Desde mi balcón

Son, estos, momentos más de emoción que de raciocinio. Aunque vivimos permanentemente rodeados de cifras y análisis, lo que nos mueve –cada día –son los aplausos de las ocho de la tarde, el vídeo que llega al teléfono o la voz de nuestros seres queridos en la distancia.

La hecatombe es de tal magnitud que, cada día que pasa, vamos aprendiendo a colocar una barrera de bloqueo sobre los análisis y las perspectivas de futuro, de manera que -psicológicamente-nos protegemos de la incertidumbre y la inseguridad que rodea nuestras vidas, la de todos y cada uno de nosotros, sin excepción.

Cuando esa inseguridad trasciende lo material y se cierne sobre la propia existencia individual y colectiva, los análisis se nos atragantan, resultando mucho más adaptativo espantar el terror con lágrimas de emoción ante una pancarta que alguien ha colgado en su balcón o reír a carcajadas con el último chiste –bien traído –que nos ha llegado al móvil.

No tenemos parámetros racionales que nos ayuden a digerir la tragedia; no tenemos elementos lógicos que nos lleven a comprender; no tenemos herramientas que nos permitan establecer apriorismos de funcionamiento inmediato. Y, sin embargo, nos va la vida en ello.

Estamos, hoy más que nunca, necesitados deojos capaces de ver donde los demás no vemos; necesitamos tomar notas de lo que está sucediendo e ir haciendo aprendizajes para el mañana, que sí, existirá. Y maldita la gracia que nos hace el tener que aprender así, a este coste, pero no podemos dejar de hacerlo, nuestro futuro común a corto y medio plazo dependen de ello.

Y si algo parece claro, después de tres semanas de parón generalizado, es la importancia de profundizar en los postulados del Estado del Bienestar de manera que, en el trascurso normalizado del funcionamiento social, no vaya quedando nadie fuera de un sistema de protección plenamente articulado. Porque el riesgo de lo contrario es grande: más privatización de todo lo público; más restricciones de accesoo más “americanfirst”son tentaciones muy fuertes ante la percepción de la escasez de recursos.

Y no podemos caer en ese error porque esta crisis nos está demostrando que no hay fronteras, no hay clases sociales, no hay trabajos de primera o de segunda. El síndrome post-traumático que, socialmente, tendremos que pasar tiene muchos peligros de regresión y profundización en el neoliberalismo, porque el miedo es profundamente individualista y no tiene nada de solidario pero la experiencia de estas semanas y la reflexión sobre ella tiene que recordarnos que las salidas solo lo son si tienen dimensión comunitaria y global, universalizadas, justas, incluyentes.

No sería razonable que el miedo nos llevara a reforzar fronteras, a levantar barreras. La fragilidad del Estado de Bienestar ha sido evidenciadade manera palpable; las vías de agua son evidentes y sería irresponsable no abordarlas. A partir de ahora, no podremos consentir que nadie se empeñe en desmontar un sistema sanitario que funcionaba razonablemente bien y que, a base de recortesy en favor de vaya usted a saber qué intereses, se ha encontrado absolutamente desbordado ante una situación -ciertamente-extrema.

No deberíamos dejar que nuestros científicos tengan que seguir abandonando sus investigaciones, hastiados de la precariedad y de la falta de recursos. Deberíamos reflexionar sobre qué nos aportaría una renta básica universal y el impacto de esta en el cuidado de las personas a las que queremos, grandes damnificados de la pandemia; deberíamos incluir en la agendapública, la protección de las personas sin hogar, su ejercicio de la ciudadanía, la satisfacción de sus derechos. Deberíamos reflexionar sobre nuestra visión de la infancia y la subordinación de niñas y niños a los grandes intereses socioeconómicos dominantes.

Deberíamos repensar nuestra concepción de los movimientos migratorios, del concepto de asilo, de las consecuencias que tiene para las personas considerarlas “ilegales” o hacer que –socialmente –no existan. Tendremosque reconocer nuestra dependencia tecnológica y la profunda quiebra que esta dependencia provoca en una sociedad desconectada del sentimiento ajeno, del sudor compartido, de la empatía solidaria y constructiva.

Habrá que abordar con perspectiva el mito del crecimiento sin fin como motorde desarrollo y contrastarlo con las necesidades ambientales y –como no –también humanas. Deberíamos reconsiderar –desde el confinamiento y la inactividad social –el papel del empleo, su reparto, su importancia como elemento estructurador -o no -de nuestra existencia.

Y, ahora más que nunca, ha llegado el momento de la Sociedad Civil. El de las personas, asociaciones, colectivos y grupos. Más allá del ejercicio legítimo de la iniciativa política, en este punto de nuestra historia, somos la ciudadaníaquien tiene que abanderar una reconstrucción social, cultural y económica con rostro humano que ponga en el centro a todas y cada una de las personas que conformamos esa sociedad.

Ha llegado el momento de superar lo que –en los últimos días –se viene llamando el “activismo rosa” de redes sociales para transformarlo en reconstrucción colectiva de un nuevo orden más democrático, más participativo, más comprometido.

Porque –ya lo sabíamos, aunque mirásemospara otro lado –el ejercicio de la democracia es mucho más que el voto periódico, el posicionamiento ideológico o la libertad de expresión: es el compromiso común por la construcción de una sociedad en la que no sobre nadie, en la que cada una de nosotras, de nosotros, tengamos un sitio, un lugar, un espacio, un presente, un futuro.

Desde nuestras casas, no deberíamos dejar que nada ni nadie nos robe el mes de abril. Empecemos a construir con la certeza de que, pronto, podremos cantar con el poeta aquello de “(...) a la calle, que ya es tiempo de pasearnos a cuerpo y anunciar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo.”

Francisco Javier Portilla Serrano.