Viernes, 14 de agosto de 2020

Si os portáis bien, salís

La calle gris, recién lavada por las lluvias de abril se llena poco a poco de niños. Niños con mascarillas, niños titubeantes, niños abrigados, enguantadas sus manitas de pitufos. El desenjaule está siendo una fiesta de gritos y lloros porque hay alguno que ha olvidado que existen los bordillos y de tanto mirar al cielo se tropieza con todo.

          El abuelete ácrata no necesita salvoconducto, va por la vida con una barra de pan bajo el brazo, un periódico en la mano para sacudirse a las patrullas de la policía local o una bolsa vacía donde meter un par de naranjas. Al abuelo peripatético le dijeron que tenía que hacer ejercicio y obedece, aunque ya no puede pegar la hebra en la cola de las cajas ni pararse a ver obras. Lo suyo es temerario a la par que indisciplinario, a buenas horas le van a poner toque de queda a él…

          Al adolescente del piso de arriba tampoco le pesa el continuado confinamiento. Se presta a ir a tirar la basura y da un rodeo cuando le toca el contenedor de papel. Se le ha puesto cara de pantalla y se hace selfies cuando toca aplaudir por el balcón. Nunca ha hecho más vida social y jamás ha trabajado tanto sus deberes. Lo malo es aguantar a los hermanos pequeños y resistirse a la inercia de pasarse el día en pijama. Lo suyo es el confinamiento creativo y explora nuevas formas de vida a través del chat: un futuro de comida a domicilio, compras por internet y sexo virtual, no nos engañemos. Lo de ahora es un cursillo de aprendizaje básico de un mundo de distopía en el que se mira pero no se toca.

          Somos aquellos para los que chatear era ir de chatos de vino los que más acusamos esta absurda situación de pseudoencierro. Vamos y venimos de la compra –alguien tiene que mantener la casa- asistimos al cuidado de los mayores porque no hay más remedio, consolamos, mantenemos la calma en el rebaño, imponemos el horario y la retirada del pijama. Asistimos a las clases on line de los pequeños, a la reticencia de los grandes, a la angustia de los mayores, a la intendencia cotidiana de la lejía o del teletrabajo… y nadie nos pregunta si estamos bien o qué tal lo llevamos. Somos los que quisiéramos estar en el hospital, ayudando, participando; somos los que nos agotamos de tanto medir las distancias, enfundarnos guantes, mascarilla y zapatos de salir cuando lo que quisiéramos es meter la cabeza debajo del ala y dejar de tener remordimientos cuando llamamos por teléfono incansablemente a nuestros mayores aislados. Somos los que ya no ponemos la televisión y dejamos de contar el rosario de fallecimientos, los que no estamos en la franja de edad del desastre, pero la oteamos. Somos los que asistimos a la quiebra de todo el edificio y nos preguntamos cuántos negocios, cuántos autónomos resistirán el embate mientras recibimos chistes a través del móvil y aguantamos las andanadas políticas de los hunos y los hotros atónitos ante tanta acritud y tanta negligencia. Nosotros los del medio.

          Y mientras, un cierto humor nos recorre más allá de los niños lanzados a la calle con alegría de pelota liberada y triciclo veloz… mi vecino llega, la mascarilla tapándole la cara y fumándose un cigarro. Somos así de tremendos, me digo mientras dejo de mirar por la ventana. Hoy pasan menos perros arrastrando a sus amos, esos, los de la incontinencia urinaria…