Viernes, 4 de diciembre de 2020

Aquel doctor Hernando 

El neurólogo que cuida mis neuronas para que no se desmadren y armen la marimorena como las de Fernando Arrabal, completamente beodas en Televisión Española con Sánchez Dragó en 1989, se llama Hernando.

La tertulia de Dragó iba de lo que le ha gustado siempre: la espiritualidad de los orientales, un estado mental que a través de Dragó no se diferencia mucho del de Pitita Ridruejo con la Virgen María y sus milagros a troche y moche. Pero no contaba Dragó con que a Fernando Arrabal se le fuese la cogorza de madre, tanto que el español tan francés le arruinó la noche levantándose y  entre tambaleos intentaba una y otra vez hablar del milenarismo. La verdad es que a Arrabal le importaba un comino Dragó, y la televisión le gustaba más que los chupachús. Pero se pasó de frenada, o de dosis con el vino, y aquello pasó a la historia de la televisión como el escándalo más chusco, después de la teta de Sabrina, que también se salió de su sitio por Nochevieja años después. Lo de la teta italiana fue un regocijo, lo de Fernando Arrabal, una vergüenza.

El caso es que la primera vez que hablamos mi neurólogo y yo una tarde en su consulta, después de su laboreo médico, le pregunté si era pariente del doctor Teófilo Hernando, aquella gloria nacional que veneran todos los médicos españoles. Mi pregunta era muy pertinente: hay una herencia casi mimética y vocacional en esa profesión.

La respuesta de mi neurólogo primero fue de curiosidad y después de asombro. Me dijo que  si había leído algo del doctor Teófilo Hernando. Le contesté que bastante, pero que había también había escrito sobre él. Que me había pasado toda una tarde hablando con el médico, científico, escritor y pensador español en el amplio salón de su casa de la calle madrileña Don Ramón de la Cruz. Y luego había contado toda aquella conversación en el periódico.

Para el doctor Hernando actual aquello fue una perplejidad porque el legendario doctor Teófilo Hernando no hablaba con nadie, ni concedía entrevistas, ni salía nunca de la medicina científica en la que fue un dios a quien después han adorado los médicos que aman su oficio.

Han pasado muchos años desde aquella tarde en la que el dios discreto de la medicina decidió recibir a un muchacho de 26 para hablar de todo. La tarde de su casa en Don Ramón de la Cruz está muy viva porque fue una conversación feliz para mí, y sospecho que también para él. Ahora, que ha aparecido en mi casa una carta suya por casualidad, comprendo la dimensión humana de aquel gran ser humano. Reproduzco un párrafo de ella para que los lectores participen de una perplejidad distinta: una leyenda de la ciencia de este país no sólo me recibe en su casa y me entrega gran parte de su intimidad, sino que luego se afana en ver cómo el joven ex cautivo le ha traducido. Su búsqueda era comprensible, tal vez por miedo o por preocupación. Pero su agradecimiento después de leerme y leerse es tan gratificante como asombroso.

Aquella tarde en su casa de Don Ramón de la Cruz me habla todavía el lenguaje puro de las confesiones y las confianzas entre generaciones separadas por los años y el abismo del genio de él frente a mi devota curiosidad.

La tarde en que hablamos los dos, él había cumplida ya 92 años. Antes de cumplir otros tres años, moría el doctor Teófilo Hernando.

A la medicina española le dejó un legado que los verdaderos médicos saben cuidar muy bien. A mí me confirmó que los más grandes son los más humanos.

Porque el doctor Teófilo Hernando fue compañero de otro doctor más popular -Gregorio Marañón, junto al que escribió el primer tratado de la medicina interna en España-  alumno de Santiago Ramón y Cajal que le inició en la investigación, profesor de Severo Ochoa durante la Segunda República, y sobre todo compartió paternidad en Estrasburgo con el padre de la farmacología moderna, Oswald Schmiedeberg.

Junto al doctor Schmiedeberg, sus investigaciones fueron imprescindibles para pasar de los medicamentos fundamentalmente basados en sustancias naturales (la mayoría vegetales) a los fármacos que incorporaron la biología y la química. La terapéutica cambió radicalmente y los amplios horizontes que se abrieron para la medicina convirtieron al Estrasburgo del doctor Teófilo Hernando en la meca mundial de la farmacología. De ella seguimos bebiendo médicos y pacientes.

Ahora que estamos en plena confusión mental sobre la manera de curar lo que parece incurable, es bueno recordar que el doctor Teófilo Hernando fue el padre de la farmacología clínica, y que enseñó a todas las generaciones de médicos españoles que han venido  después el “difícil arte de recetar con exactitud y con prudencia”.

El doctor Teófilo Hernando, que recorrió Europa para incrementar aún más sus conocimientos, puso todo lo que aprendió al servicio de su país.

Y tuvo la generosidad de dedicar toda una tarde de sus 92 años a un muchacho con curiosidad. Y escribirle luego una carta para darle las gracias. El asombro del actual doctor Hernando es mi propio asombro.

Pero me queda el mal sabor de las asignaturas pendientes. Cuando él me abrió toda su vida de par en par, cuando él me mentó a su padre y yo al mío, no supe diagnosticar que estaba ante un gran ser humano coronado de laureles científicos, pero dispuesto a compartirse.

Hasta llegar al punto en que el doctor Teófilo Hernando, 92 años y lleno de conquistas científicas se acuerda de la figura de su padre que dejó su profesión, cambió de ciudad para que él pudiera ser médico con más posibilidades, no detecté que allí estaba la ocasión de escribir su biografía.

Yo, que tantas biografías he escrito, dejé de escribir la de un hombre para nuestra historia. Casi 50 años después me doy cuenta de mi torpeza. Quizás no lo pensé porque él me hizo la tarde muy feliz. O quizás él habría sido más feliz también si a los 92 años un muchacho le pide que se deje escribir la vida.