Miércoles, 3 de junio de 2020

Pandemia e infancia: 6-12 años

Esta etapa, llamada niñez intermedia, es un largo periodo que empieza con la entrada en la Escuela, propiamente dicha, y llega hasta la Pubertad.

Ya tienen un buen nivel de autonomía en los autocuidados, capacidad de comunicarse  con los adultos y todas aquellas habilidades que requiere el aprendizaje escolar.

 Les encantará estar en casa con la familia, porque aún les gusta  acompañarlos, se divierten con ellos y  siguen considerando a las figuras de apego  los mejores  padres del mundo.

Ya han adquirido el “uso de razón”, como decía el catecismo, por su capacidad para conocer y cumplir las normas, en la vida y en los juegos. Son muy receptivos, convencionales y poco críticos. Muy convencionales.

Es un periodo de crecimiento lento y armónico, de bienestar y fácil relación con la familia en el que ya deberían haber superado los posibles celos y las rabietas o conflicto de autoridad-rebeldía.

Los amigos y amigas tienen  ya gran importancia ; pueden consolidar amistades y pasar más tiempo con el grupo de iguales, incluso sin los padres. Se comunican bien con los iguales por teléfono, conocen y cumplen las reglas de los juegos, por eso ya tienen menos conflictos que en preescolar con sus compañeros.

Es un periodo que puede ser idílico y cómodo para los padres, salvo que surjan problemas como el fracaso escolar, conflictos familiares mal resueltos, problemas de identidad, maltrato, rechazo de compañeros o tengan experiencia de la enfermedad o muerte de un ser querido.

Tienen capacidades y condiciones muy adecuadas para suportar el encierro, seguir un horario, ayudar un poco en la casa, hacer tareas escolares, jugar con los hermanos y con los padres, leer y ver cosas de interés en las pantallas, aunque echarán de menos  la calle, los iguales y tal vez a sus maestras o maestros. 

En esta edad, el buen clima familiar sigue siendo lo más importante. Pero es conveniente que encuentren alguna vía de comunicación con sus amigos, amigas, educadores, primos y abuelos.

Pueden entender muy bien lo que es la pandemia, la necesidad de tomar medidas de protección y la responsabilidad de no contagiar a los demás. Todo ello facilita mucho su aislamiento con la familia.

Es un periodo especial para que adquieran valores familiares y culturales particulares (siempre que no contradigan los Derechos Humanos) y valores familiares, escolares y sociales universales.

Es una edad en la que debemos enseñarles  los valores de respeto y diversidad, propios una sociedad democrática, en lugar de aprovechar para adoctrinarlos de manera sectaria, justo por su ductilidad. El dogmatismo, racismo y las fobias a los que son diferentes, se aprenden con demasiada facilidad en estas edades.

Hacerles ver la responsabilidad y hasta heroicidad de los sanitarios y otros trabajadores es una buena oportunidad para que adquieran el valor de la solidaridad, la ayuda y los cuidados. También para que adquieran una visión positiva de los seres humanos.

Pueden observar el cumplimiento de los ciudadanos de las normas coyunturales del confinamiento, como un ejemplo de ciudadanía responsable.

Es buena ocasión para fomentar la empatía hacia los infectados, sus familiares y todos los que están sufriendo, por unos u otros motivos.

Un tema específico, durante la pandemia, de gran interés para la formación, es ayudarles a tomar conciencia de la vulnerabilidad y temporalidad de la vida, la enfermedad y la muerte. Tratando estos temas con veracidad y serenidad por los padres, poniendo en valor la vida y sus mejores posibilidades. Nuestra sociedad oculta la muerte y no la hace parte del aprendizaje para vivir. Saber estas cosas les dará mayor profundidad, responsabilidad y coherencia en su forma de vivir.

A diferencia de los más pequeños (con los que incluso los no creyentes pueden mantener la ficción del paraíso), a esta edad, soy partidario de que padre y madre, cuidadores y cada persona respondan con sinceridad, con sus certezas o dudas, a las grandes preguntas sobre la vida y la muerte, siempre con serenidad y dando testimonio del valor de la vida, cantando la vida. El que puedan recibir versiones religiosas o laicas diferentes, siempre respetuosas con los demás, no es un problema, sino un aprendizaje para en una sociedad democrática.

Estos menores deben asistir a algún rito funerario con toda la familia y conocidos, o a algún funerales colectivo. También puede acompañar a algún amigo, si ha perdido a un familiar. Los ritos funerarios son fundamentales para el duelo, evitando la negación de la muerte y “llorando  o en silencio”, junto a los demás,  la pérdida de los seres queridos.

Y ya saben, finalmente hemos de darle una interpretación positiva de la vida y los seres humanos ¡Seamos biófilos, amantes de la vida!.