El poder de la palabra.

Ayer, por segunda vez, vi el documental de la Shoah dirigido por Claude Lanzmann. Empezó a rodarlo en el verano de 1974 y el filme llegó al público en 1985. Devastador. Ninguna música de fondo. Ninguna lágrima. Ningún efecto especial. Tan sólo hablan los protagonistas. Rememoran. Ningún insulto. Los supervivientes relatan su sufrimiento mirándose hacia dentro. Los verdugos se refugian en la “obediencia debida” y proporcionan detalles técnicos. Los testigos compiten en contar anécdotas, sonriendo a la cámara.

Una de las más negras páginas de la historia de la humanidad pasa, durante cuatro largas horas, ante nuestros ojos: la víctima, el verdugo y el espectador. Tres personajes propios de una tragedia griega, ineluctable, ininteligible e imperdonable.

De los tres personajes el primero muere, el segundo mata, el tercero mira para otro lado. El más ominoso, no obstante, es el del espectador Los viejos campesinos polacos cuentan sus vivencias. Sabían de los trenes de la muerte. Tanto, que les hacían gestos a los deportados. Pasaban los dedos por sus gargantas. Les indicaban, así, que iban al matadero. Ante la cámara, sonríen, se quitan la palabra de la boca. Ocuparon las propiedades, se hicieron con las pertenencias de sus convecinos y aún hoy se refugian en ese: ¡Sabe Vd. a mí la política no me interesa! Alguno, no obstante, argumenta circunspecto: “Nada tengo contra ellos. Pero, los judíos mataron a Cristo y la maldición de Dios les perseguirá hasta el fin de los tiempos”. No se que es peor si la crueldad de los verdugos o la indiferencia de los espectadores. Indiferencia igual a: ignorancia, codicia y cobardía.

¿Cómo pudimos llegar a tanto horror? Respuesta: en el principio fue la palabra.

“El lenguaje es más que sangre”, decía Franz Rosenzweig. El lenguaje forja identidades y deshace identidades, sean colectivas o personales. El lenguaje valora, discrimina, ensalza o condena de manera irremediable. El lenguaje se mama, no se razona. Es una moda. Durante doce años, en aquella Alemania, los términos sacrosantos eran “pueblo” (Volks) y “linaje” (Sippe). El “diálogo” sugería debilidad. Por ello, se sustituía, a la hora de establecer una relación colectiva, por otro sustantivo más expeditivo: “asalto” (Sturm). La suprema, la más honrosa ocupación viril residía en devenir “guerrero” (Kämpferisch). Los que no tenían el privilegio de ser arios eran “subhumanos” (Untermenschen) y merecían ser tratados como “cosas o mercancías” (Stücken). En la cúspide semiótica se situaba la figura del “caudillo”, el Führer, un predestinado que gozaba de “visión cósmica”, de una Weltanschauung. También el fascismo español poseía palabras y sintagmas sagrados: caudillo, movimiento, cruzada, martirio, raza, Cristo Rey. Los nazis pretendían instaurar un Tercer Reich que durara mil años. Los fascistas patrios, menos ambiciosos, volver a la época de los Reyes Católicos.

Hoy la “palabra” vuelve a transitar por aquellos derroteros. Unos la difunden y otros la compran, la hacen suya. Detrás de ese lenguaje, ayer como hoy, se esconde una triada maldita: negocio, rencor e ignorancia. Sí, me refiero al discurso de VOX.