Miércoles, 3 de junio de 2020

Cuesta abajo y sin frenos

Cuando te pones frente a un folio en blanco con ánimo de expresar tus inquietudes, y lo único que te viene a la mente ha sido repetido hasta la saciedad, una de dos, o tienes muy poca imaginación -algo de lo que ya me acuso-, o no acabas de recordar ese aspecto concreto que también tenía relación con el tema y que, en este momento, no eres capaz de recordar. No me gusta nada el cariz que están tomando los acontecimientos y, aunque bien quisiera olvidarme de esa pesadilla, me resulta imposible.

Que la situación es difícil para todo el mundo, es algo fuera de toda duda y nosotros no podíamos ser la excepción, por mucho que lo pretendamos. Cada nación afectada por esta peligrosa pandemia, sabiendo los efectos causados allí donde apareció antes, intenta poner los medios necesarios para que sean lo menos graves posibles. 

Sánchez llegó al poder y eligió un gobierno formado por elementos heterogéneos, desubicados, dispuestos a poner boca abajo todo lo que no tenga ese sello progresista que pretende atar los perros con longanizas; pero carentes, en su mayoría, de la formación idónea para estar al frente de algo tan complejo como suele ser un ministerio. Conocidas las carteras salvadoras de la situación y las caras de los titulares, había que ser un indocumentado -o un fanático- para no prever la catástrofe. Cuando aún no se les había pasado la euforia del coche oficial, la buena nómina, la escolta, el acoso de los cámaras y las palmaditas en el hombro, comenzaron a escuchar la palabra coronavirus. ¡A ver si ese bichejo va a estropearnos la fiesta! ¡De eso, nada! ¡Ahora se va a enterar la derecha de lo que es capaz un verdadero gobierno progresista!

Y vaya si nos hemos enterado. Hasta hoy, todo lo que han tocado ha sido para estropearlo. Salvo aquellas personas que han alcanzado un cargo en la Administración, me gustaría saber qué colectivo se encuentra ahora más satisfecho que hace medio año. Por empresarios y autónomos, ya no hace falta preguntar. Los funcionarios están con la mosca detrás de la oreja. Los pensionistas siguen sin lograr lo que piden, a pesar de las muchas veces que se lo han prometido. Agricultores y ganaderos ven con rabia cómo nadie quiere evitar su ruina.  Unos y otros no se explican que un gobierno empeñado en intervenir todas las parcelas de la sociedad, mire para otro lado cuando al productor se le arruina y al consumidor se le estruja, o cuando un país cargado de parados no es capaz de facilitarles esa mano de obra que evitaría la pérdida de los frutos que se estropean en la planta porque nadie está dispuesto a trabajar. Los obreros, rezando para no ser los próximos en engordar el paro. Al sector del turismo -una de nuestras pocas perlas de progreso- se le acaba de recetar una estocada en todo lo alto. Cuando ya se conocía la cita en Bruselas para tratar de incentivar el turismo dentro del club europeo, el día anterior, nuestros “cerebros” de La Moncloa ya se adelantaron para “facilitar” la recuperación de nuestros establecimientos hoteleros, sacándose de la manga la obligación de sufrir una cuarentena todo turista que pretenda venir a nuestro país. Sólo faltó que, al mismo tiempo, se indicara a esos turistas qué otros países de Europa serían los más apropiados. 

Si otros miembros de la U.E. padecen la misma pandemia, y han decidido dar los primeros pasos tratando de armonizar la sanidad y la economía, en un intento de salvar sus mejores palancas de recuperación, no hay razón para que nosotros circulemos en dirección contraria. Habiendo dado ya claras muestras de no cumplir con la obligación de proteger a una sociedad que reclamaba a gritos más medios de protección y se la engañaba a diario, ahora queremos ser más papistas que el papa. Una vez más, esta banda de ineptos, que no hace otra cosa más que televisar sus apariciones, ha vuelto a certificar que tiene diarrea mental, es decir, que todo lo que piensa… lo echa al wáter.

Este gobierno vuelve a mentir cuando predica que su labor va dirigida a toda la sociedad, sin tener en cuenta las ideas políticas de cada cual. Mentira. Es algo que siempre ha caracterizado a la izquierda. No sólo se preocupa de sus propios intereses, sino que, para tomar sus decisiones, se olvida y procura agraviar a la derecha. La última muestra de lo que digo está en el chalaneo con que se han adjudicado los “ascensos de fase” en las distintas Autonomías. “Casualmente”, la prioridad para avanzar en la dichosa desescalada, ha sido directamente proporcional al grado de apoyo al gobierno que han mostrado los gobernantes de cada región. Nunca se han dado razones técnicas suficientes para justificar decisiones claramente arbitrarias. Se han incluido en el mismo saco Autonomías con estadísticas muy dispares. Es más, en más de una ocasión se ha rozado el ridículo declarando blanco lo que posteriormente se consideraba negro. La pretendida insistencia de velar por la seguridad sanitaria, ha sido envuelta con el papel de la conveniencia política.

No quiero imaginarme lo que sucedería en nuestras calles si esta situación la hubiera originado un gobierno de la derecha. Populistas, sindicatos, medios de comunicación, artistas de la ceja, etc. habrían inventado ya el “Mayo del 20”.

Con todo, lo más grave de nuestra situación actual es haber llegado a tal grado de enfrentamiento -casi diría de constante navajeo- que hace casi imposible cualquier acuerdo. Los ánimos están muy soliviantados cuando el momento reclama lo contrario. Entre la población de a pie, un confinamiento demasiado prolongado siempre acaba pasando factura a pequeños y mayores. Esta inquietud encuentra ocasión de hacerse presente con el más mínimo pretexto. Partidarios y adversarios ven la situación con distintos ojos. Tiene muy mala justificación que este gobierno mire con lupa cualquier manifestación que huela a crítica con su política y, a la vez, en el mismo estado de alarma, autorice una manifestación a favor de un miembro de ETA. Para más inri, el independentismo catalán -léase ERC- quiere que se apruebe una ley para que se autoricen manifestaciones independentistas en todo el territorio catalán, con independencia de la situación política que rija en cada momento. Otra “casualidad”, existen negociaciones con ERC para que cambie el sentido de su voto en la próxima petición de prórroga del estado de alarma, Blanco y en botella.

Si no queremos llegar a una situación irreversible, TODOS debemos emplearnos a fondo. En primer lugar, el gobierno, dedicándose a gobernar para todos, y con la colaboración de todos -a la oposición, a pesar de que ejerza el control y la crítica que están en su razón de ser, hay que escucharla siempre. En segundo lugar, el ciudadano de a pie, que tiene la obligación de cumplir a rajatabla las recomendaciones establecidas para la seguridad de la sociedad. Últimamente, hay demasiadas conductas que dejan mucho que desear. Con toda seguridad, si sobreviene algún rebrote de contagio será consecuencia de una negligencia. Todos estamos comprometidos en la misma tarea, y nadie está en condiciones de exigir a los demás lo que él incumple. Habría que ser más inflexibles a la hora de corregir conductas insolidarias en nuestros espacios públicos. 

O se cumplen todas estas premisas, o España será un vehículo lanzado cuesta abajo y sin frenos.