Murciélagos

En toda cadena de búsqueda de responsabilidades siempre hay un eslabón especialmente débil: un lapso, un actor, que es contemplado con mayor atención y que, venido el caso, adquiere la connotación de ser, a pesar de su aparente fragilidad, el factor más relevante. Si se da la fortuna de que se pueda llegar a configurar un rico entramado de causas y efectos, intereses campantes, razones pretéritas que encuentran su satisfacción y resultados aceptables para una gran mayoría, entonces seguramente se cuenta con un chivo expiatorio, un paso más en el proceso de hacer más sofisticado el argumento.

Al final, todo ello construye un relato con visos de consistencia, guiños a unos y a otros, contra fácticos que cuelan y explicaciones que satisfacen a una mayoría que deja de ser vocinglera para pasar a mover silenciosamente sus cabezas con signos de aquiescencia. La teoría de la conspiración tiene éxito y las conciencias restan tranquilas, lo enrevesado de lo acontecido queda aclarado y la calma regresa al hogar.

Cualquier cultura ha orquestado estos procesos de una u otra forma. En su devenir han terminado siendo fundamentales para su auto comprensión, así como para su consistencia interna, su progreso; en definitiva, su consolidación como un proyecto de más largo alcance. Cuando Benedict Anderson escribió su trabajo seminal sobre el origen y la difusión del nacionalismo, Comunidades imaginadas, subrayó que más que tratarlo en la misma categoría del liberalismo o del fascismo debería hacerse en la del parentesco y la religión logrando, de manera mágica, que el azar se convirtiera en destino.

Es famosa su afirmación de que “la idea de un organismo sociológico que se mueve periódicamente a través del tiempo homogéneo, vacío, es un ejemplo preciso de la idea de la nación, que se concibe también como una comunidad sólida que avanza sostenidamente de un lado a otro de la historia”. Entremedias, eslabones débiles, chivos expiatorios, teorías de la conspiración, pero también héroes, villanos, hazañas, configuran la leyenda prístina “que registra una cierta aparente continuidad y simultáneamente subraya su pérdida de la memoria”.

Hace casi veinte años que bajo las tejas de mi casa vive una colonia de murciélagos. Más que los perros o los gatos son los animales que me acompañan de manera continuada desde entonces. Su discreción es absoluta. Su presencia se hace patente cuando a última hora del atardecer en el verano en rigurosa fila comienzan a dejarse caer al vacío desde el alero.

Después de revolotear sobre la terraza se pierden en las choperas que bordean al río. De su regreso nunca tengo noticia pues mis hábitos hacen que entonces esté durmiendo a pierna suelta. Hoy, estos mamíferos voladores están de moda y son protagonistas de las historias que se leen. Soy consciente de que su hábitat en cuevas profundas o en lugares recónditos de Asia enciende más la imaginación que el más prosaico de un tejado del azud salmantino, pero me preocupa que la desinformación, la irracionalidad y la ira se cebe en estos seres maravillosos.