Miércoles, 3 de junio de 2020

Aplaudir con un poco de cabeza

 

     El Colegio de Médicos de Salamanca, hace un par de días hacía un llamamiento tanto a la población en general, como a las Administraciones para usar la cabeza, porque parece que se nos está yendo un poco la olla y estamos cayendo en irresponsabilidad anti cívica: unos no llevan mascarilla, otros dejan la nariz libre, otros no guardan la necesaria distancia social, se supone que todos nos lavamos frecuentemente las manos con agua y jabón, usamos guantes cuando es aconsejable y salimos de casa lo menos que podemos…o no. Puede que sea mucho suponer. Parece como si nos costara trabajo saber que un virus maldito anda suelto, cosa que los niños han entendido bastante bien, hasta el punto de que muchos no se atrevían a salir el primer día en que se les autorizó a hacerlo, “porque ahí fuera hay un virus muy malo” y a muchos padres les costó trabajo convencerles.

     A la Administración solo le pide dos cosas: realizar test fiables y dotar a los sanitarios y –añado yo- al público en general, de material de protección homologado. Bueno, yo, personalmente, no pido que nadie me regale nada, pero cuando fui a comprar mascarillas a la farmacia tuve que esperar diez días. Y con suerte. 

     Los médicos, pues, nos reclaman responsabilidad. No se puede ser responsable, pienso yo, si uno se deja llevar por el miedo; tampoco si dejamos que el egoísmo y el capricho nos domine. La Covis-19 nos está enseñando, aun sin querer, muchas cosas. De momento, nos recuerda algo que ya sabíamos, que vivimos en un mundo globalizado. Hay Globalización para el mal y también la hay para el bien. Dos ejemplos: de China parece que nos viene el virus, pero de China ha venido también la secuenciación del genoma del ARN del virus SARS-CoV-2, o sea, su composición bioquímica, que los chinos, contrariamente a la costumbre de su cerrada dictadura, han compartido con todos los científicos del mundo, lo que ha permitido a varias docenas de equipos de investigación, ponerse a toda máquina a buscar medicamentos de tratamiento y también una vacuna. Algunas personas y también movimientos políticos de corte más o menos populista, de derecha y de izquierda, rechazan la globalización y quieren volver a levantar fronteras definitivas, volver a ponerle puertas al campo, cosa imposible, como se ha demostrado en estas pocas semanas, con imágenes de animales más o menos salvajes campando por sus respetos por calles, parques y plazas urbanas.

     Los filósofos y los ecólogos suelen decir que “todo está enlazado”, lo que quiere decir, entre otras cosas, que la especie humana no puede separarse de la Naturaleza, como parece que hemos pretendido desde la primera Revolución Industrial y de una Ideología del Progreso mal entendida, que ha pretendido dominar la Naturaleza y ponerla, no a nuestro servicio, sino incluso a nuestra avaricia y a nuestro capricho. Otra consecuencia de este enlace múltiple es que, lo que yo, como individuo particular haga, tiene o puede tener repercusiones universales. Podría ser que un chino, siguiendo una de sus tradiciones ancestrales, haya preparado una sopa de pangolín, que fue mordido por un murciélago o por una de sus garrapatas huéspedes, contagiándose así de un virus de murciélago que, uno entre muchos millones, mutó y se convirtió en peligroso para su degustador y éste, asintomático, contagió a otros tres o cuatro que, a su vez… De modo similar podría ocurrir que un salmantino, o salmantina, harto de no poder respirar bien con su mascarilla, o harto de esperar a poder comprarla en la farmacia de la esquina o que se la suministrara su empresa o la Seguridad Social, se pusiese a pasear por la Plaza y, al encontrarse con unos amigos…besos, abrazos, achuchones… y contagios…

     Es curioso que, a pesar de la frenética carrera de investigación que se ha desatado por el mundo entero y que esperemos dé pronto frutos para asegurar la salud de todos, las barreras más importantes que tenemos contra esta pandemia son medievales, o incluso de la Edad Antigua, como el confinamiento, que ya se intentó aplicar cuando la peste antonina, allá por el año 185 de nuestra era; o el jabón, cuyos restos arqueológicos más antiguos datan de unos 2.800 años antes de Cristo, en Mesopotamia, según el buen saber y entender de Wikipedia; o del siglo XIX en cuyos años finales algún cirujano francés empezó a usarlas (en las películas del Oeste, tan abundantes estos días, que yo recuerde, ningún cirujano se tapa la boca y la nariz cuando opera).

     Todo esto nos tiene confusos, porque quizá no acabamos de comprender por qué en el Siglo de Internet, de las redes sociales y del 5G, tenemos que recurrir a medidas sanitarias de protección tan antiguas. Otra consecuencia de este maldito virus: una lección de humildad para todos. Pero para aplicar estas medidas tan antiguas y tan drásticas, tenemos que recurrir a virtudes humanas y sociales, no viejas, sino clásicas: justicia, fortaleza y templanza, guisadas, compuestas y servidas en bandeja por la prudencia. Lo peculiar de estas cuatro virtudes es que ponen en marcha nuestras mejores potencias: la memoria, para aprender de pandemias pasadas; el entendimiento, para informarnos bien y, el que pueda, investigar los remedios farmacológicos adecuados; la voluntad, para resistir la frustración y el fracaso (¿no es un fracaso monumental los más de 25.000 muertos que llevamos, muchos de ellos tan cercanos?); el sentimiento, para domeñar el miedo y la depresión y empatizar con los mayores, los enfermos y los pobres; y la inteligencia espiritual, para que ponga orden en toda esa vorágine de datos, experiencias, informaciones veraces o bulos, mantenga la serenidad y active lo mejor de nosotros mismos, que no es otra cosa que amar al prójimo, serle útil, ayudarle, no estorbarle, no contagiarle, no manipularle, no explotarle, no descartarle, considerarle como un hermano. Y en esto, el que más sepa, que más diga, sea creyente, de una religión o Iglesia u otra, sea ateo o agnóstico, o filántropo sin más; y más haga, que de buenas voluntades está el Infierno empedrado, según el dicho popular.

     Y¡ojo!, que aquí estamos hablando de valores humanos prepolíticos, porque todo eso debe hacerse en común unión con el resto de los seres humanos de todo el mundo. Porque  esta pandemia está demostrando que, para salvarnos nosotros –españoles, europeos, gente rica, guapa y sabia-, la mejor forma de conseguirlo, la menos cara y la más rápida es que nos salvemos todos a la vez, los más pobres y los más ricos, los de un color ideológico y los del contrario o los de ninguno, porque en esta pandemia no hay una “raza” o etnia más fuerte o más resistente que la otra. De esto los españoles, deberíamos saber algo, cuando la Expedición Filantrópica de la vacuna, a principios del Siglo XIX, consiguió erradicar la viruela de todos los territorios de nuestro Imperio, a la sazón a punto de desaparecer. O nos salvamos todos, salvando a los que, en otras pandemias, hemos excluido de la salud universal, o no acabaremos nunca de vencer a este virus…y a los que están por venir, que vendrán más pronto que tarde.

     Y ahora viene la parte práctica: vencer a este virus, esta paz y esta salud universales tan necesarias las conseguiremos si y solo si en Salamanca guardamos la distancia social, salimos lo menos posible, usamos guantes y mascarilla cuando proceda y nos mentalizamos para ayudarnos unos a otro, o nos corregimos, como han hecho nuestros hermanos médicos a través de su Colegio, o como está haciendo permanentemente nuestras Policías y Guardia Civil. Pero eso es otro asunto que ya está viniendo: Servicios Sociales de los Ayuntamientos y de la Diputación, Cáritas, Cruz Roja, Banco de Alimentos y otras muchas ONGs no dan abasto, las solicitudes de ayuda se les han multiplicado al menos por dos, los Gobiernos –Comisión Europea, Banco Central Europeo, Gobierno de la Nación, Gobiernos autonómicos y municipales, están haciendo lo que pueden, siempre mejorable y tal vez criticable. Pero yo ¿me he planteado qué puedo hacer, qué personas concretas –algunas ni nos las imaginamos- están sufriendo cerca o lejos de nosotros, qué información tengo que adquirir, qué debo sentir, que me cabe esperar, quién es mi prójimo?