Miércoles, 3 de junio de 2020

Son tiempos de confusión y ausencia de autoridad

             Seguramente, la “ambigüedad” pasó de ser una buena estrategia del líder para conceder ámbitos de libertad a sus seguidores, para que éstos, precisamente, se vayan acostumbrado a recibir de sus jefes inmediatos órdenes concretas de lo que hay que hacer, incluso cómo hacerlo. Este “autoritarismo” no es impuesto sino más bien requerido del “mandamás”, por parte del “bienmandado”. De hecho, cuántas veces hemos escuchado al final de un partido de fútbol que muchos jugadores aseguran: “Yo hice lo que me mandaron”, expresión para mí emborrachada de falta de iniciativa propia que busca alejarse de cualquier otra responsabilidad. Para mí, los buenos entrenadores son los que dejan libertad de acción a los suyos dentro de un marco flexible de actuación y, además, convenciendo sin imponer. ¿Vds., se imaginan que un entrenador tuviera que radiarle a Messi todas y cada una de las acciones a poner en práctica en cualquier jugada del partido? ¡Ni sabría, ni podría…!

Cuando una individualidad tiene que funcionar mediante manual, con protocolos muy detallados para la menor acción a ejecutar de su trabajo, está actuando “robóticamente” y, un buen día, acabará quejándose de que las máquinas le quitan el trabajo. “El verdadero maestro no se preocupa casi de la disciplina. Los estudiantes lo respetan y lo escuchan, sin que su autoridad necesite jamás acogerse al reglamento ni ejercerse desde lo alto de un estrado. En la biblioteca, en el claustro, en el patio de la Universidad, rodeado familiarmente de sus alumnos, es siempre el maestro. Su autoridad es un hecho moral”, según José Carlos Mariátegui. Pero, ya digo que la aceptación de la autoridad no está siendo una pauta común en estos momentos, de hecho, tanto en el fútbol como en los trabajos diarios se tiende a hacer uso del jefe natural solo para los casos de que vengan mal dadas, para “echarle las culpas” de algo que no haya salido bien, simplemente para criticarlos a fin de liberarse de sus propias obligaciones. Peter Senge nos aleccionó sobre el “pensamiento sistémico” en “La Quinta Disciplina”, allí nos hablaba del “enemigo externo”.

“Toda autoridad no constituida con arreglo a la ley es ilegítima, y por tanto, no tiene derecho alguno a gobernar ni se está en la obligación de obedecerla”, según Juan Pablo Duarte. Pero en el vestuario de un equipo de fútbol, muchas veces, hay poderes fácticos de los que pocos se enteran, ni siquiera el propio entrenador. Puede ser el masajista de turno, o el médico, o el psicólogo, o el preparador físico, o incluso el utillero. Cualquiera de ellos puede hacer la vida imposible a un jugador, en determinadas circunstancias, por supuesto a un entrenador, tan solo si se constituye en el “chivato” de cierta prensa… Por más que Richard Stallman diga que “Las leyes que oprimen a la gente no tienen autoridad moral”.

“Con el poder mantenemos una relación ambigua: sabemos que si no existiera autoridad nos comeríamos unos a otros, pero nos gusta pensar que, si no existieran los gobiernos, los hombres se abrazarían” (Leonard Cohen). Pero las directivas contribuyen a disminuir la autoridad de los entrenadores cuando dan plazos y “ultimátums” para destituirlos, siendo el preámbulo de la corrupción de un vestuario. “Si no hay responsabilidad, tampoco hay autoridad”, dice Rick Warren, pero es típico el poder que adquieren los “chivatos” en un vestuario hasta escalar cotas incluso hasta la cima directiva. Cumpliéndose la máxima de Oscar Wilde: “Siempre que exista un hombre ejerciendo autoridad, existe un hombre que resiste la autoridad”. Y vuelta a empezar…

Ya entrado en años, he descubierto de jubilado que recibo más órdenes que en mi trabajo profesional durante 46 años. Y a veces me abruma tanta “autoridad” revoloteando en torno a mí, te dan instrucciones tus médicos, tu mujer, tus amigos, tus hijos, tus “twiteros” y, si te dejas, también tus nietos y tus vecinos, el administrador de la comunidad de vecinos y el presidente, yo diría que hasta el que recoge la basura...  Y tú ahí, aguantando. Aunque, en el fondo, en mi fuero interno, me resisto a aceptar todas las pautas que no coinciden con mi criterio formado a nivel directivo durante tantos años. Y practico la “ambigüedad”, es la única manera de sobrevivir a tantas instrucciones.

En tiempos de confusión, es necesario recuperar la autoridad. Y, “ambiguamente”, seguiré escribiendo ensayos de fútbol. Gracias a ello voy camino de editar el libro número 13, eso sí, con disciplina y determinación. Y de política, el día 2 de mayo puse este “twitter” para preservar mi higiene mental a futuro: “Definitivamente, me iré a hacer el Camino de Santiago y dejaré los temas políticos para unos y otros, ante el convencimiento que nadie quiere soluciones sino mantenerse, acérrimamente, en sus posiciones de partida. ¡Viva el fútbol!”.

Pues eso…