Viernes, 27 de noviembre de 2020

Refundar el Estado 

Ha bastado un huracán mortífero de verdad para poner a prueba los débiles amarres de un régimen que se echó al monte sin medir las consecuencias más allá de la luz corta en 1979. No era fácil, pero tampoco para sentirse seguros en una democracia borbónica que tenía al lado un país ejemplar rozando nuestra geografía. Nuestros hermanos peninsulares sí cerraron definitivamente un capítulo de su historia y empezaron una vida nueva.

Veníamos de un sigiloso  golpe de Estado,  con el dictador vivo. Y pudo ser peor si el anciano no le aguanta el pulso por primera vez  en la vida a su mujer y al poderoso grupo que apoyaba un cambio en la sucesión con un franquismo sin Franco. ¿Qué habría pasado si él hubiese cambiado de primo cediendo los trastos de matar al Duque de Anjou? Nunca lo sabremos.

Han pasado casi cincuenta años de aquel intento de abordaje y lo único seguro es que el país se embarcó en una travesía de dudosa pulcritud futura. Demasiados pasos en falso.

Por un lado, las cortes franquistas no se inmolaron, su deshielo tuvo un precio: el de la impunidad, especialmente para los ministros que habían firmado el enterado de penas de muerte. Se aseguraron de tener las mismas posibilidades de ser ministros en la democracia que las que disfrutaron en la dictadura. Y con ellos, todo el  andamiaje que había abusado del país: los terribles policías de la brigada político social, la crueldad inaudita de los jueces del TOP. Tenían de su parte al Poder y al ejército victorioso. Un ejército que, un año después de la muerte de Franco, expulsó o condenó a 43 años de cárcel a tres comandantes y nueve capitanes que proponían una constitución democrática para el que consideraban nuevo país. Y detuvo a numerosos oficiales,  tuviesen que ver o no, con esa legítima y natural aspiración. Se trataba de meter miedo a todos a la hora de escarmentar a los suyos. Quedó claro que España no era Portugal y aquí el testamento del caudillo se cumplía.

 Por eso el viejo Estado siguió condecorando a los torturadores dos años después de muerto el dictador. Y el país tuvo que acostumbrarse a esos 159 muertos que no mató el terrorismo. A falta de argumentos democráticos, contra los hasta entonces huidos o clandestinos, una sola palabra: Paracuellos.

Así nació una derecha española ultranacionalista que sigue ejerciendo en esa democracia borbónica la mano en la garganta y la apropiación inaceptable del sentido patriótico. Y esa denominación es el continuismo de Alfonso XII, cuando en su lecho de muerte le pidió a Cristinita (así llamaba a su segunda esposa) que guardase su ninfomanía y fuese de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas. El tunante murió muy joven, pero le dio tiempo a aprender que el único camino con posibilidades para una monarquía estaba en el bipartidismo. Los años le han dado la razón.

En 1979, con ese café para todos, el país se les fue de las manos a unos y a otros. Los herederos de la dictadura ya habían conseguido su pasaporte al nuevo presente. Los exilados viejos se conformaron con volver, abjurando de sus principios republicanos y cualquier intento que no cuadrase en una constitución que se considera, aún hoy, sagrada e inamovible.

Todos son responsables de que ahora el sistema no resista el embate que estamos viviendo velando a miles de cadáveres. Puestos a copiar modelos, se apartaron del alemán, donde el vigor federalismo de los 16 lander -tan distintos entre sí- no dudan en agruparse en torno al gobierno central, aunque esté presidido ahora por una canciller que viene del sector comunista. Alemania siempre sintió la costumbre de la armonía nacional. En cambio, nuestra criatura se encomendó al manto de Giscard d’Estaing.

El bipartidismo español aguantó hasta hoy sin hacer ascos a los nacionalistas vascos si necesitaban su apoyo. El problema catalán lo resolvió pagando con su silencio tanto la corrupción que todos sabían,  como el mismo apoyo parlamentario en caso de apuro.

Pero cuando digo que se construyó un artefacto con pies de barro fue a la hora de descentralizar el Estado. Nació lo que tenemos: 17 Comunidades Autónomas, 2 ciudades con estatuto de autonomía,  y 8.125 entidades locales. Y un Congreso y un Senado que suman entre las dos cámaras más de 700 políticos, los mismos que la riquísima Alemania, dos veces más grande y la prestamista usurera de Europa. Y las diputaciones de Fernando VII, claro. Pronto se les olvidó que uno de los pecados de los sistemas comunistas era la burocracia que convertía una idea igualitaria  en un capitalismo de Estado.

¿De verdad los recursos económicos de este país dan para tanto?

Resulta esperpéntico -si no fuera indignante- que haya comunidades uniprovinciales con 300.000 habitantes gobernadas por cinco administraciones.

Pero ha llegado el huracán y no es oportunismo volver a decir como en 1979 que, además de ese despilfarro, hay dos competencias que el gobierno de la nación debió reservarse: la sanidad y la educación. Así no habría tantos españoles de distinta clase, y así todo sería entendible a la hora de que el país choque contra un iceberg y no se vea preso de ese baile de San Vito a la hora de enterarse al menos de lo que pasa en cada territorio.

Por primera vez en nuestra reciente historia tenemos un gobierno al que podríamos llamar de izquierdas. Es seguro que esta coalición de socialistas y comunistas contaba con un modelo de país distinto. No podrá ponerlo en práctica, ahora que un virus asesino ha descubierto que esto tampoco es Alemania, y ellos saben que ya tienen las ruedas llenas de palos.

El acoso no llega solamente desde esa derecha ultranacionalista heredera, sino de todo el antiguo  Poder que ha puesto en marcha su linchamiento, empezando los torpedos por el flanco que creen más fácil: ataques perfectamente planificados a la línea de flotación del comunismo que gobierna. Incluso en esa invasión están los llamados popes de la comunicación -quién lo diría- tan adorados antes por los progresistas predilectos.

No tienen más argumentos que los de Adolfo Suárez en las primeras elecciones democráticas a las que acudió sin programa ni partido: el miedo. Suárez gritó qué vienen los rojos, y el fantasma salió del baúl.

Mira, a él le dio resultado. Pero Suárez ganó las elecciones. A estos las urnas les han vuelto la espalda. ¿Qué harán? Pues no dejar hacer, eso seguro. No he visto nunca un comportamiento de  la oposición más parecido al cholismo.

Y desde la pequeña lucidez que da la vida ya vivida, uno no puede dejar de pensar que todas las avanzadas y cambios hacia delante de las sociedades han nacido de las revoluciones o de las catarsis. ¿Será esta vez o tampoco?