El virus fue un plan para fastidiarme

    James Joyce se cabreó mucho con  la Segunda Guerra Mundial porque le estropeaba la promoción del “Ulises”. Habrase visto, salir de repente con esa guerra de ideologías o de intereses, destruir medio planeta para no prestar atención a su novela, que rompía todos los límites de la literatura.

    Yo creo que el virus actual lo crearon para fastidiarme a mí, para estorbar la promoción de mi novela “La casa que se tragó el otoño”, situada en Buenos Aires y Patagonia, donde llevo a dos amantes al límite de sí mismos en busca de la plenitud y la soledad.  Todo lo inventaron para que la gente no se fijara en mi novela, para que no vieran todo lo que yo sentí y adiviné con esa novela.

    Claro que es un disparate, pero no más disparate que ese millón de idioteces que la gente soltó en las redes sociales, esa infinidad de palabrerías vacuas, ese montón de teorías como pedos  de lo trivial y lo irresponsable. La gente habla y habla sin parar aunque no tenga nada que decir, aunque no sepa nada. Y se nos mete en la confusión y la angustia. Intenten  poner algo de contenido en sus frases alguna vez, no hablen solo por hablar, les diría. Pero para qué. Estamos en el tiempo de la trivialidad y el vacío.

       Me encanta la fantasía literaria, cuando está bien escrita, porque viene del fondo de nosotros. Comprendo que se proteste contra una catástrofe en nombre de la literatura, que al fin y al cabo es la vida. Pero me asquea la fantasía que es pura idiotez y vacuidad.  Durante estos dos meses todo el mundo  quería hablar a cada instante,  decir  cualquier cosa en cualquier momento. Se parecían a esa tipa de una película de Santiago Segura que opina que Venecia es la capital de Italia y hay que respetar su opinión. La gente no se aplica aquello de Witgenstein: “de lo que no se sabe hablar, lo mejor es callar”.

ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR    Sue Harper: Cotorra