en que se han producido, no quiero repetir mi crítica a los políticos. Entre otras razones, porque, a la vista de las felonías de nuestro presidente, es predicar en el desierto. Hoy me pide el cuerpo homenajear a los mayores, y espero que pronto comprendan por qué lo hago.

Cuando mi profesión me obligó abandonar el hogar paterno, mi padre fallecía con apenas 60 años, sin haber podido disfrutar del bienestar que, con su empeño, había conseguido para los suyos. Por haber crecido en el ámbito rural, a pesar de lo prematuro de esa muerte, yo veía a mi padre, igual que a muchos de los vecinos de su edad, como verdaderos ancianos. Unos, por los pocos cuidados con que se movían en su vida, y otros, por lo duro de las faenas agrícolas, eran cuerpos de personas maduras   en trajes de viejos medio inválidos. Por esa razón, pensé que difícilmente pasaría yo de sus años.

De que estaba equivocado, y que España ya había comenzado una clara mejoría en su nivel de vida, da fe el hecho de que nos hayamos convertido en uno de los países con mayor esperanza de vida de todo el mundo. Muchas de esas personas que nos ha arrebatado el Covid-19 eran niños en los años de nuestra guerra civil, y en los durísimos de la posguerra. Después de tantas privaciones, esa generación participó activamente en la espectacular recuperación de España y, de alguna forma, vivió el contraste de pasar de la escasez al bienestar. La mayoría desde dentro de su hogar, y no pocos teniendo que emigrar, fueron capaces de dar la vuelta a la situación. La pasta de la que estaban hechos bastó para cargar sus pilas y llegar a una supervivencia de las más destacadas del orbe. Se calcula que España ha llegado a contar con casi 15.000 centenarios.

Hoy, tener 80 años ya no es ser un anciano, es estar disfrutando de la 3ª edad; esa que tanto se mueve y que no quiere darse por vencida. La sociedad suele reaccionar a base de malos tragos. La amarga crueldad con que está envolviendo esta pandemia a nuestros mayores y sus allegados, debería ser suficiente para que, de hora en adelante -y Dios quiera que no vuelva a repetirse- no volvamos a pasar por situaciones similares. Porque se merecían otro final, habrá que estar preparados para evitarlo. A la vista de nuestra pirámide demográfica, uno de los principales problemas a que se enfrentan los poderes públicos es garantizar las condiciones de bienestar para la supervivencia de esos mayores en los últimos años de su existencia ¿No ha sentido el gobierno suficiente vergüenza viendo las condiciones en que han dejado este mundo nuestros mayores? Es cierto que pueden haber existido centros privados en los que se han antepuesto otros criterios al humanitario -y donde se deberán exigir   las responsabilidades en que hubieran incurrido. Pero también lo es que, cuando el gobierno asumió la responsabilidad de estas residencias (¿), el colapso de algunos hospitales obligó a optar entre asignar la última plaza de la UCI a un anciano o a un joven. Para los médicos debió ser durísima la decisión, pero tuvieron que tomarla más de una vez.

Una nueva avalancha de contagiados no puede sorprendernos sin haber solucionado el problema. Hay que asegurar una infraestructura eficaz que garantice las condiciones de bienestar necesarias para que esas personas mayores. Cuando sea imposible su continuidad en el propio hogar, y no puedan valerse por sí mismas, de la misma forma que el gobierno debe garantizar una plaza para que cada escolar pueda formarse culturalmente, también deberían disponer de la suya en la última etapa de su vida. Allí donde no pueda llegar la Administración, podrá hacerlo la iniciativa privada, bajo la estricta supervisión del Estado, para evitar sorpresas o abusos intolerables.

Toda la reflexión que antecede viene a cuento porque, cuando estas líneas lleguen a su poder, amable lector, quien esto firma acabará de estrenar su pertenencia al club de los octogenarios. Como habrá pasado a los demás, me parece mentira. Ni había pasado por mi imaginación la posibilidad de alcanzar esta meta, ni acabo de asumir esa condición. Les aseguro estar muy lejos de cualquier narcisismo, pero, por más que me esfuerzo, me parece estar lejos de esos ancianos que dependen de otra persona. Ahora ya me lo he creído.  La mente, sin embargo, me dice que no me envalentone, que en estas edades el más mínimo achaque suele pasar facturas abultadas, y que sigue vigente aquel aforismo: Torres más altas han caído.

De momento, como persona creyente, lo primero que se me ocurre es dar gracias a Dios por haberme permitido llegar hasta aquí. Gracias por haberme dado una familia muy unida, intachable y fiel a sus principios. Y, después de todo, procurar cuidarme haciendo una vida sana y, a ser posible, útil para los demás. Cuando miro para atrás y compruebo que la tercera parte de los componentes de mi promoción, con más méritos que yo, dejaron ya este mundo, sería un mal hijo si no fuera agradecido al Padre.

Tampoco sería consecuente con mi forma de pensar si no tuviera presente a esos miles de conciudadanos que, después de superar no pocas dificultades, no han podido vencer a este peligrosísimo virus y han fallecido sin poder despedirse de los suyos. Familiares que tampoco acaban de asimilar ese abandono forzado de sus seres queridos, cuando más lo necesitaban. Mis sinceras condolencias para todos ellos y, si les sirve de consuelo, tanto si son creyentes como si no lo son, el convencimiento de que, en el último momento de su vida, todos esos seres queridos tuvieron a su lado al que más necesitaban, al que nunca deja a nadie huérfano, al que está esperando a sus hijos, desde lejos, con los brazos abiertos.