La soledad de los muertos

El pabellón deportivo que hasta hacía pocos días vibraba de emoción, pasión, alegría y vida, que en su cancha los jugadores corrían llenos de vitalidad haciendo disfrutar al numeroso público que llenaba las gradas y que inundaba todo el recinto con sus gritos de ánimo, ahora permanecía en silencio. Las gradas completamente vacías, un gran número de ataúdes, perfectamente alineados, llenaban la cancha.

Se abrió el gran portón, entró un coche fúnebre, con el coche entró un haz de luz que por un momento iluminó la estancia resaltando con sus alargadas sombras la presencia de los ataúdes. Aparcó, y bajaron tres hombres, como autómatas, sin hacer el menor ruido, daba la sensación que sus pies no tocaba el suelo, que flotaban en el aire, sin intercambiar palabra alguna abrieron la puerta de atrás del coche, sacaron el ataúd, lo depositaron en el suelo, procurando no romper la pulcra alineación, subieron de nuevo al coche y se marcharon. El sonoro portazo rasgó el silencio del pabellón e hizo que se estremecieran en sus ataúdes los difuntos cuerpos. Se apagó el haz de luz, y todo volvió a la sepulcral calma. Allí, ricos y pobres, intelectuales y analfabetos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, descasaban tras su largo y doloroso peregrinar por la terrible enfermedad que les había congregado.

Aquel hombre, aquel cuerpo que acababan de depositar, pensó que al fin, con la muerte, y tras un largo caminar por la vida, alcanzaría la paz. Pero allí no había paz, lo que allí había era soledad, una soledad tan profunda como nunca antes había sentido. Una soledad aumentada por la ausencia de los suyos, esos que tanto le querían y a los que tanto había querido en vida, y que no pudieron acompañarle en sus últimas y terribles horas. Esos seres queridos a los que no pudo decirles, en el último adiós, lo mucho que les quería, y pedirles perdón por algo que seguro no había hecho todo lo bien que a él le hubiera gustado. Ahora se encontraba allí, inmensamente solo, una soledad que compartía con los que le rodeaban. Se sintió profundamente defraudado. Si en la muerte se pudiera llorar, por las mejillas de aquel anciano hubieran rodado algunas lágrimas.

Esperaba sin esperanza, pues sabía que su destino era el crematorio donde sería incinerado. ¡Incinerado! Cuando él siempre había querido ser enterrado en el cementerio de su pueblo, ubicado en un altozano desde el que se veían los tejados de las casas con sus humeantes chimeneas, y al otro lado, allí abajo, el serpenteante río, celoso guardián de innumerables recuerdos de juventud, ¡Que vistas tan fantásticas! Además, allí, en el cementerio de su pueblo, le estaban esperando sus padres, hermanos, primos, amigos… y sobre todo su esposa. ¡¿Cómo van a incinerarme?! si lo hacen, no podré reencontrarme con los míos.

La primaveral tarde que lucía en toda la ciudad, esa primaveral tarde que allí en el pueblo seguía su curso, ignorante de todo cuanto a las personas les estaba pasando, empezó a escurrirse entre los altos edificios que rodeaban el pabellón. Enseguida se apagó la tenue luz que entraba  a través de unas sucias cristaleras. La oscuridad se fue apoderando de las gradas, de la cancha, de los ataúdes.

Si la oscuridad era absoluta y espesa, el silencio era infinito, tan  solo roto por el sonido lejano de la sirena de una ambulancia que corría presurosa en busca de una nueva víctima.

Me acordé del poeta, y en ese momento, más que nunca, exclamé: ¡Dios mío, que solos se quedan los muertos!