Viernes, 14 de agosto de 2020

La normalidad de lo que no es

Hemos hecho normal lo que no lo es, cotidiano el espanto, diario lo inusual. Hemos encerrado la mirada en la frontera de la pared y la mano en la resbaladiza seguridad de lo incierto. Caminamos bajo miradas acusadoras y arrastramos, día tras día, el encargo pequeño, la traílla del perro, lo que nos permita salir a esa calle mojada por una lluvia feliz, ajena a nosotros.

          El mes vacío, el mes que pierde la esperanza mientras la muerte, el aburrimiento, el miedo, el cansancio y el hastío se agolpan contra las ventanas. Allí donde mueren de agotamiento aquellos que nos cuidan no hay más normalidad que el cansancio que pesa tanto como la muerte. Aquí donde ya no sabemos qué vía crucis cotidiano que recorrer la falta de trabajo, del dinero que no llega, de la esperanza que se angosta pesa también, carga sin Cirineo. Y mientras tanto, la primavera abre entre las baldosas que nadie pisa una bendita riqueza. Y mientras tanto, la esperanza hace charcos en el vacío. Y en ellos se mira el solar desolado.