Miércoles, 3 de junio de 2020

Pandemia e infancia: Adolescentes

Formar a los adolescentes para la autonomía y la responsabilidad es un reto más que urgente. Foto EP

Sabemos que la adolescencia empieza con la pubertad, pero no cuando acaba.  Biológicamente llega hasta los 16 o 18 años. Psicosocialmente esta segunda frontera es más difusa. La OMS la ubica en los 20 años.  Lo cierto es que, especialmente en España, llevamos varias generaciones de jóvenes que tienen muchas dificultades para alcanzar autonomía económica y familiar. El resultado es una adolescencia forzosa, al amparo de padres y abuelos que, en no pocos casos, parece no tener fin. ¿Acabaremos teniendo adolescentes que se jubilan sin dejar de ser adolescentes?

Adolescentes que, en otros aspectos, como la conducta sexual y el acceso bebidas alcohólicas son más precoces que en el pasado. A pesar de todo, la inmensa mayoría, después de un periodo de cierta desorientación, se siguen socializando bien; mientras una minoría, entre el 10% o 15%, son víctimas de errores o dificultades bien conocidos.

En relación con el confinamiento, tienen todas las capacidades y condiciones para organizarse bien: entender la pandemia y sus efectos, comprender la gravedad de la situación, organizarse horarios y tareas escolares, comunicarse con las amistades, usar adecuadamente internet, hacer ejercicio físico, etc.  

Es también una oportunidad para tener relaciones familiares, ayudar en tareas de la casa o la compra, aprender, en definitiva, la importancia de la cooperación.

Pero todo puede complicarse si las relaciones familiares no son adecuadas, los padres han perdido el control educativo de los hijos, estos no colaboran en las tareas, no estudian, abusan de las pantallas, son sedentarios, tienen la percepción de que este problema no va con ellos, etc. Un adolescente difícil puede amargar el confinamiento a toda la familia; y sufrir, él mismo, lo indecible, si no sabe soportar la frustración y la falta de libertad temporal.

El confinamiento puede, además, agravar diferentes problemas que sufren un número significativo de adolescentes: crisis familiares, preocupaciones por su imagen corporal, fracaso escolar, falta de disciplina, dificultades con amigos o la pareja sexual, soledad, ansiedad o depresión, etc.

Sus capacidades mentales pueden llenarles de ilusiones e ideales o hacerles sufrir (no podemos olvidar que el suicidio lleva años siendo las primera o la segunda causa de muerte, entre adolescentes).

En todo caso, pueden y deben aprender a aceptar la vulnerabilidad de la vida y el hecho de la muerte, sean creyentes o no. Hablar de estos temas con ellos (con sinceridad, aceptando la diversidad de creencias entre padre e hijos, si fuera el caso) y asistir juntos, con familia y amigos, a funerales familiares o colectivos, es  una responsabilidad que deben compartir los adolescentes.

En otro orden de cosas, con la recuperación de la libertad parcial o total, los adolescentes que estén mal socializados, tienen un alto riesgo de ser irresponsables consigo mismos y con los demás. Los botellones y la propia actividad sexual pueden convertirse favorecer prácticas de riesgo. Nuevas prácticas de riesgo, añadidas a las ya existentes (malos usos de la libertad sexual, enfermedades de transmisión sexual, abusos y violencia sexual, problemas con el alcohol, accidentes de tráfico, etc.). Los botellones denunciados en Madrid, desde el final de confinamiento, son una bomba de relojería.

 Lamentablemente (para todos). tocarse, besarse, abrazarse, acariciarse y tener relaciones sexuales será durante un tiempo una conducta de alto riesgo, cuando no podamos tener la razonable seguridad de que nuestra pareja no está infectada por este virus. Parece que este virus, como otros ya conocidos, quiere poner en riesgo nuestra naturaleza: somos personas motivada por el contacto, la caricia, el abrazo y la vinculación.

¿Cómo no cometer errores?   ¿Durante cuánto tiempo tendremos que ser conscientes de los riesgos?

Pues bien, les invito a sacar consecuencias del siguiente hecho bien conocidos: los adolescentes y jóvenes tienden a minimizar los riesgos.  ¿Tendrán en cuenta los riesgos para sí mismos y para los demás, incluidos padres y abuelos? ¿Y para los sanitarios? Formar a los adolescentes para la autonomía y la responsabilidad es un reto más que urgente.